Las nuevas oposiciones: ¿pruebas memorísticas o selección por competencias? (mi opinión)

Vaya por delante que ni lo uno ni lo otro. O mejor: las dos cosas. En efecto, el establecimiento de un modelo puro es inviable, ya que la selección en base a pruebas memorísticas se supone que es lo que queremos cambiar, pero el cambio total y radical de este sistema por otro que permita seleccionar las capacidades necesarias para el desempeño, ni tiene sentido (¿por qué pasar de un extremo a otro? ¿tan malo es estudiar la normativa por la que se rige la Administración?), ni tiene cobertura en la Ley. Avanzaríamos pues hacia un modelo mixto o combinado.

Se habla mucho de que los jóvenes no están dispuestos a invertir varios años de su vida en una expectativa de trabajo, por muy “fijo” que este sea. En parte es cierto, aunque añadiría que ni los jóvenes ni los no tan jóvenes, porque el acceso al empleo público es un derecho constitucional de todas las personas de menos de 65 años. Yo mismo reconozco que si volviera a tener 17 años no volvería a recorrer la maratón de licenciatura más oposición de grupo A; más de una década en mi caso, si bien pude aprobar oposiciones menores antes de los 28 años y “ya era funcionario”. Esto suena absurdo hoy en día. Pero volvemos a fijarnos en el término medio, que es donde vive la virtud. Entre emplear 10 años en prepararse y emplear 10 minutos, podría considerarse razonable dedicar un par de años a estudiar mínimamente la materia y posteriormente demostrar esos conocimientos adquiridos en algún tipo de prueba memorística (tipo de ejercicio que en el pasado hemos reverenciado y que ahora estamos demonizando), aunque dichas pruebas se combinen naturalmente con otras absolutamente prácticas. Ya les digo yo que en ningún momento de mi carrera, ni de mi vida, me ha perjudicado saber la Constitución y las principales normas de Derecho Administrativo prácticamente de memoria. La memoria, con los años, se pierde. Pero los conceptos grabados a fuego, no.

Aprobar sin estudiar, fichar y… ¡A vivir!

Por otra parte, el problema al que nos enfrentamos no es exactamente que los aspirantes no quieran hacer el esfuerzo (que también, pero solo en parte). El verdadero problema es que la Administración no se presenta como un lugar atractivo donde trabajar para los más talentosos, precisamente los que necesitamos, máxime en el escenario actual (relevo generacional, grandes necesidades y expectativas sobre los servicios públicos, nuevas competencias pero menos recursos, complejidad en la gestión…). Esto es así, por mucho que queramos vender que el servicio público es vocacional. Lo es, pero necesitamos más argumentos, porque una persona también puede aportar mucho al mundo sin ser funcionario. Y necesitamos más alicientes. Trabajar en una oficina tramitando expedientes no es, evidentemente, estímulo alguno para el talento. Y sí es, como reza la antigua costumbre, un aspiración de comodidad para los perfiles menos talentosos, quienes en algunos casos quizá piensan que aprobar la oposición (o el paripé en el que la quieren convertir) es el fin, cuando en realidad es el principio. Esta es una aspiración legítima, que conste, pero que no supondría el necesario salto de calidad que el servicio público necesita.

Ni una sola de las personas con más talento del mundo trabaja “de funcionario”

Precisamente, el no-talento (expresión acuñada por Xavier Marcet), asiste expectante, sobre todo desde las Redes Sociales, a la resolución de este debate de rabiosa actualidad y trascendencia, haciendo fuerza mental, incluso argumental, para que se elimine la necesidad de estudio para el acceso al empleo público, desde la ingenuidad de pensar que, si así fuera, atesoran todas esas nuevas aptitudes y capacidades (inteligencia emocional, liderazgo, empatía, habilidades de comunicación y de trabajo en equipo, capacidad de resolución de problemas complejos…), y que por tanto sacarían una nota excelente en esas nuevas pruebas que permiten medirlas. Poco talento hay, si acaso pillería, en querer llegar a la meta utilizando atajos. Mi opinión personal es que acceder a la condición de empleado público sin haber estudiado ni un solo tema de un temario vulnera claramente los principios constitucionales de mérito y capacidad. Ya vamos bien servidos de analfabetismo administrativo con los políticos que acceden directamente a las riendas de lo público desde un total desconocimiento de sus elementos más básicos. Políticos que vienen acompañados de un ejército de asesores, normalmente y por desgracia elegidos por afinidad. Si ya abrimos completamente el abanico de la ignorancia “aceptando” este mismo tipo de perfiles entre los funcionarios de carrera, el futuro de la función pública, y por tanto del servicio público, pinta francamente mal.

Y es que el verdadero talento no suele tener problema en esforzarse, siempre que el objetivo sea lo suficientemente atractivo y estimulante, claro está, aspecto que, como decimos, es nuestro punto débil más que ningún otro. La solución sería configurar adecuadamente los puestos que por otra parte necesitamos como agua de mayo, puestos atractivos como los muy técnicos (analista de datos, experto en compliance, programación de algoritmos), los asistenciales (administrativos, sociales, mediación), y por supuesto los directivos (altos cargos no políticos, de alta dirección). Puestos bien retribuidos, con dinero, por supuesto, pero también con esos intangibles llamados “salario emocional”: flexibilidad horaria, teletrabajo, compatibilidad, promoción, movilidad… Estos son los verdaderos estímulos, y aunque más de uno se sorprenda, que lo hará, aquello del “trabajo para toda la vida” ya no lo es, al menos para los perfiles que más necesitamos. Los planes a largo plazo han quedado muy desvirtuados por los acontecimientos y la propia visión práctica del mundo por parte de la generación Z (nacidos a partir de 1994).

En definitiva, tenemos un problema que no tienen los países del modelo anglosajón, donde las personas expertas de distintos perfiles desarrollan su carrera alternando el sector público y el privado, y nadie se sienta en una silla con 25 años y se levanta con 65 después de haber hecho exactamente lo mismo durante cuatro décadas. No puede haber nada más triste profesionalmente. Pero nuestro modelo es el francés o continental, el del Derecho Administrativo rígido (Europa va puliendo este concepto progresivamente), el de la burocracia (vamos mejorando también), el de las oposiciones…

¿Cómo deberían ser las oposiciones del futuro? Pues sinceramente, podrían ser incluso más duras de lo que son ahora. Eso sí, mucho más adaptadas y adaptables a los puestos y perfiles que deseamos seleccionar, y por supuesto combinando esas pruebas “de estudiar” (que, lo siento por los más vagos, no pueden desaparecer), y otras mucho más aptitudinales donde se demuestre la inteligencia relacional y la capacidad práctica para resolver situaciones reales (algo que algunos aprendimos trabajando y otros no han aprendido nunca). Eso sí: el premio debe valer la pena. Lo cierto es que ni una sola de las personas con más talento del mundo trabaja “de funcionario”… Si yo fuera la persona con más talento de España, que ni remotamente es el caso, estaría encantado de dedicar mi capacidad y energía a un proyecto ilusionante, que aportara valor a la sociedad, de impacto, en el que aprendiera y en el que pudiera trabajar con un gran equipo, y todo eso bien retribuido y compensado en todos los sentidos. Por el contrario, entrar a trabajar en un lugar oscuro, anticuado, y lleno de envidias y chafardeos quedaría automáticamente descartado de mis planes, aunque “me regalaran” la oposición.

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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. M Carmen dice:

    Me gusta leerte.

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