Breve guía sobre la incorporación y el uso de anglicismos y neologismos al lenguaje administrativo

Sin ánimo académico ni mucho menos pretensión alguna, pero desde la buena fe de arrojar algo de luz y la experiencia de y bastantes años en el uso de algunos de estos términos, hoy ofrecemos una breve guía sobre la incorporación y el uso de anglicismos y neologismos en el lenguaje administrativo. Bueno, en el lenguaje administrativo, y en el lenguaje en general. Este es un tema en el que reconozco que tengo “el corazón partío”, como reza una empalagosa canción. Por un lado, me reafirmo en que soy partidario de incorporar directamente a la lengua y usar en “versión original” anglicismos como open government, e-goverment, e-procurement, community manager, coaching, branding, smart city, open data, big data, data science, blockchain, compliance, machine learning, benchmarking, customer experience, nudge, team leadership… Al menos algunos de ellos, porque puede que en algunas ocasiones tenga buen encaje una esforzada traducción, como el caso de “ciudad inteligente” , “experiencia de cliente” (mejor “de usuario”), o el mismo “gobierno abierto”… Pero me niego a utilizar expresiones estridentes como “cadena de custodia” (blockchain) o “conformidad” (compliance); o directamente incorrectas como “grandes datos”, “datos abiertos” o “empujoncito” (nudge).

El argumento para la defensa de tales anglicismos no es querer maltratar la noble lengua castellana. Simplemente damos cuenta de tendencias, técnicas o profesiones de ámbito universal, y que por tanto en todo el mundo se conocen con estos términos (y en ningún lugar se traduce). Esto es así, un hecho consumado, como que en muchos países disfrutan del cine en versión original, como mucho aderezada con subtítulos.

Por otra parte, determinados anglicismos y/o neologismos irrumpen con excesiva rapidez en el lenguaje coloquial, generando dudas semánticas, malos usos, abusos y choques generacionales. Quizá tenga algo de razón Pérez Reverte después de todo, cuando observa que cada vez que alguien dice “empoderar” o “empoderamiento” una lágrima cae del retrato de Cervantes. También es verdad que puede resultar absolutamente odioso escuchar “empowerment” en versión original, como ocurre con mentoring (tutoría), por lo que quizá en estos casos sí sería procedente aplicar el sinónimo en castellano (empoderar es parecido a facultar, capacitar, habilitar…) Y hablando de pronunciaciones: qué pedante queda ese acento inglés de Oxford a mitad de un discurso en castellano. Será correcto, pero pedante…

Lo cierto es que no es fácil utilizar los anglicismos sin pasarse ni quedarse corto. Sin duda la lengua evoluciona, y la tecnología y la globalización influyen, de forma cada vez más rápida y decisiva, en dicha evolución. Pero alguien debe controlar el proceso, y ese alguien seguramente somos nosotros mismos, los castellanoparlantes, incluso por encima de la propia Real Academia. Yo distinguiría varios supuestos:

1) Anglicismos totalmente consolidados (sobre todo anglicismos, aunque podríamos hablar de extranjerismos en general): derivan por ejemplo del deporte: “córner”, “penalty”,  “alley-oop”, “K.O”, “boxes”… También los términos musicales, en este caso provenientes del italiano, como “allegro”, “andante”, “adagio”, “presto”… Siguiendo con la interpretación artística, qué divertido ha resultado siempre escuchar a la generación de mis padres decir “Kirk Duglas“, en contraste con el hijo, al que “los jóvenes” ya llamábamos “Michael Douglas”. Esos mismos jóvenes hemos vivido el cambio radical del título de una película (luego saga) llamada “La guerra de las galaxias”, rebautizada como “Star Wars”. Otro caso curioso es el de los superhéroes, dado que los que ya tenemos unos años leíamos cómics de “La Masa” (ahora conocido como “Hulk”), “El hombre de hierro” (hoy simplemente “Ironman”), y “El hombre araña” (ya se hace raro no llamarle “Spiderman”). En todo caso son palabras que no resultan malsonantes en nuestros oídos en cualquiera de sus dos formas: castellano o inglés (“saque de esquina” o “pena máxima” son expresiones tolerables).

2) Anglicismos más o menos consolidados, o que han aparecido más recientemente: derivan fundamentalmente de la informática, la electrónica y las telecomunicaciones, y así encontramos “pen drive” (podríamos decir “lápiz de memoria”), “banner” (una especie de tira publicitaria en una web), “bit” (apócope de binary digit), estar “on line” (se admite “en línea”)… En ocasiones el extranjerismo no tiene traducción, como “influencer” (si dicen “influenciador” morirá un gatito), si bien en muchos casos no se traduce por tratarse de abreviaturas del inglés ya utilizadas internacionalmente, como “ADSL”, que es Asymmetric Digital Subscriber Line; USB, que procede de Universal Serial Bus (“Bus en Serie Universal” suena horrible), URL, que viene de Uniform Resource Locator (decir “Localizador Uniforme de Recursos” sería espantoso), etc… En este apartado también cabría incluir algunos de nuestros anglicismos preferidos, los citados “Open Government” (“Gobierno abierto”), “Smart City” (“ciudad inteligente”), y e-government” (“administración electrónica”), entre otros, que como fenómenos universales que son entendemos que deben utilizarse en la forma mundialmente conocida.

3) Anglicismos no consolidados que además suelen utilizarse indebidamente: el problema en este caso es que las personas que más los utilizan desconocen el significado real de la palabra, por lo que hacen un mal uso del lenguaje desde cualquier punto de vista. Yo directamente me estremezco cuando alguien habla de “crowdfunding” (y no mucho mejor me suena “micromecenazgo”), o de “crowdsourcing” (“externalización de tareas”). En cuanto a los nuevos contratos mercantiles o bancarios, los hay bastante claros (“renting”), más dudosos (“leasing”) y dudosísimos (“confirming”), pero en la práctica se utilizan todos ellos con idéntico desparpajo. Decimos dudosos hablando en términos lingüísticos, no legales, que conste. También podemos incluir aquí los (relativamente) nuevos delitos, como “sexting”, “ciberbullying” y “grooming”. Y en este apartado también se encontrarían las nuevas profesiones, designadas mediante términos relativamente sencillos (“coach” y “manager”), más complicados pero asumibles (“compliance officer”, “community manager”), e impronunciables (“data scientist” o “digital marketing manager”), o los acrónimos SEO, SEM, CEO, CFO, DPO, COO… Todos estos cargos tienen perfecta traducción al castellano, aunque de esta forma sin duda suenan mucho más impresionantes.

4) Traducciones literales y/o “castellanizaciones”: son bastante peligrosas. El citado “empoderamiento” (“empowerment”) es desde luego una clara muestra de estas cuestionables traducciones literales. También el aludido “mentoring” se traduce en ocasiones como “mentoreo”, que es un error y un horror. Nunca me digan esta palabra a la cara, porque se me puede escapar un sopapo. “Customizar” es otro término espantoso, tanto si se traduce literalmente como si se incorpora directamente el término en inglés. Empiezan a darse por buenos, porque ya estemos medio acostumbrados, los verbos “feisbuquear”, “googlear” o “whatsappear”, aunque en mi opinión siguen sonando fatal, si bien personalmente “tuitear” no me disgusta. Otros términos, como “selfie”, han venido para quedarse (de hecho “selfi” aparece en el diccionario de la RAE), e incluso cabe reconocer que queda mucho peor decir “autofoto”. Y otros, como “hangout” o “hashtag”, son inevitables (¿cómo podrían traducirse?). En cuanto a la electrónica, está claro que una “tablet” se puede llamar “tableta” y un “smartphone” es un “teléfono inteligente”, pero no cabe duda de que a medio o más bien corto plazo llevan las de ganar los anglicismos. Al igual que en otros casos de nuevos dispositivos electrónicos y sus complementos, que se incorporan a nuestras vidas y por tanto a nuestro lenguaje: iPhone, iPod, iPad, Surface, iPod touch, iPad Pro, AirPods, Apple Pencil y un largo etcétera.

En resumen, nos encontramos en una especie de moderna Torre de Babel, un mundo donde la globalización genera una cierta imposición de algunas lenguas. Pero pensamos que la castellana debe seguir siendo reconocible como tal, y que la penetración de términos internacionales, fenómeno imparable e indiscutible, debe no obstante procesarse y admitirse con moderación y sentido común, consolidando si procede dichas palabras y expresiones a través de su uso racional… Y no por el ejercicio de un esnobismo -por cierto, palabra de origen anglosajón, «snob», que viene a su vez de una contracción de la frase latina «sine nobilitate» (‘sin nobleza’)-, que aún en la pretensión de parecer más sabios, paradójicamente nos conduce a una peor dicción. A ser más redichos. Y a parecer más estúpidos.

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