¿Quién debería gobernar?

Uno de los estudios que tengo en marcha es el de las cualidades y valores que debe tener un (buen) gobernante. Como se trata de un tema complejo e interesante me estoy tomando mi tiempo. Por distintas razones, además, lo voy a publicar intencionadamente después de todos los comicios de este 2015 tan electoral. A estas alturas parece que todo el mundo tiene claro -aunque por desgracia lo hemos visto poco en la práctica-, que ética, sabiduría, capacidad de decisión y vocación de servicio público son condiciones más que deseables en un (buen) gobernante. Para el citado estudio estoy leyendo mucho. Hoy me ha parecido interesante compartir unas líneas de La República del gran Platón, aunque por supuesto recomiendo la lectura de la obra entera (obligatoria para políticos, politólogos y juristas de Derecho público y recomendable para todos los demás), en la que no tiene desperdicio ni una sola coma.

Ref.: PLATON. La República. Libro III in fine

Bien -concluí-. Y después de esto, ¿qué tenemos que definir? ¿No hablaremos de cuáles de los ciudadanos han de gobernar o ser gobernados?

-¿Por qué no?

-¿Es, pues, evidente que los gobernantes deben ser más viejos y más jóvenes los gobernados?

-Evidente.

-¿Y que tienen que gobernar los mejores de entre ellos?

-También.

-¿Los mejores labradores no son los mejor dotados para la agricultura?

-Sí.

-Entonces, puesto que los jefes han de ser los mejores de entre los guardianes, ¿no deberán ser también los más aptos para guardar una ciudad?

-Sí.

-¿No se requerirán, pues, para esta misión personas sensatas, influyentes y que se preocupen además por la comunidad?

-Así es.

-Ahora bien, cada cual suele preocuparse más que por nada por aquello que es objeto de su amor.

-Forzosamente.

-Y lo que uno más ama es aquello para lo cual se tiene por conveniente lo que lo es para uno mismo y lo que, si prospera, cree el amante prosperar él también, y si no, lo contrario.

-Cierto -dijo.

Habrá, pues, que elegir entre todos los guardianes a los hombres que, examinada su conducta a lo largo de toda su vida, nos parezcan más inclinados a ocuparse con todo celo en lo que juzguen útil para la ciudad y que se nieguen en absoluto a realizar aquello que no lo sea.

-Ciertamente, son los más apropiados -dijo.

-Creo, pues, que es menester vigilarles en todas las edades de su vida para comprobar si se mantienen siempre en esta convicción y no hay seducción ni violencia capaz de hacerles olvidar y echar por la borda su idea de que es necesario hacer lo que más conveniente resulte para la ciudad.

-Pero ¿qué quieres decir con «echar por la borda»? -preguntó.

-Voy a explicártelo -contesté-. A mí me parece que una opinión puede salir de nuestro espíritu con nuestro asenso o sin él; con él, cuando, siendo falsa, sale uno de su engaño, y sin él, siempre que se trate de una opinión verdadera.

-El primer caso -dijo- lo comprendo bien, pero el segundo necesito que me lo aclares.

-¿Pues qué? ¿No piensas tú también -seguí preguntando- que los hombres son privados de las cosas buenas involuntariamente y de las malas voluntariamente? ¿Y no es malo el ser engañado con respecto a la verdad y bueno el hallarse en posesión de ella? ¿O es que no crees que pensar que las cosas son como son es poseer la verdad?

-Sí -dijo-. Dices bien y creo que es a pesar suyo como se ven privados los hombres de las opiniones rectas.

-¿Y esto no les ocurre cuando les roban, seducen o fuerzan?

-Tampoco esto -dijo- lo entiendo bien.

-Es que me parece que hablo en estilo trágico -aclaré-. Digo que son robados aquellos que son disuadidos o se olvidan, porque a estos últimos les priva de su opinión, sin que lo adviertan, el tiempo, y a los primeros, las palabras. ¿Lo comprendes ahora?

-Sí.

-En cuanto a los forzados, me refiero a aquellos a quienes les hace cambiar de opinión un dolor o una pena.

-También esto lo entiendo -dijo-. Bien hablas.

-Y, por último, tú mismo podrías decir, creo yo, que los seducidos son quienes cambian de criterio atraídos por el placer e influidos por algún temor.

-Parece, pues -dijo-, que seduce todo cuanto engaña.

Platón. "La República"
Platón. “La República”
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