Adelgazar la burocracia

La habilidad de simplificar significa eliminar lo innecesario para que lo necesario pueda hablar.

(Hans Hofmann)

Uno de los efectos colaterales de esta terrible pandemia es que volvemos a estar en crisis. Pero si hablamos de la Administración Local, debo decir que siempre hemos estado en crisis, desde mucho antes de la crisis de 2008. En efecto, sobre la base de un sistema de financiación per natura deficitario (art. 142 de la Constitución) se colocan “con calzador” una serie de servicios públicos municipales, bastantes por cierto y muchos de ellos obligatorios (de obligatoria prestación) que desde la Ley de Régimen Local de 1985 teníamos que prestar y la verdad es que no sé cómo hemos prestado los municipios.

Recordaréis el contexto nacional y europeo en el que se aprobó la Ley de Racionalización y Sostenibilidad de la Administración Local, una especie de norma de contención del gasto público dictada en el ya lejano 2013. En aquel momento el Gobierno entendió que el déficit público español se concentraba en la Administración Local (aunque las cifras hablaban del 0,5% del total), y que se hacía necesario, para cumplir el objetivo marcado por el FMI de adelgazar la Administración, suprimir entidades locales menores y mancomunidades de municipios (una medida discutible), suprimir también la mayoría de entidades dependientes (una buena medida, aunque con matices), y sobre todo “adelgazar” también la extensa lista de servicios públicos locales, una medida horrible que no tuvo en cuenta que un día después de la aprobación de la Ley el ciudadano iba a seguir exigiendo esos servicios (educación, sanidad, servicios sociales), y nadie, repito, nadie, les iba a dar continuidad. Por supuesto muchos ya sabíamos que «propios» o «impropios», tanto da, esos servicios seguirían siendo municipales, porque las alternativas, que sean totalmente privados o peor, que no sean de nadie, eran aterradoras. Por cierto, un apunte en defensa de las mancomunidades: algunas funcionan, y otras entidades asociativas, como las Comarcas en Catalunya, funcionan perfectamente, y por otro lado se pueden mancomunar servicios sin necesidad de crear una nueva entidad con personalidad jurídica propia. El art. 1 de la antigua Directiva europea de contratación (2004/18), curiosamente no transpuesto en la Ley de contratos, define contrato público como aquel en el que uno o varios poderes adjudicadores reciben obras, servicios o suministros de uno o varios operadores económicos.

Y así llegamos al momento actual, en el que seguramente hemos tocado fondo, porque tanto el sector público como el privado están arruinados por la pandemia, porque la situación ha demostrado que no teníamos resiliencia (se supone que con los fondos europeos la vamos a desarrollar), y porque ni los servicios públicos son del todo públicos, ni los servicios municipales son del todo municipales. Y para colmo, la administración local, la históricamente más pobre, ahora es más pobre que nunca… ¿Qué tal van esos Presupuestos para 2022?

El exceso de burocracia es una modalidad de corrupción

Bien, por otra parte tenemos a nuestra querida administración electrónica. Eso que se debe implantar… Y que tan malo es cuando no se hace y, casi peor, cuando se hace mal. Y es que no, para nada, en absoluto consiste en un simple cambio de formato. Se trata de un proyecto multidisciplinar que abarca cuestiones tan diversas (y tan relacionadas) como procedimiento, normativa, tecnología, organización, capacitación, difusión, transparencia, accesibilidad…

En concreto existe una tarea previa a dicha implantación, por desgracia muchas veces obviada, pero en todo caso anterior a la digitalización de los documentos y de los procedimientos: la simplificación/eliminación de la burocracia. Y es que el mejor trámite no es el electrónico, sino el que ni siquiera existe. ¿Qué trámites y documentos deben desaparecer? Los que no exige ninguna norma. La reducción de cargas burocráticas (y por extensión de costes) al ciudadano y a la propia administración es la consecuencia más amable de la administración electrónica bien entendida y bien implantada.

Ahora quiero mostrar una obra de arte que ilustra perfectamente lo que tratamos de explicar. Se trata de «Self-Taught Man» (hombre autodidacta), del escultor mejicano Víctor Hugo Yáñez Piña. La escultura, de calidad excepcional, muestra un hombre esculpiéndose, puliéndose a sí mismo. Esta genialidad tiene muchas lecturas, incluyendo un homenaje al colectivo de escultores, pero sobre todo la palabra autodidacta hace referencia a la necesidad de que cada persona se construya a sí misma, trabaje sobre su propio ser (no sólo el físico), sacando su mejor versión curiosamente a base de eliminar lo superfluo, lo que sobra, no de crecer aún más sobre una base defectuosa, repleta de grasa innecesaria.

Víctor Hugo Yáñez Piña
«Self-Taught Man», del escultor Víctor Hugo Yáñez Piña

Lo mismo debe hacer la Administración. Y todo ello de manera autodidacta, quizá no literalmente, porque puede e incluso debe apoyarse en las buenas prácticas ya mostradas por otras organizaciones, pero desde luego sí en en sentido de que debe ser algo que haga ella misma (sus propios responsables y empleados), trabajando sobre sí misma. Debemos trabajar nuestra propia desburocratización, adelgazando y no engordando, puesto que los recursos son limitados. Por eso tienen más sentido que nunca los principios de eficacia y eficiencia. Esto no se puede dejar en manos de otros, ni siquiera los pequeños Ayuntamientos que en teoría están tutelados en estas cuestiones por las Diputaciones provinciales. La ayuda es imprescindible, las herramientas deben facilitarse, desde luego, pero hay cosas que nadie puede hacer por ti mejor que tú mismo, porque desburocratizar nuestra organización y nuestro funcionamiento debe abordarse por parte de quien lo vive (y probablemente lo sufre) día a día. Porque es tu grasa, no la de otros, la que debes eliminar.

Brindille on Twitter: "#sculptures (50 cm & 10 kg) by Mexican artist © Victor Yañez Piña… "
«Self-Taught Woman», by Víctor Hugo Yáñez Piña

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