“Expertos” como el chófer de Einstein

Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro.

(Albert Einstein)

Albert Einstein formuló la teoría de la relatividad especial en 1905, y la teoría de la relatividad general en 1916, entre otros numerosos e importantes trabajos publicados a principios del siglo XX. La complejidad de sus estudios encajó no obstante, de una manera asombrosa, con la aceptación pública. Sin embargo era otra época y aunque a principios de los años 20, hace justo un siglo, el nombre de Einstein empezaba a ser conocido por su teoría de la relatividad, su aspecto no lo era tanto, por lo que realmente casi nunca lo reconocían cuando acudía a impartir una de sus frecuentes conferencias, solicitado por las distintas Universidades.

Dado que no le gustaba conducir, y sin embargo el coche le resultaba muy cómodo para sus desplazamientos, contrató los servicios de un chófer. El buen conductor transportaba al genio a cada conferencia, y en una ocasión le escoltó en un largo viaje de bastantes días (una especie de gira), acompañándole no sólo en el vehículo, sino también en la propia charla a la que asistía como un oyente más hasta que finalizaba y lo escoltaba de nuevo al coche.

Después de unas semanas de viaje, Einstein le confesó al chófer lo aburrido que le resultaba repetir lo mismo una y otra vez. El chófer, comprensivo, le contestó: “Si quiere le puedo sustituir por una noche. He escuchado su conferencia tantas veces que creo que la puedo recitar palabra por palabra”.

A Einstein le pareció una buena idea, además de divertida, de modo aceptó la propuesta y poco antes de llegar al siguiente recinto intercambiaron sus ropas. Einstein llegó al volante. De tal guisa entraron a la sala donde se iba a celebrar la conferencia y, como ninguno de los académicos ni personas del público asistente conocía el aspecto real del verdadero científico, no se descubrió el engaño. El chófer subió al estrado y Einstein tomó asiento en las últimas filas debidamente disfrazado con su atuendo de conductor profesional.

Desde luego el chófer tuvo su momento de gloria. Expuso la conferencia que había escuchado tantas veces de la boca de Einstein. Quienes cuentan la historia dicen que lo hizo francamente bien, o al menos de manera convincente. Al final de los aplausos, un destacado profesor que se encontraba entre la audiencia le formuló una pregunta realmente complicada. El chófer, que no tenía ni la más remota idea de cuál podía ser la respuesta a lo que en su cabeza resonaba como un galimatías sin sentido, tuvo sin embargo un ingenioso golpe de inspiración y le contestó: “La pregunta que me hace es tan sencilla que dejaré que sea mi chófer, que se encuentra al final de la sala, quien se la responda”.

La anécdota concluye con el verdadero Einstein tomando la palabra y respondiendo de una manera sobresaliente a la cuestión formulada. Curiosamente, pese al osado farol del chófer, el asombro ante el ingenio de ambos hombres era tal que a nadie se le ocurrió que todo podía ser un sainete, aunque quizá el profesor que hizo la pregunta lo sospechaba…

Conclusiones…

  • Cuando la audiencia no sabe demasiado, cualquiera puede pasar por un experto.
  • Cualquier persona que se aprenda un discurso teórico puede reproducirlo con bastante credibilidad, incluso si no entiende una sola palabra (existen numerosos ejemplos en el mundo del cine, donde actores y actrices que no dominaban el idioma de rodaje fueron capaces de recitar perfectamente sus frases).
  • Incluso cuando dicha persona queda acorralada, aún puede utilizar cualquier recurso retórico o de la picaresca, pudiendo salir airosa y hasta reforzada.
  • Cualquier persona puede plagiar, o, si se prefiere otra expresión, “defender como propia la creación intelectual de otra persona”.
  • El que realmente sabe es el que responde a la pregunta difícil.
  • El que sabe es el que no sólo ha estudiado, sino el que verdaderamente ha experimentado en la práctica, resolviendo problemas reales. “Experto” viene de experiencia.

In fine, observamos una total extrapolación de esta divertida anécdota al escenario actual de saturación de supuestos expertos, algunos mediáticos, que se presentan de forma vanidosa como grandes conocedores de temas realmente complejos que requieren de años de estudio y trabajo, incluso cuando las temáticas son incipientes, respecto de las que aún sería más complicado acreditar una dilatada experiencia. Conductores, con todo el respeto a la profesión, hay muchos. Conductores ingeniosos menos, aunque sigue habiendo bastantes… Pero Einstein sólo hay uno. Y buenos expertos que se encuentren tan sólo un poco por debajo de su nivel, algo que sigue siendo extraordinario, muy pocos. Os lo creéis todo.

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