Entrevista para Think Big / Empresas

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Hemos querido hacer redifusión de las tres piezas de la entrevista que me hizo la gran Mercedes Núñez para Think Big / Empresas, en parte también para agrupar la entrevista completa en un único texto.

En todo caso aquí podéis acceder a la primera parte, la segunda, y al artículo sobre teletrabajo que inserta otra parte de esta misma entrevista.

Funciosaurio

La conferencia principal que diste en el Congreso NovaGob de este año llevaba por título “La nueva normalidad en la nueva Administración”. ¿Cómo la definirías en una palabra?

Pues obviamente “NovaGob”. De hecho la conferencia consistió en desarrollar el acrónimo N.O.V.A.G.O.B., escogiendo una o varias palabras clave para cada letra. Y de estas, me quedo con las siguientes: Novación, Open data, Valor público, Administración electrónica, Gobernanza, Oposición y Buen Gobierno.

Bromeabas en esa ponencia con que si la cámara de los Lores se ha reunido de forma telemática crees que ya se puede modernizar cualquier institución. Pero también señalabas que sigue habiendo mucho “terraplanismo” en la Administración… ¿Cómo crees que van a ser las cosas a partir de ahora? ¿Un momento tan complicado como el actual, que exige más agilidad y eficiencia que nunca, ayudará a abrir definitivamente la mente en la Administración?

No bromeaba. Creo de verdad que se puede modernizar cualquier institución. Cualquiera. Y también es cierto que sigue habiendo mucho “terraplanismo”, lo cual dificulta esa posibilidad. En realidad este escenario sigue siendo el mismo que teníamos hace diez o quince años: el conflicto entre lo que es bueno y es posible versus la ignorancia, la corrupción y la resistencia. Pero 2020 ha marcado evidentemente un punto de inflexión. Uno de no retorno. En los últimos diez meses hemos avanzado tanto, o más, que en los diez años anteriores. Ha sido por un motivo muy desgraciado, y personalmente me entristece que hayamos tenido que llegar a una situación tan límite, pero ahora mismo, pese al pataleo de la aludida resistencia, lo cierto es que muchos empleados públicos teletrabajan (algo impensable hace un año), y se plantean a gran escala debates antes reservados para nuestros foros de “frikis”, reconociendo la necesidad de simplificar los procedimientos, de digitalizar y automatizar los procesos, de identificar al ciudadano mediante videollamada, de trabajar con datos, o incluso de incorporar la inteligencia artificial a la Administración, entre otras muchas “novedades” que en realidad no lo son tanto. En la Administración se confunde lo nuevo con lo inédito.

¿Piensas que los fondos europeos van a ser el empujón definitivo o hay una barrera de actitud/aptitud? Muchos todavía se centran en la tecnología como el fin e ignoran el cambio cultural y organizativo o la redefinición de procesos, claves para la transformación.

Con los Fondos europeos alguno se va a llevar un disgusto. Se trata de fondos para la recuperación y la innovación. Pero como cualquier ayuda, se otorgan para financiar proyectos reales. Si en el fondo no hay proyecto, igual nos llevamos la sorpresa de que hay de devolver las ayudas. Pero llenar una ciudad de luces de colores, como dice mi amigo Borja Adsuara, no ayudará a mejorar el servicio público. Estoy de acuerdo en que hay una barrera invisible que es la cultura administrativa, esa mentalidad reaccionaria, anquilosada, incluyendo la falta de actitud y de aptitud. Entre estas dos, por cierto, me preocupa mucho más la primera, porque sin actitud nunca se podrá desarrollar la aptitud. Siempre he dicho que el mayor problema de una persona no es no saber, sino no querer esforzarse para aprender y mejorar. Ahora, como decía, se habla de Inteligencia Artificial, algo que me parece genial, pero no debemos volver a caer en el error de empezar la casa por el tejado, como hicimos con las Smart Cities, e implantar proyectos increíblemente tecnológicos mientras en las Administraciones Públicas todavía hay sujetos que se niegan a tramitar o firmar electrónicamente porque afirman que no es obligatorio, o peor aún, no lo hacen porque su administración todavía funciona a base de papel y burocracia, y por ejemplo exigen cada vez a sus usuarios documentos como una fotocopia del DNI o un certificado de empadronamiento. Vamos a empezar transformando lo que debimos haber transformado hace veinte años, y sobre esa transformación construiremos la de los algoritmos y el 5G.

No te gusta emplear los términos “funcionario” ni “empleado público”, prefieres “servidores públicos”. Es la madre del cordero, ¿no? 

“Empleado público” aún lo manejo con relativa frecuencia, porque es la expresión que utiliza la Ley, pero “funcionario” reconozco que lo odio. Se supone que queremos diferenciarnos de los robots, por lo tanto no podemos limitarnos a decir que somos algo “que funciona”, como una tostadora. Además, el término funcionario representa lo peor de la época de los manguitos y del “vuelva usted mañana”. Por el contrario, “servidor público” es una expresión preciosa. Servir a los demás es lo más bonito (y necesario) del mundo, sobre todo en este momento en el que tantas personas necesitan tanta ayuda. Una definición muy simple pero inapelable del servicio público, es “servicio al público”. Forges hacía chistes gráficos de funcionarios. De servidores públicos ejemplares, implicados y eficientes no se habría podido burlar. Y ojo, la culpa no era de Forges, que en realidad tenía bastante gracia, la culpa era de la parte de verdad que había en su humor crítico.

¿Qué DAFO harías de la administración local, que es la más cercana al ciudadano? 

Como un DAFO completo sería muy extenso, sí puedo decir una Debilidad, una Amenaza, una Fortaleza y una Oportunidad en relación a la administración local. La debilidad es la escasez de medios y los continuos ataques a la autonomía local. De hecho es un milagro que podamos hacer cada vez más cosas con menos recursos, pero si este déficit no cambia, el futuro de la administración local, sobre todo de los Ayuntamientos, puede complicarse. La amenaza y la oportunidad casi podrían coincidir: la coyuntura actual. De nosotros depende hacer bueno el tópico de que toda crisis es una oportunidad. Desde luego, siendo esta crisis tan enorme, la conclusión es que estamos ante la oportunidad de nuestras vidas. Las fortaleza principal que tenemos, incluso por encima de esa condición de administración más cercana al ciudadano, es la vocación de servicio público de una gran cantidad de esos servidores públicos convencidos e implicados a los que nos referíamos, frente a una minoría, muy dañina, eso sí, de vagos, corruptos y tóxicos.

La transformación de la Administración no será posible sin una modernización de las competencias y cualificaciones de quienes trabajan en ella. En la agenda digital se recoge la necesidad de este esfuerzo. Háblanos de los funciosapiens frente a los funciosaurios, como tú los llamas.

Administración electrónica es “nuevas aptitudes”. Lo dice la definición oficial del término, dada ya hace muchos años por la Comisión Europea. Y “cambios organizativos”, por cierto, además de tecnología, claro. Un “funciosaurio” es en realidad ese “funcionario de toda la vida”, el de los manguitos, al que nos referíamos. Alguno incluso lleva manguitos sin llevarlos, creo que me explico. Pero no los llamo así solo por la evidente referencia al pasado, sino porque aquellos animales eran lentos, pesados y no muy inteligentes. Y sobre todo: se extinguieron. Un “funciosapiens” es un ser inteligente, implicado, multidisciplinar. No solo reúne capacidades, conocimientos y aptitudes sino también, y sobre todo, valores. Esto es lo más importante de todo. El funciosapiens sobrevivirá.

No se trata solo de la adquisición de competencias digitales. Con la automatización creciente de tareas también cobran importancia las habilidades blandas y va a hacer más falta que nunca incorporar nuevos perfiles y verdadero talento. ¿De qué escenario partimos y cuál es la meta?

Partimos de un escenario bastante tramposo, porque por un lado parece que, por fin, se están desarrollando algunas “nuevas” competencias (no solo digitales), y por otro lado estamos en manos de incompetentes, porque muchos altos cargos políticos y funcionariales lo son, así de claro, por lo que parece contradictorio hablar de competencias o exigir nuevas competencias únicamente a los perfiles medios y bajos. Habría que empezar, pues, por los de arriba. Ser jefe no debería ser lo mismo que hace veinte años. De hecho debería desaparecer la palabra “jefe”. Una importante habilidad blanda (soft skill) es precisamente el liderazgo. También lo son la capacidad de coordinación y el trabajo en equipo, las habilidades en comunicación, la destreza digital y la resolución de problemas complejos. ¿Los altos cargos de vuestras organizaciones responden a este perfil? En general, y hablando de todo tipo de servidores públicos, debemos desarrollar la empatía y la inteligencia relacional. Vuelvo a decir que no me preocupa tanto quienes aún no han desarrollado estas capacidades como los que se niegan a mejorar en esta línea. Efectivamente, la automatización y la robotización ya están aquí, y bienvenidas sean porque su funcionalidad es la realización de tareas mecánicas, repetitivas, automáticas y con poco contenido intelectual y escaso valor añadido. Muchos “funciosaurios” se empeñan en seguir realizando estas tareas, y muchos “jefes” se sienten muy cómodos dirigiendo a un ejército de estos funciosaurios. Con frecuencia recibo mensajes poco amables de individuos que me reprochan que defienda que los funcionarios deben ser sustituidos por robots (afirmación que dista mucho de ser exacta, porque nunca he dicho eso), pero esa gente lo primero que tiene que preguntarse es si ellos mismos son capaces en este momento de aportar algo más, o al menos algo diferente, de lo que aporta un robot. O si son mejores personas que un robot.

En una entrevista de hace cinco años afirmabas que “El innovador público es un antihéroe, como Don Quijote o Rocky Balboa”. Hace unos meses decías que “Uno no es un buen innovador hasta que no tiene el cuerpo cubierto de cicatrices”. ¿Sigue siendo tan duro? ¿Tan poco hemos avanzado en un lustro? 

Recuerdo muy bien esa entrevista… Pues yo diría que estamos peor, porque cuanto más cerca está la victoria más se resiste el enemigo. Es como el refrán aquel de “cuanto más grande es la tormenta más cerca está la calma”. No sé cómo de cerca está esa calma, o el final de una guerra que nunca debió producirse, pero está claro que el bando que se sabe perdedor quiere morir matando. Sé que esto suena muy dramático, pero yo he vivido, en efecto, esas hostilidades, y no soy ni mucho menos el único. Cicatrices todas, pero aún así vale la pena. Lo de autoproclamarse innovador es algo que algunos hacen, pero como declararlo así, solemnemente, me parece poco humilde, sí diré que creo que soy una persona que siempre ha tratado de innovar, de mejorar lo que me he encontrado, y que en bastantes ocasiones lo he conseguido. Me siento sinceramente satisfecho de mi impacto en la Administración, porque modestamente creo que ha sido positivo. Pero esto tiene un precio, efectivamente, y contaré un ejemplo reciente. Hace poco más de un año sufrí toda una campaña de ataques, al principio interna y más tarde mediática, simplemente por disponer de 15 días de teletrabajo al mes. Bueno, y por estar implantando un proyecto de mejora funcional, claro. Los dos principales argumentos de la cruzada consistían, por un lado, en afirmar que solo trabajaba la mitad del tiempo pero cobraba toda la nómina, y, por otro, en tachar de escandaloso que un secretario pudiera firmar a distancia. También me dedicaban otras lindezas iguales o peores. Pero hablando de innovación, lo de negar la existencia de la firma electrónica resulta especialmente increíble. Hablo de 2019 (!). Y fue en una administración a la que fui, por un tiempo, porque me ellos mismos llamaron al verse atrapados en el siglo XIX. Vi un proyecto muy complicado pero bonito, aunque desde luego sin el teletrabajo no me hubiera lanzado a la piscina, porque suponía un enorme esfuerzo personal y familiar. El caso es que pudimos implantar parte de un proyecto de administración electrónica en muy poco tiempo, y eso agitó el avispero de los que tenían algunos chiringuitos muy bien camuflados por el papel y la desorganización. De repente, al alcanzar esa resistencia repercusión social por un artículo de prensa en el que me llamaban de todo menos guapo, me vi más solo que la una en una ciudad ubicada a 2.000 km de mi casa, siendo insultado por la calle por sujetos que me reconocían por la foto del artículo. Al primero le dije: “Pero oiga, si yo les estoy ayudando para que el servicio que presta el Ayuntamiento sea mucho mejor”, pero al siguiente ya no le contesté y simplemente di por finalizado el intento. Un innovador debe ser genio y figura, sí, pero no hasta la sepultura. En eso sí debería diferenciarse de Don Quijote. En la vida tenemos un tiempo y una energía limitados, y cuando uno alcanza una edad comprende que hay batallas que no merece la pena librar. Por cierto, qué caprichoso es el karma, porque 2020 ha sido el año del teletrabajo. En resumen, impulsar ese cambio al que algunos se resisten con uñas y dientes es muy duro, y quien quiera vender una imagen de éxito absoluto, de cero contratiempos o de “innovación a la primera”, está trabajando más en marketing que en innovación.

“Los datos son una de las claves de la gestión pública moderna”. Explica las bondades de un open and data driven government.

Los datos son la clave porque son la piedra angular de la moderna gestión pública. Todo gira o debería girar en torno a los datos, que son objetivos e inapelables, frente a las ocurrencias o creencias subjetivas de algunos dirigentes. En el momento actual tenemos millones de datos a nuestra disposición (big data), los cuales proceden de distintas fuentes: desde los servicios e infraestructuras sensorizados hasta la propia experiencia de cliente de nuestros usuarios. Obviamente los móviles son el principal dispositivo generador de datos. En realidad las Administraciones Públicas siempre han sido poseedoras de una gran cantidad de datos, incluso en la era analógica, pero muy pocas veces los han utilizado para tomar decisiones o reorientar el servicio público. Ahora esto tiene más sentido que nunca. Por otra parte, muchos de estos datos no solo son útiles para la administración, sino también para el resto del mundo. Por eso hay que “abrirlos” (open data), con la debida cautela, evidentemente, respecto de los datos protegidos. El tejido empresarial, especialmente el emprendedor, las asociaciones, la comunidad educativa, los propios ciudadanos, etc., pueden extraer información de calidad de dichos datos. La transparencia de los datos mejora en todo caso la calidad democrática, porque los datos son conocimiento y de esta forma creamos sociedades informadas e involucradas con lo público (participación, colaboración). A esto le llamamos open goverment. Además de todo lo anterior, los datos también son la mejor arma que tenemos frente a esa cultura de la desinformación y la posverdad que se practica actualmente por parte de algunos lobbies y “opinadores” profesionales. Los datos deberían ser nuestros verdaderos influencers.

Últimamente, frente al tradicional pliego de condiciones, se insiste mucho en fórmulas como la colaboración público-privada (no tanto de la colaboración entre administraciones, que también es muy necesaria) y la compra pública innovadora  o la compra  pública verde, que ha pasado a primer término y según los datos la lideran los ayuntamientos. ¿Cuál es tu visión? 

La colaboración público privada es necesaria para la gestión pública. En realidad siempre lo ha sido, pero parece que en la coyuntura actual retoma parte del protagonismo perdido. Recordemos que entre 2007 y 2017 tuvimos un contrato llamado “de colaboración público privada” en la Ley y prácticamente no se utilizó. Por otra parte, hay muchas fórmulas de colaboración público privada. Yo creo especialmente en las que fomentan la iniciativa económica de las PYMEs y los emprendedores. Empresas más bien pequeñas, e incluso profesionales autónomos. Ahora se plantean nuevas fórmulas y escenarios. Tampoco hace falta inventar la rueda en esto de la colaboración público privada. La llamada “compra verde” consiste en tener en cuenta criterios y elementos de sostenibilidad ambiental en los contratos. También debemos incorporar cláusulas sociales. Todo esto hace años que aparece en la Ley. De todos estos procedimientos, mis preferidos son la asociación para la innovación y la compra pública innovadora. Si queremos innovación, compremos innovación desde la propia Administración Pública. Para que surja la oferta se debe crear la demanda.

En todo caso soy partidario de la colaboración del sector público con todos los actores existentes: el privado, el universitario, el social, y por supuesto el resto del sector público. Esto del servicio público se ha convertido en algo tan complejo (y tan caro) que hace años que es un hecho que la Administración no puede con todo ella sola.

Has dicho que la corrupción es enemiga del cambio. ¿Qué opinas de la idea de un registro nacional de evaluación de los concursos públicos? Fortalezas de la administración electrónica frente a ella.

Ese registro nacional de evaluación de los concursos públicos no es que me parezca mal, pero sí me parece redundante. Al menos en principio. Habría que ver cuál es exactamente su valor añadido respecto a otras instituciones preexistentes, como el Tribunal de Cuentas o el Registro de contratos. Lo malo de las “tormentas de ideas” que surgen en plena crisis, es que se plantean cientos nuevos mecanismos cargados de buenas intenciones. Algunos de esos mecanismos ya existen. No hay que sobrecargar, sino hacer que funcione el sistema, porque lo malo no es el sistema en sí, sino esa oscura práctica de torear constantemente los mecanismos de control. Hay que preguntar a los expertos, y no a los iluminados. Lo cierto es que los registros públicos donde consta toda la información contractual del sector público ya existen. La evaluación podría ser un valor adicional, pero me gustaría más que se dotara de medios y efectividad a las instituciones existentes antes de crear otras nuevas.

En cuanto a la afirmación de que la corrupción es enemiga del cambio, la dije, la mantengo y la he comprobado personalmente cientos de veces. Las personas perezosas o acomodadas desean mantener el statu quo y su zona de confort, pero ni su voluntad ni su determinación es demasiado fuerte. En cambio, los que mantienen y quieren mantener a toda costa esos chiringuitos de poder y micro corrupción, son los enemigos más feroces del cambio, especialmente de los cambios que traen consigo la digitalización y la transparencia. El papel lo aguanta todo, y si no lo aguanta, puede hasta desaparecer o rehacerse. Las conversaciones mafiosas se las lleva el aire. Pero el cambio remueve los cimientos de la corrupción. El documento electrónico, la trazabilidad y el rastro fehaciente de los expedientes electrónicos, permiten pocas trampas. La corrupción se lleva muy mal con la administración electrónica. De todas formas, el arma definitiva contra la corrupción, mejor aún que la tecnología, es la interiorización de la ética. Una parte importante de la culpa de que exista esa micro corrupción (tan peligrosa, o más, que aquella enorme corrupción de los grandes pelotazos), la tienen los que la permiten. La honradez no consiste únicamente en no ser el autor directo de una fechoría, la verdadera honradez consiste en no mirar para otro lado.

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