¿Por qué existe la corrupción?

«Dicen que el poder corrompe, pero hay que ver siempre quien es el que llega al poder, a tener poder. Quizá no es que lo corrompió el poder. Sino que siempre estuvo corrompido».

(Luca Prodan)

Empecemos por los matices. En primer lugar cabrá definir qué es corrupción. Hablamos de corrupción en lo público, claro está, porque ese es nuestro ámbito y pensamos que también es su sentido más propio, pues manejar dinero y gestionar servicios públicos es algo muy serio, y debe hacerse con sujeción estricta al principio de legalidad y al interés general, a fin de no incurrir en desviación de poder. Corrupción es, por tanto, todo lo contrario, una manera de gestionar lo público basada en el interés particular y el descontrol, obviando los principios por los que debería regirse el funcionamiento de la Administración (especialmente los de igualdad y objetividad), así como las formalidades legalmente exigibles, o cumpliéndolas pero de manera fraudulenta; una gestión de los servicios y los recursos públicos realizada al margen de los valores éticos más básicos y de las verdaderas necesidades de la ciudadanía, y orientada al beneficio de los gobernantes y de sus allegados. En definitiva, un «mal gobierno». En segundo lugar cabe afirmar que no todo el mundo es corrupto. Ni remotamente. Esto es una obviedad pero conviene recordar que, viendo el vaso medio lleno, es gracias a la labor de una inmensa mayoría de responsables públicos rectos que no existe un grado de corrupción mucho mayor. En tercer lugar cabe decir que en nuestro Código Penal no existe propiamente un delito de corrupción, pero sí se asocia a los tipos de cohecho, tráfico de influencias y prevaricación (principalmente).

De alguna manera, sencilla pero muy entendible, podríamos decir que corrupción es lo contrario de honradez. En buena lógica, cabe esperar que sea honrada aquella persona que, alcanzada cierta edad, ha demostrado durante toda su vida dicha honradez. Esa persona sería apta para gobernar. La experiencia es un grado. La vocación de servicio público, dos. La ética, tres.

Platón-La-República
Platón. «La República»

En efecto, como dijimos en ¿Quién debería gobernar?, «ética, sabiduría, capacidad de decisión y vocación de servicio público son condiciones más que deseables en un (buen) gobernante», y citando a Platón (La República. Libro III in fine), destacábamos las siguientes frases:

  • «Habrá, pues, que elegir entre todos los guardianes a los hombres (en la actualidad se entienden incluidas las «mujeres» evidentemente) que, examinada su conducta a lo largo de toda su vida, nos parezcan más inclinados a ocuparse con todo celo en lo que juzguen útil para la ciudad y que se nieguen en absoluto a realizar aquello que no lo sea».
  • «…es menester vigilarles en todas las edades de su vida para comprobar si se mantienen siempre en esta convicción y no hay seducción ni violencia capaz de hacerles olvidar y echar por la borda su idea de que es necesario hacer lo que más conveniente resulte para la ciudad».

Añadimos la siguiente reflexión del filósofo griego, prácticamente inapelable:

-¿Los mejores labradores no son los mejor dotados para la agricultura?

-Sí.

-Entonces, puesto que los jefes han de ser los mejores de entre los guardianes, ¿no deberán ser también los más aptos para guardar una ciudad?

-Sí.

-¿No se requerirán, pues, para esta misión personas sensatas, influyentes y que se preocupen además por la comunidad?

-Así es.

Platón defiende por tanto que debemos elegir a los mejores de entre nosotros. Y los mejores son los que han demostrado serlo, las personas que, llegadas a cierta edad, han actuado siempre de manera modélica, tanto en el ejercicio de sus capacidades como en en el de sus valores. La ética es tan importante como la sabiduría. El problema, claro está, es que quizá esas personas no se presenten a unas elecciones. También admitimos que es difícil trasladar literalmente a la actualidad el discurso de un (gran) pensador que vivió hace 2.400 años, pero no se puede negar su lógica e inteligencia, así como su profundo conocimiento de la naturaleza humana. En efecto, de cara a las próximas municipales (que son ya el año que viene) se puede tener perfectamente en cuenta lo que dijo Platón porque en la política local conocemos bastante a las personas (incluso más allá de la contaminación mediática), y por tanto su historial de coherencia, honradez, vocación pública y capacidad ya demostradas.

Mucho más polémicas son las palabras de Bill Gates, que sin embargo deben ser entendidas en su contexto. En cierta ocasión, al ser preguntado expresamente, el magnate de la tecnología explicó por qué su hija no podía casarse con un hombre pobre. Al principio parecía un comentario absolutamente clasista, pero Gates matizó:

«Primero, entiendan que la riqueza no significa tener una cuenta bancaria con mucho dinero. La riqueza es primero la capacidad de crear riqueza. Por ejemplo… Alguien que gana dinero en la lotería o en los juegos de azar. Incluso ganando 100 millones no es un hombre rico, es un hombre pobre con mucho dinero. Es por eso que el 90% de los millonarios de la lotería vuelve a ser pobre después de 5 años.

También tienes gente rica que no tiene dinero. Por ejemplo, la mayoría de los emprendedores. Ellos ya están en el camino de la riqueza, incluso si no tienen dinero, porque están desarrollando su inteligencia financiera y eso es riqueza.

Si ves a un joven que decide graduarse, aprender cosas nuevas, tratando de mejorar continuamente, sepa que es un hombre rico.

Si usted ve a un joven que piensa que el problema es el estado, y cree que los ricos son todos ladrones y que critican constantemente, sepa que es un hombre pobre.

Los ricos están convencidos de que solo necesitan información y entrenamiento para despegar, los pobres creen que los demás le deben dar dinero para despegar. En conclusión, cuando digo que mi hija no se casará con un hombre pobre, no hablo de dinero. Hablo de la capacidad de crear riqueza de este hombre.

Perdón por lo que voy a decir, pero la mayoría de los criminales son pobres. Cuando están en frente de dinero, pierden la cabeza, es por eso que roban, asaltan, etcétera. Para ellos, eso es una gracia, porque no saben cómo ellos mismos podrían ganar dinero. Un día, el vigilante de un banco encontró una bolsa llena de dinero, tomó la bolsa y se la entregó al gerente del banco. La gente llamó idiota a este señor, pero en realidad ese señor era solo un hombre rico que no tenía dinero. 1 año después, el banco le ofreció un cargo de recepcionista, 3 años después él estaba a cargo de clientes y 10 años después, él gestionaba la dirección regional de ese banco. Ahora él gestiona cientos de empleados y sus bonos anuales están más allá del valor que pudo haber robado.

La riqueza es primero un estado de ánimo.»

Sin estar completamente de acuerdo con las palabras de Bill Gates, ya que los matices en la vida real son muchos y la complejidad económico-social enorme, sí veo en sus palabras una buena dosis de sensatez en la parte en la que de alguna manera identifica talento y determinación con ganas de generar una riqueza propia (sin aprovecharse de ningún modo de la ajena), y la falta de valores y de capacidad con ese sentimiento indignado de determinadas personas que manejan la hipótesis que la culpa de sus problemas siempre es de los demás y que por eso uno tiene derecho a que le ayuden económicamente, e incluso a apropiarse de lo que no es suyo y así compensar no sé qué injusticia.

En otro orden de cuestiones, me gustaría diferenciar corrupción y fraude. La corrupción es pública y notoria, incluso descarada en ocasiones. Implica una conducta puntual o habitual (más frecuente la segunda) de desprecio por el cumplimiento de la legalidad, especialmente del procedimiento administrativo, primando los intereses particulares sobre los generales, viéndose de esta forma favorecidas determinadas personas físicas o jurídicas que obtienen beneficios o situaciones jurídicas y económicas privilegiadas sin reunir los requisitos legales para ello, o bien reuniéndolos pero sin haber competido en condiciones de igualdad con otros de igual legitimidad y condición. Por otra parte, y tras los casos más mediáticos y vergonzosos de finales de los 90 y principios del presente siglo, la corrupción ha encontrado formas menos espectaculares de abrirse camino. A dichas formas les podemos llamar corruptela y fraude. Se caracterizan por su apariencia de legalidad, siendo prácticamente imperceptibles. De forma concreta, fraude tiene que ver con “fraude de ley”, un modus actuandi que legitima situaciones que se amparan en un encaje legal aceptable. Esto ocurre cuando se cumple la forma, pero no el fin público. Y ocurre, por ejemplo en contratación, donde todos recordamos la mala praxis en el antiguo procedimiento negociado sin publicidad, donde se vestía el expediente con la aparición de tres empresas que aparentemente competían, o la proliferación de contratos menores que muchas veces son la consecuencia de una pésima planificación, teniendo por tanto un coste en eficacia, eficiencia y calidad del servicio.

Dicho lo cual, lo cierto es que debemos ir hilando más fino que antaño, ya que los grandes casos de corrupción han ido dejando paso a otras malas prácticas más sutiles que encajarían más en conceptos como «microcorrupción», conflicto de interés, opacidad, y por supuesto el propio fraude. Incluso el mismo exceso de burocracia nos parece una modalidad de corrupción. El Diablo tiene muchas caras. Y muchos nombres, por cierto (Lucifer, Satanás, Belial, Samael…).

Nos cuesta reaccionar. El pasado 17 de diciembre entró en vigor en España (y en el resto de países de la Unión Europea) la nueva normativa que regula el Canal de Denuncias, es decir, la Directiva (UE) 2019/1937 del Parlamento Europeo y del Consejo de 23 de octubre de 2019 relativa a la protección de las personas que informen sobre infracciones del Derecho de la Unión, conocida coloquialmente como Directiva Whistleblowing (pronúnciese «wiselblouing», por cierto, porque a veces duelen los oídos de escuchar determinadas pronunciaciones). Más allá de la transposición de la Directiva al derecho nacional, que llega una vez más con retraso, esto debería provocar una activación sin precedentes de la implantación no solo de los buzones de denuncia, sino también del compliance y otros mecanismos preventivos, el en sector privado y también en lo público por supuesto, así como un aumento en la dotación de medios a las distintas Agencias Antifraude, cuya actividad será frenética en los próximos años. Por favor, que no nos ocurra como con los Consejos de Transparencia, cuyo papel, prometedor en un principio, se ha quedado en meramente testimonial. El que avisa no es traidor.

Y termino con una anécdota. 2015, presentación de nuestra obra “Implantación práctica de la Ley de #transparencia en los Ayuntamientos” (ver crónica). Ante un foro repleto de responsables políticos pronunciamos las siguientes palabras:

«Me van ustedes a perdonar el tono del discurso, que seguramente se podría considerar osado pero creo que hay cosas que se deben decir, o recordar…

Sean ustedes honrados.

"Sean ustedes honrados"
«Sean ustedes honrados»

Muchas de las personas que están hoy aquí son políticos, o mejor dicho, se dedican a la política provisionalmente. Algunos con responsabilidades de gobierno, otros desde la oposición. Esto podría cambiar en mayo. O no. Tanto da. Lo importante es que todos ustedes sean honrados. Todos, porque los que no son políticos también son «algo». Todos somos, como mínimo, ciudadanos, lo cual no es poco. Los ciudadanos son el verdadero pilar del gobierno abierto. Sean honrados, lo digo para todos. Cada uno desde su rol: desde el Presidente de la Generalitat al presidente de la escalera. Y para los que además están en lo público, pido vocación de servicio público. Es tan obvio que suena redundante. Y el que no la tenga, no pasa nada. De hecho ahora es un buen momento para salir de lo público, con no ir en las listas arreglado.

Sean, pues, honrados (o sigan siéndolo). Sean incluso buenas personas, todo irá mejor

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Epílogo. El Buen Gobierno.

“Un estado es gobernado mejor por un hombre bueno que por una buena ley” 

(Aristóteles)

Parece que el Buen Gobierno, ese primo hermano de la Transparencia que incluso aparece en la misma Ley, hasta el momento ha brillado más bien por su ausencia, y quizá por ello -y por el hartazgo de la ciudadanía- observamos una cierta tendencia reguladora en el moderno legislador en pos de la consecución de este Buen Gobierno. No estamos en desacuerdo, faltaría más, pero a los admiradores del Derecho Natural precisamente lo que más nos fascina es que no necesita ser positivizado en las normas.

Podemos definir Buen Gobierno, desde un planteamiento muy simple pero que representa el 90% del concepto, como

aquel que se ejerce de una manera objetivamente correcta, persiguiendo el cumplimiento de los intereses generales, y consiguiendo en un alto grado una buena gestión, alcanzando cotas muy aceptables de transparencia, eficacia, eficiencia, cumplimiento de la legalidad y un alto grado de satisfacción en el ciudadano.

El razonamiento es sencillo: hacer las cosas bien es más legal, transparente y eficiente. Respetar la ley, trabajar de forma planificada, automatizada dentro de lo posible, e inteligente cada vez que haya que tomar decisiones, reduce el despilfarro de recursos, así como los continuos descalabros que nos abocan frecuentemente al contencioso administrativo. Lo siento por mis compañeros abogados, que trabajarían menos, pero defendemos un modelo que reduzca drásticamente el nivel de conflictividad, por ejemplo, en la fase de ejecución de los contratos (qué importante es un buen pliego de cláusulas administrativas que prevea las distintas vicisitudes de los contratos de larga duración). Nos estamos jugando la calidad del servicio, pero también mucho dinero público. En la Administración es infinitamente más barato prevenir que curar. Es el momento del compliance y la resiliencia, pero llevados a la práctica de una vez, porque simplemente escuchar esas palabras como parte de discursos vacíos no soluciona absolutamente nada.

4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Fernando J dice:

    ¿Por qué existe la corrupción?
    La corrupción se da entre los políticos; también en la judicatura y en otros nichos del poder del Estado, hasta en los más alto como es bien conocido.
    En los Ayuntamientos es prácticamente imposible la corrupción sin la cooperación o sin el encubrimiento, a veces también con la cooperación, de los altos funcionarios municipales, personalizados en los FHN -por todas la STS que condena por prevaricación al Interventor, que no veía ni se molestaba en ver- ¿Falsos arquitectos municipales que informan e inspeccionan? ¿Concursos que vulneran la LCSP? ¿Contratación ilegal de letrados y procuradores? ¿Contratos sin publicar? ¿Planes de urbanismo publicados csin contenido gráfico normativo?…

    1. valmonacid dice:

      Gracias por tu opinión Fernando. Un pequeño matiz respecto de los FHN. Muchas veces, no todas pero sí muchas, cuando se condena al Secretario o al Interventor resulta que realmente se está condenando a una persona que ocupa esos puestos de manera accidental, no siendo por tanto estas personas FHN seleccionados por el Estado. El matiz no es baladí, y esta modalidad de intrusismo influye decisivamente en la cultura administrativa de algunos Ayuntamientos, más o menos tendentes a la corrupción según la mayor o menor costumbre que tengan de estar sometidos a controles reales del cumplimiento de la legalidad

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