Un nanosegundo en el metaverso

Fascinado por esta expresión, pronunciada por una tal Tamara Falcó a quien vagamente conocía pero que parece que estaba confundiendo con Chábeli Iglesias, básicamente otra finolis hija de la misma madre pero distinto padre. Ya saben, el proceloso mundo del corazón. Lástima que finalmente dijera «mitaverso», haciéndonos dudar de que realmente supiera de lo que estaba hablando con exactitud, pero igualmente nos sirve para introducir la siguiente reflexión.

El caso es que, de forma intencionada, he dejado pasar el primer envite del debate sobre el metaverso en la Administración sin caer en la tentación de participar. Se podría decir que por cautela doctrinal, ya que sí me considero más leído en materias como Blockchain e Inteligencia Artificial, pero admito que también para no llevarme todas las hostias, aunque sea por una vez, de la escandalizada Inquisición, que en seguida busca brujas para la hoguera en cuanto alguien plantea siquiera una nueva posibilidad.

Porque esa posibilidad, no nos engañemos, existe. «Existe» está conjugado en tiempo presente, por lo que se puede considerar una realidad. En el metaverso existen, a su vez, muchas cosas. A veces esas cosas están, o casi están, en este mismo mundo, que se puede complementar con elementos propios de la llamada realidad aumentada, y que podrían ser contratos, autorizaciones o licencias, además de un sinfín de servicios públicos y mejoras en los mismos. Y también existe la llamada realidad virtual, que entre otras muchas aplicaciones parece totalmente compatible con una nueva modalidad de atención ciudadana, por supuesto sin detrimento de las anteriores, presencial y telemática, aunque muy probablemente acabará sustituyendo a esta última, de la que más bien es su evolución natural.

Algunos dirán que queda pendiente la regulación del metaverso en general (en especial los efectos jurídicos de lo que hacemos en el metaverso), y también de cuestiones más concretas como la identificación de las personas, su firma, la validez del formato de los documentos que allí se manejen, o la interoperabilidad entre el metaverso y los archivos y registros de documentos electrónicos. La biometría arroja bastante luz sobre algunas de estas cuestiones. Otros instrumentos jurídico-técnicos habrá que desarrollarlos, desde luego.

Un servidor en el metaverso

Cualquier persona inquieta intelectualmente debería encontrar esta materia fascinante. ¿Tipificará el Código Penal el delito de agresión de un avatar a otro? El daño físico no será real, pero quizá el ataque sí cause un grave perjuicio psicológico o económico. Y hablando de dinero… ¿Qué moneda o sistema/s serán válidos para el pago de las interacciones comerciales o la prestación de servicios en el metaverso? Otra: ¿si nuestro avatar va a trabajar a la oficina del metaverso y se sienta en su cómoda silla virtual frente a su mesa falsa, estaremos teletrabajando o «en presencial»? Y ya la última, que admito que tiene su punto de provocación: ¿se celebrarán en el futuro los plenos municipales en el metaverso?

In fine, consejo para reaccionarios… No diga que no al metaverso sin haberlo experimentado, al menos, durante un nanosegundo (Tamara dixit). Unas gafas como las que llevo en la foto son la puerta de entrada al nuevo mundo. Visítelo. Quizá le guste.

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Anexo. 10 claves para entender el metaverso. El Blog de Amalia López Acera

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