El código Da Vinci de la Administración

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En la misma línea que ya apuntamos en nuestro nuevo libro «La divina comedia de la Administración: infierno, purgatorio y ¡paraíso!», que entre otras cosas es un homenaje moderno a Dante, podríamos hacer algo parecido con Dan Brown, autor de esta otra gran obra (muy interesante pero por debajo de la anterior, las cosas sean dichas, pues no hay que confundir una obra maestra con un gran éxito, y lo decimos con segundas).

Lo cierto es que «El código Da Vinci» tiene mucho que ver con la Administración. Al menos el título. En efecto, por un lado introduce la palabra Código, tan manida en el mundo del Derecho y de gran actualidad asociada con el apellido «ético». Por otro lado, además de esos valores y principios éticos, no menos importantes ni deseables son esas «nuevas aptitudes» que forman parte de la esencia misma de la administración electrónica, y que engloban todo un catálogo de destrezas naturales o adquiridas que van desde las famosas habilidades blandas hasta el puro talento. Y si hablamos de talento en estado puro debemos hablar de la persona más talentosa, cuyo nombre también aparece en el citado título.

Ya que frecuentemente hablamos de transparencia, quizá sea acertado en este momento recordar que la época más oscura, en cualquier sentido del término, de nuestra aún corta Historia, fue la tenebrosa Edad Media… Pero como la noche que antecede a la mañana, o la tempestad a la calma, hubo un momento en el que la luz surgió, sin más, de la oscuridad. O mejor dicho: renació.

Cuando hablamos de Renacimiento nos referimos a los siglos XV a XVII, en los que vivieron los grandes talentos de la Historia: Copérnico, Kepler, Rafael, Donatello, Cervantes, Shakespeare, Leonardo, Miguel Ángel, Velázquez, Galileo, Tomás Moro, Leibniz, Pascal, Descartes e Isaac Newton, entre otros, incluidos e incluidas personas igualmente geniales que los historiadores o simplemente la fortuna no han querido inmortalizar. Pero… ¿Quién fue el más grande de todos?

Ciertamente, la pregunta se puede reformular en términos más precisos: ¿Quién es el ser humano más brillante y talentoso de la Historia? Es realmente difícil decirlo, porque del mismo modo que el mundo está lleno de zoquetes no es menos cierto que, como dijo Bernardo de Chartres, nos apoyamos sobre los hombros de gigantes, varias personas absolutamente decisivas que en un momento dado marcaron la diferencia, y es gracias a ellos que no estamos todavía no ya en la Edad Media, sino en la Edad de Piedra (en la que por cierto algunos se sentirían comodísimos). El más grande solo puede ser uno de estos gigantes. Bien. Muchos opinan que la persona más destacada dentro de este selectísimo grupo fue efectivamente Leonarno da Vinci…

De todas las biografías de Leonardo que he leído, la que más me gusta es la escrita por Sara Cuadrado (Ed. Edimat Libros, Madrid 2011). Observa Sara, con toda la razón, que vivimos en un mundo en el que se han agotado todos los adjetivos al proclamar el valor de los deportistas más recompensados de la historia del atletismo, o al hablar de las grandes estrellas del espectáculo, ¿qué queda para los superhombres y supermujeres del pensamiento? Nadie ha marcado límites. Cada uno barremos para el terreno que más nos conviene o simplemente nos agrada. Sin embargo, ante un ser humano que merece ser llamado «hombre», sin el «super» pero en un sentido excepcional de la palabra, debemos afrontar el desafío de ser objetivos. ¿Lo lograremos? En efecto, si decimos de un ganador olímpico que es prodigioso o portentoso… Si pensamos que una estrella de cine es admirable… Si exclamamos que una actuación musical es soberbia… Si opinamos que una mujer atractiva es fascinante… Si decimos de un humorista que es un genio (aquí entono el mea culpa) ¿Qué adjetivo queda para Leonardo? Poniendo el listón del halago tan bajo la única conclusión es que el adjetivo para Leonardo no se ha inventado, y quizá habría que ser Leonardo para inventarlo. Pero ¿tan extraordinario fue?

Entre los catorce y los dieciocho años un muchacho de ávida mente aprendió a leer las estrellas, pudo fundir metales y manejar alambiques llenos de ácidos y venenos, leyó libros que jamás pudo creer que alguien se hubiera atrevido a escribir sin ser llevado a la hoguera y se familiarizó con todas las ciencias, sin rehuir las más negras… Pero éstas no le gustaron. Jamás había creído en la existencia del diablo, y para él las brujas sólo podían ser benéficas. Junto a maese Toscanelli, su maestro, llegó a la conclusión de que los seres humanos se dejan engañar fácilmente por medio de la astrología, la magia negra y tantos otros recursos malignos. Lo suyo fue confirmar unos principios que había podido intuir años antes: a la verdad oculta se llega por medio de la sabia intuición, la tenaz experimentación, la comprobación de los resultados y la alineación posterior de los mismos de acuerdo con el sentido común. Reglas de oro que contsituyen los fundamentos de todos los tipos de investigación actual. Leonardo fue sobre todo pintor, escultor, arquitecto e ingeniero, pero tenía (también) madera de científico y de filósofo, si bien su época, por razones obvias, le empujó más hacia el arte que hacia la ciencia. Era tan sobrio y convincente dando explicaciones que muchos estaban atemorizados por las afirmaciones que podía llegar a hacer. Hubo que esperar a Galileo para escuchar dichas afirmaciones. Esto demuestra que la verdad se puede intentar tapar, pero siempre acaba saliendo a la luz…

La aportación de Leonardo a la Humanidad fue incalculable, y su impacto en la Historia, e incluso en nuestra vida presente, fue probablemente mayor que el de todos los anteriores intelectuales juntos. Esta Historia nuestra, lo decíamos, aún es joven. Sin duda habrá otros genios… Pero Leonardo, y Newton, y otros posteriores surgidos ya más bien con cuentagotas y no como parte de una generación brillante -como Mozart, Goethe, Edison, Kant y Einstein-, se fueron y nunca volverán.

Hoy vivimos en un mundo muy distinto al del Renacimiento: en algunas cosas mejor (gracias a ellos) y en otras mucho peor. En cualquier caso, parece claro que cada vez es menos probable que surjan grandes talentos multidisciplinares por la especialización en la que forzosamente ha caído la ciencia (y el resto de las ramas del saber), cada vez con más campos y submaterias ¿cómo abordarlo todo? Esto desde luego no justifica que un astrofísico de la NASA no sepa nada de geografía, que un economista no tenga noción alguna sobre biología o que un médico ignore por completo la Historia, casos reales en la sociedad actual y conectados, por cierto, con las organizaciones, donde encontramos verdaderos expertos en el impuesto de plusvalías que no saben nada de contratación.

Sea como fuere los grandes no volverán. Sin embargo estuvieron entre nosotros y dejaron su excelsa obra para que las generaciones posteriores tuviéramos los cimientos y el impulso para no empezar de cero, de modo que en los próximos siglos todo fue mucho más rápido aprovechando esta inercia inicial, la cual, para ser completamente justos, habría que atribuir en su origen a los egipcios, a los griegos y a los romanos (en nuestra opinión sobre todo a los segundos).

La Historia avanzó. Basándose en la obra del genio entre los genios, Leonardo, se produjo un auge sin precedentes de las diversas ramas de las artes y las ciencias, como la literatura o la astronomía, que hallan también en el Renacimiento a algunos de sus máximos exponentes. No tardó en producirse también la gran Revolución científica, comandada en este caso por Newton. Más tarde llegaron las grandes revoluciones de la industria, de la política y de la ingeniería ya en el último cuarto del segundo mileno. Eso sí, siempre apoyadas sobre los hombros de estos gigantes, frase pronunciada por el propio Newton (y por Bernardo de Chartres mucho antes y Stephen Hawking mucho después)…

Tercer milenio: la era de los contrastes. Algunos aspectos de nuestra cotidianidad son una maravilla, otros un verdadero desastre. La ciencia es nuestro punto fuerte; la moral el débil: una persona enfermiza que en la fascinante Edad Media hubiera muerto a los 40 años en el siglo XXI consigue vivir hasta los 100, pero a tan solo dos manzanas (no hace falta irse a otro país) otra persona perfectamente sana es asesinada sin ningún motivo. Y la sociedad lo normaliza, haciendo bueno aquel dicho de que no hacer nada contra la injusticia es una forma de apoyarla. En cuanto a nuestras organizaciones públicas, se gestionan, por lo general, con muy poco talento. Y se peca desde los dos extremos: por un lado el de la cultura de la corrupción y el fraude habitual, que odia el procedimiento (y aún más el electrónico porque deja rastro), y por otro, en las antípodas, el de los devotos de la burocracia más superflua, que interpretan la norma de manera que ralentice lo más que sea posible la prestación de un servicio o incluso una simple actuación. Los primeros no necesitan nada para ordenar la ejecución de sus ocurrencias. Los segundos necesitan un «Manual de instrucciones» hasta para miccionar, un manual del que casi nunca se dispone porque nos hallamos en un momento en el que surgen necesidades y proyectos nuevos con frecuencia. El siglo XXI está siendo bastante movidito por si alguien no se ha dado cuenta. ¡Qué bien nos vendría ahora mismo el talento, justo cuando más se necesita!

Y aunque debemos dejar constancia de que lo hay, ni vamos sobrados de talento ni estamos dando los pasos adecuados, a mi juicio, para captarlo adecuadamente (¿de verdad alguien piensa que eliminar la memoria de las oposiciones, de manera que ingresen en la función pública personas que no tienen ni idea de contratación o procedimiento administrativo, nos garantiza una selección de candidatos más capaces?). Y el poco talento que tenemos no lo utilizamos. Saber que aunque uno encuentre una buena solución no se va a poder poner en práctica quizá porque choca con los intereses políticos del momento, desmotiva muchísimo. Leonardo era un gran inventor. Pero inventar (o digamos «innovar») en la administración, no tiene premio. Y lo peor es que suele tener castigo. Las iniciativas, incluso las brillantes, chocan con intereses, procedimientos, rutinas, creencias, directrices políticas, leyes mal interpretadas, problemas inventados (o exagerados)… Y sobre todo chocan con personas. Imaginen que Leonardo viviera hoy en día y fuera funcionario, o imaginen a alguien parecido a él, tanto da: seguramente no sería «Jefe», aunque evidentemente por capacidad hubiera aprobado sin problemas una oposición de «grupo A» (hubiera estudiado, sí, porque era curioso y le encantaba aprender; y porque era trabajador, un verdadero talento no practica la ley del mínimo esfuerzo). En cualquier caso Da Vinci tendría personas «por encima» que, temerosas de su talento y con el objetivo centrado en el mantenimiento de su propio estatus, seguramente lo pondrían en un despacho «para controlar el cuadro de la pared», un cuadro que curiosamente podría ser una réplica de una de las obras de arte del Leonardo original… O «picando actas», o buscando expedientes en un húmedo Archivo, o repartiendo cartas, o haciendo fotocopias, o poniendo cuños. O simplemente lo destinarían a Cementerios. Pero su mente es creativa. Un día, harto de estampar el matasellos y convencido de la inutilidad de tal acción, hablaría con su «superior» y le presentaría un plan de mejora impresionante que resolvería todos los problemas de la organización. Incluso habría inventado el sello de órgano, en la época en la que no existía. Pero el superior pensaría «peligro», y le ordenaría que «por favor» no hiciera cosas que ni están entre sus funciones ni se le ha pedido hacer; y además tiraría el plan de mejora por tierra, desde luego, alegando que confronta claramente la Ley de Protección de Datos, o cualquier otra ley, poco importa cual. O no alegando nada, que para eso es el jefe. No quiero ni pensar las «resistencias al cambio» que se encontraría Leonardo en su vida. Afortunadamente esta nefasta tendencia (ineficiente, inhumana, estúpida…) está a punto de cambiar, y pensamos, o queremos pensar, que la infame situación descrita representa más la administración de los 80 que la de 2022, post crisis, post corrupción, post pandemia y post todo. Valga la presente entrada para reivindicar enérgicamente esta necesidad de cambio (o consolidación del cambio en las mejores organizaciones), llámese administración electrónica, Agenda 2030 o plan de resiliencia, tanto da, porque hablamos de lo mismo. Realmente, la clave para que nuestros «Leonardos» afloren es, además de detectarlos o ficharlos (algo que evidentemente todos subrayan), darles la mayor participación posible para conseguir al mismo tiempo una organización más eficiente y su realización personal/profesional. Si además conseguimos crear una «buena práctica» que podamos exportar a otras organizaciones (por eso son tan importantes las redes de empleados), mejorando de esta manera no solo nuestro centro administrativo sino «el sistema» en general, poco más se puede pedir a cambio de la nómina. Este modus operandi, más que ninguna otra cosa, es administración inteligente, no tanto como Leonardo pero sí bastante. El ciudadano no merece menos, ni tampoco exige menos en este complicado momento a cambio de sus impuestos. Por el contrario, irse a casa a la hora de comer totalmente satisfecho por haber cumplido el horario (sin ningún rendimiento), por haber implantado una medida rápidamente (porque no hay nada más rápido que prescindir del procedimiento), o, por el contrario, por haber encontrado un «párrafo tercero» que paraliza un expediente, o incluso todo un proyecto, es de verdaderos necios.

Acabamos con un poco de nostalgia y una reflexión más social que administrativa… No negaremos que existen grandes mentes en la actualidad, y los que pueden venir, pero me temo que la época de los grandes genios ya pasó para siempre. Nuestra sociedad actual, por supuesto solo la del mal llamado Primer mundo, está atiborrada de información (no siempre veraz, matiz este importante), de «grandes datos»; y además la mayoría disfruta, a pesar de las diferentes crisis que ya caracterizan el presente siglo, de una vida relativamente acomodada. Otros momentos de la Historia incitaban en mucha mayor medida al desarrollo de la mente creativa, de la inspiración, del ingenio, y sin duda también del instinto de supervivencia. Si hoy hay ordenadores es porque en la desesperación de parar a Hitler, otro genio llamado Alan Turing inventó una máquina para descifrar los códigos de Enigma. El lenguaje coloquial comprende muchos tipos de genios (listos, inteligentes, pícaros, rápidos, «con memoria»…), pero sospecho que cada vez existen menos personas sabias a pesar de que un buen uso de tanta información al menos nos permite ser potencialmente muy cultos. Cultura versus sabiduría. La primera es sobre todo teórica, la segunda es esencialmente práctica. Está bien consultarlo todo, o incluso memorizarlo, en Internet, pero mejor está entenderlo, y todavía mejor concebir nuevas ideas a partir de esa comprensión. Y mucho mejor aún, ejecutar esas ideas. Incluso aunque dicha ejecución no siempre acabe en éxito. Porque el verdadero talento disfruta con la acción. Eso es innovar, por cierto, y no impartir conferencias hablando de conceptos que nunca se han intentado llevar a la práctica. Fíjense en todo lo que nos dejó Leonardo da Vinci.

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