El hábito hace a… la ética

“Somos lo que hacemos repetidamente. La excelencia, entonces, no es un acto, sino un hábito”

(Will Durant, interpretando el pensamiento de Aristóteles)

Somos lo que hacemos, y esto también vale para definirnos como profesionales. Dice el refrán que el hábito (prenda de vestir de los miembros de una orden religiosa) no hace al monje, pero el hábito (modus actuandi habitual de una persona) sí te convierte en lo que eres. En este sentido, resulta obvio que la ética no puede suponer un esfuerzo. No podemos estar diciéndole siempre a todo el mundo (ciudadanía, políticos, empleados públicos, contratistas…), que hagan las cosas bien. Esto debería salir de ellos mismos. Si la ética es la pauta práctica habitual de una persona, su comportamiento inercial será siempre ético. La primera intención de algunos no debería ser la de sortear la legalidad.

Hace poco preguntaron a Arnold Schwarzenegger por qué a sus 75 años sigue yendo al gimnasio a diario después de tanto tiempo, y sobre todo teniendo en cuenta que ya no necesita lucir músculos ni para aquellas competiciones de culturismo que ganaba hace décadas ni para sus papeles cinematográficos. «Por la misma razón, ¿por qué he desayunando hoy? Desayuné hoy, desayuné hace 10 años, ¿por qué sigo desayunando?», decía devolviendo la pregunta. «¿Por qué sigo durmiendo? Dormí hace 20 años, dormí hace 10 años. Todavía duermo todos los días y todas las noches», insistía en ejemplificar el actor. «Está arraigado en quién eres», decía Arnold Schwarzenegger. «El entrenamiento es una parte muy importante de mi vida. Es así de simple. Nada cambiará hasta que muera», concluyó diciendo. 

Arnold Schwarzenegger en una escena de «Conan the Barbarian» (1982), con la maravillosa Ciudad Encantada de Cuenca como escenario. Han pasado cuatro décadas, y aunque evidentemente el veteranísimo actor ya no luce la misma imponente musculatura, sus hábitos de entrenamiento son prácticamente los mismos

Es por eso que tú, que lees estas líneas; o tu compañero tóxico, que te hace la vida imposible; o un cargo público corrupto; o un defensa central leñero de esos que van a lesionar; o un ejemplo deportivo y ético como Rafa Nadal; o yo mismo, que ya tengo una edad y por tanto unos hábitos muy arraigados, somos exactamente lo que hacemos de forma repetida y habitual. No lo que decimos, ni lo que escribimos, ni lo que ordenamos o sugerimos a otros que hagan, y ni siquiera lo que pensamos, salvo que todo esto coincida con nuestros actos, claro está, a lo cual llamamos coherencia.

Somos, en definitiva, lo que hacemos. Y lo seguiremos siendo. Porque lo que hemos venido realizando, no ya tanto los actos como las pautas de comportamiento, tiene todas las posibilidades de seguir reproduciéndose, con pequeñas variaciones, en el futuro. Nuestros actos vienen condicionados por nuestros valores más arraigados, porque cuando esos valores existen incluso los errores se rectifican, ya que uno de los valores éticos es precisamente la humildad para reconocer los errores, de la cual deriva la responsabilidad para enmendarlos y acabar haciendo, finalmente, lo correcto.

Lo anterior no significa que las personas no puedan cambiar, ni mucho menos. De hecho todos deberíamos cambiar, en el sentido de evolucionar. Pero aquí nuestra lectura es clara: personalmente no creo que existan las iluminaciones repentinas (aquello de «he visto la luz»), ni los cambios radicales, aunque en ocasiones lo parezca. Quien de pronto actúa con rectitud moral es porque ya llevaba dentro esa rectitud. Diversos elementos y condicionantes internos o externos pueden resultar inspiradores, sin duda, para potenciar determinados valores que ya teníamos. Creo sinceramente que podemos prevenir, podemos influir positivamente sobre todo en el animus de la gente más joven. Por el contrario, de donde no hay no se puede sacar. Por eso los corruptos siguen siendo corruptos, o al menos lo intentan, porque sus barreras morales son prácticamente inexistentes, y esas barreras cuesta mucho construirlas, muchos años y muchos actos. Por eso, y porque la cabra tira al monte. Y el macho cabrío también.

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ANEXO. UNA PEQUEÑA GRAN ANÉCDOTA SOBRE VALORES EN EL DEPORTE (extrapolable a cualquier otro ámbito)

Iván Fernández «empujando» a Abel Mutai

El corredor keniano Abel Mutai estaba a tan sólo unos metros de la línea de meta, pero se confundió con las señales y se detuvo antes de cruzarla en primera posición. Mutai pensaba que había terminado la carrera, pero no era así. El español Iván Fernández estaba justo detrás de él y, al darse cuenta de lo que estaba pasando, comenzó a gritarle al keniano que siguiera corriendo.

Pero Mutai no sabía español ni inglés, y no lo entendió. Entonces Fernández, sin dudarlo, empujó literalmente a Mutai hacia la victoria. Tras el triunfo del keniano, un periodista le preguntó a Iván: «¿Por qué hiciste esto?».

Iván respondió: «Mi sueño es que algún día podamos tener algún tipo de vida comunitaria en la que nos empujemos a nosotros mismos y también a otros a ganar».

El reportero insistió «¿Pero por qué dejaste que ganara el keniano?».

«No lo dejé ganar; él iba a ganar. La carrera era suya», contestó Iván.

El periodista no entendía: «¡Pero podrías haber ganado!»

Iván dijo al fin: «¿Y cuál sería el mérito de mi victoria? ¿Cuál sería el honor de esta medalla? ¿Qué pensaría mi madre de ella?»

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Fernando J dice:

    LA ADMINISTRACIÓN LOCAL, CONTROLADA LO JUSTO Y NADA Y CASI SIEMPRE EN MANOS DE INDOLENTES Y CORRUPTOS -YO TUMBÉ LA CORRUPCIÓN EXTENDIDÍSIMA DE LAS TRAMITACIONES ILEGALES DE LICENCIAS CON INFORMES ILEGALES DE HONORÍFICOS Y ASESORES EXTERNOS- TIENE MUCHÍSIMO ACTOR INTERESADO EN QUE LA LEY SEA SÓLO UN RÓTULO.
    A FECHA de hoy, la mayoría del planeamiento urbanístico es ineficaz, a pesar de la doctrina, que arrancó con un recurso de casación entablado en 1995, del tribunal supremo sobre el deber de publicar íntegramente todo el contenido normativo incluido el de naturaleza gráfica, caso de los planos de ordenación en general y de las fichas de los catálogos de bienes protegidos.

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