Un clasismo administrativo de otra época

“Toda verdad atraviesa tres fases: primero, es ridiculizada; segundo, recibe violenta oposición; tercero, es aceptada como algo evidente”.

Arthur Schopenhauer

Ya no soy tan joven. Recuerdo la época en la que ingresé en la Administración, una Administración que aún no era electrónica, pero sí ofimática. Mi puesto era el de auxiliar administrativo, algo que con el tiempo he agradecido por la perspectiva que da aquello de ser monaguillo antes que fraile. Confieso que no me gustaban demasiado mis “jefes” de aquella época. Me daba la sensación de que mandaban mucho y hacían muy poco. La ofimática, por supuesto, era cosa nuestra. Ellos simplemente redactaban sus escritos “a boli” o, agárrense a lo más firme que tengan cerca, los dictaban. Yo era de los que tenían “tropecientas” pulsaciones por minuto, tanto en la Olivetti  (ríanse) como en el “ordenador”. Y no podíamos protestar. El fundamento legal que ni se nos ocurría cuestionar se encontraba en el aún vigente Texto Refundido del Régimen Local (Real Decreto Legislativo 781/1986):

Pertenecerán a la Subescala Auxiliar de Administración General los funcionarios que realicen tareas de mecanografía, taquigrafía, despacho de correspondencia, cálculo sencillo, manejo de máquinas, archivo de documentos y otros similares” (art. 169.1.d).

Y ahí estaba yo, realizando tareas de mecanografía y taquigrafía con mis estudios post universitarios, y estudiando por las tardes y por las noches para llegar a ser un “jefe” muy distinto a los que había conocido, uno que utilizara el ordenador. Incluso uno que impulsara las evidentes mejoras que precisaba la Administración.

Esa historia acabó bien, pero una buena parte de aquellos perfiles arcaicos siguen vivos y coleando. De alguna manera que los expertos en cultura organizacional (Xavier Marcet o Carles Ramió por ejemplo) podrían explicar mejor que yo, ese clasismo informático inverso en el que los jefes no utilizaban el ordenador, ha depositado su herencia en la Administración actual convirtiéndose en un clasismo digital (también inverso) en el que queda demostrado que las habilidades digitales más potentes las poseen los grupos de clasificación medios y bajos, siendo los altos cargos unos completos inútiles electrónicos, salvo contadas excepciones. En 2021, y nada menos que tras una pandemia, algunos ¿responsables? públicos de nuestra cúpula funcionarial han sido incapaces de teletrabajar, de coordinar equipos, e incluso de entrar en el gestor de expedientes para realizar un trámite sencillo que cualquier auxiliar administrativo, lo que yo era y a mucha honra, está harto de hacer por cientos a diario. Estos jefes prehistóricos, a los que llamamos “prescindibles” en este otro artículo, están destinados a desaparecer. Pero venderán cara su extinción, como buenos funciosaurios, porque han disfrutado durante muchos años de un estatus privilegiado.

Funciosaurio

En definitiva, existe un tipo de funcionario (en este caso no procede utilizar un término más amable como “empleado público” o “servidor público”), que ni mira al ciudadano cuando se lo cruza en una dependencia administrativa. Puede que ni mire al compañero, y cuando debe relacionarse en él (o ella), porque no tiene más remedio, lo hará de manera apática, quizá antipática, exigente, y sin emplear ni un segundo más de lo necesario, como si su tiempo fuera más valioso que el de los demás. Y lo más importante: dando y no dando. Dando órdenes, porque el ejercicio puro y duro de la jerarquía, ese principio administrativo cada vez más anticuado que nos recuerda al ejército, la psicología nos explica que encierra un considerable complejo de inferioridad. Y no dando las gracias, no vaya a ser que el “inferior jerárquico” se sienta confortado siquiera por un instante.

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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Fernando J dice:

    Si eso fuera lo pero. Ahora hay grupos de FHN que se dedican en Facebook a conspirar y a establecer pautas de cómo burlar al Defensor del Pueblo y eludir las Resoluciones del Consejo de Transparencia. Para oprobio de los malvados está registrado.

  2. Ita Martinez Porcel dice:

    No sabes cuanto me reconforta tu artículo, llevo 30 años sintiendo que la administración, creo que sobre todo la local, no avanza porque no interesa, sus estructuras son casi feudales y permiten el control de una pequeña élite de “habilitados” no necesariamente muy cualificados, controlar el desarrollo de las carreras profesionales del resto de los empleados públicos que dependen de sus indiscutibles decisiones.

  3. Antonio Ager dice:

    Eso de empezar abajo y acabar estando arriba me suena a mi propia historia. ¡A cuántos de nuestros compañeros les hubiese venido bien eso de “ser monaguillo antes que fraile”! Y en lo que atañe a esta entrada : ¡Viva el “funcionario electrónico”!

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