Octavo mes de teletrabajo pandémico: prontuario de barbaridades detectadas

¡Triste época es la nuestra! Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio.”

(Albert Einstein)

De los creadores de “Cuando estés en casa de un familiar no conviviente no hace falta que lleves mascarilla, porque es familia”, llega “Quítate la mascarilla en tu centro de trabajo, sobre todo en tu departamento, porque son tus compañeros y los conoces”.

En efecto, hablando de organizaciones públicas, se cumple el octavo mes de teletrabajo en tiempos de pandemia, lo cual nos da para compartir este prontuario con una muestra representativa de las barbaridades detectadas.

La primera barbaridad, tanto en orden como en magnitud, es continuar negando el propio teletrabajo. Sigue siendo la medida más eficaz anti contagio, con diferencia, muy por encima de las dudas que presentan las mascarillas (ojo, que las quirúrgicas no protegen en espacios cerrados) o las mamparas (que aíslan pero al mismo tiempo retienen los virus).

No obstante lo anterior, otro importante desvarío es restringir el teletrabajo (o la posibilidad de teletrabajar) exclusivamente a la pandemia, de manera que a menos contagios todos a la oficina y a más contagios “podéis teletrabajar”. Esta es una lectura de la realidad extremadamente limitada. Cualquier persona con un mínimo de amplitud mental puede visualizar claramente la oportunidad que se nos presenta de organizar adecuadamente el teletrabajo (al menos parcial, en todos los sentidos), más allá de las prisas del 14 de marzo, y en general de avanzar en otro modelo de gestión de los recursos humanos (mejor “de las personas”), basado en el cumplimiento de objetivos. Pero parece que seguimos trabajando en las fábricas de la Segunda Revolución Industrial.

Otra barbaridad muy gorda, y que demuestra falta de ética o al menos de compromiso, es no aprovechar el teletrabajo para permitir que las personas “con trabajo de oficina” que, coyunturalmente, tienen una lesión física leve como un esguince de tobillo, puedan seguir trabajando desde casa. Algo, por cierto, que les ayuda a ellos mismos más incluso que a la “empresa”. Sin embargo se les sigue aconsejando “que se cojan la baja”, como si el esguince lo tuvieran en los dedos o, de alguna manera, en la cabeza. Vamos, que si cojeas no puedes tramitar. Pues nada, a ver las siete temporadas de una serie de Netflix.

Podríamos decir, observada la casuística, muchas otras, la mayoría de las cuales ya adelantamos en nuestra entrada “Los 23 pretextos más absurdos en contra del teletrabajo“. Repasamos las que me siguen pareciendo más perturbadoras:

  • ¿Y si llaman? Habrá que atender al público…

Pues si llaman por teléfono, se coge. Y es que, sorprendentemente, el tele-trabajo permite la atención tele-fónica.

  • “No es posible medir la productividad”.

Claro, no como en persona, que se mide de maravilla… Tanto fichas, tanto vales.

  • “Desde que estamos teletrabajando se han producido más infracciones de la LOPD”.

Si la LOPD (y GDD) en lugar de ser una Ley Orgánica fuera una persona, le pitarían los oídos continuamente de la cantidad de veces que se la menciona (casi siempre en vano). Recuerdo la época en la que la LOPD del 99 era una total y absoluta desconocida. El caso es que era una Ley importantísima, pero estaba absolutamente ninguneada. Empezaron a acordarse de ella a medida que iba prosperando la administración electrónica. Curioso.

  • “Yo no me creo que los funcionarios a las 8 de la mañana estén caralordenador”.

Esta es una de mis preferidas, muy sintomática de la desconfianza. Pero es terrible, porque parte de varias premisas altamente reaccionarias. A saber: nos pagan por cumplir un horario (“a las 8 de la mañana…”), nos pagan por estar caralordenador (parece que es suficiente con que estemos orientados hacia el PC, “cara al”, no necesariamente trabajando), y, la peor de todas, si nadie nos controla nuestra tendencia natural es la de vaguear. Somos lo peor.

  • “No todo el mundo puede teletrabajar. El teletrabajo quiebra el principio de igualdad”.

Este pretexto en contra del teletrabajo es brutal. De hecho existen perfiles, normalmente sindicales, que apelan al principio de igualdad cada vez que ven dos cosas que no son exactamente iguales: por ejemplo dos nóminas (aunque a su vez correspondan a dos puestos de trabajo totalmente distintos). Como dijo @alorza, “hay que cortarse un brazo para estar en igualdad con los mancos”. Es cierto, esto es algo muy cultural de este país. No se tolera que otro tenga algo que tú no tienes, aunque no te perjudique absolutamente nada. Conclusión: todos como el manco, es lo más “justo”…

  • “No puedo teletrabajar porque no tengo impresora”.

Pues sí, porque aunque puedas hacer absolutamente todo lo demás, si finalmente no puedes imprimir y generar papel (y tocarlo, acariciarlo, olerlo) tu trabajo siempre va a estar incompleto.

  • “Ya sé que Menganito no trabaja nada, pero que venga, y por lo menos está en su sitio”.

Tiene razón, porque lo grave no es que Mengano no haga absolutamente nada, cosa que toleramos de buen grado, lo grave es que su mesa no tenga una pila de papeles y que su silla esté vacía. Pero, digo yo, si lo que quieren es ver un monigote… ¿Por qué no colocan en su sitio un espantapájaros vestido con su ropa?

  • “Hay que volver ya. Es una cuestión de imagen. La gente piensa que no estamos trabajando”.

Parecida a la anterior. Lo importante es la estética, no la ética. Por desgracia esta la hemos escuchado bastante en las últimas semanas. Queda claro que los defensores de este planteamiento prefieren claramente a un empleado que está pero no trabaja a uno que trabaja pero no está.

  • “Yo prefiero que vengan los funcionarios, al menos los ves”.

En la misma línea que la anteriores. Esta forma parte del ya famoso discurso del “que venga Menganito, que no trabaja, y al menos está en su sitio”, o “que vengan todos los funcionarios, los que trabajan y los que no, y por lo menos se ve ambiente”. Hay declaraciones más sangrantes. Yo he llegado a escuchar que hay que ir porque “hay que estar al pie del cañón” (esta podría ser sin duda otra frase de nuestra selección). Y mi respuesta fue “¿Qué cañón? Hoy en día no se va a la guerra con cañones, sino con misiles teledirigidos”. Por lo demás, y que nadie se ofenda, yo no tengo especial interés en ver físicamente a un compañero (y menos en estas circunstancias), lo que quiero ver es su trabajo.

  • “No se puede firmar a distancia”.

Recupero esta reflexión de nuestra entrada “Los prescindibles“:

“Yo mismo sufrí continuos ataques hace tan sólo unos meses (¡nada menos que en 2019!, no en 1985), porque determinadas personas opinaban que un secretario de Ayuntamiento no puede teletrabajar, ni siquiera unos días, entre otras cosas porque la fe pública consiste en el cotejo de un original que hay que ver, asir y contrastar con la copia, y que la firma electrónica nunca será lo mismo que el garabato. La Corporación, confundida ante estas quejas, iba a pedir un informe externo para verificar este extremo porque, en efecto, la cuestión le resultaba francamente dudosa. Y todo esto ocurrió, no el primer día, sino después de haber teletrabajado eficazmente ya varios meses… ¿Por qué damos tanta cancha a la malicia o la ignorancia?”

  • “El teletrabajo no es seguro. Hay hackers”.

Decir que no se puede teletrabajar porque hay hackers (más bien crackers como siempre apuntamos), es como decir que no te puedes duchar por si te resbalas en la ducha, o que no puedes hacer deporte por si te lesionas. Por otra parte, que llevemos muchos años implantando medidas de cumplimiento del ENS, auditorías de seguridad, LOPDGDD, Estrategia de Ciberseguridad, NTI…, algo debe influir en que el sistema sea más seguro. Por último, y hablando de temores, ¿cómo puede ser que personas tan miedicas no teman más a los virus que atacan a las personas que a los que atacan a las máquinas?

  • “Con el teletrabajo hacemos la Administración menos humana”.

No es cierto. De hecho el trabajo colaborativo y “en equipo” (superando la clásica y rígida departamentalización) se ha desarrollado mucho durante estas semanas. Es cierto que también nos han unido las circunstancias, pero a nivel personal puedo decir que he desarrollado relaciones de empatía y aprecio con algunos compañeros que hubieran sido insólitas antes de esta situación. Por otra parte, las reuniones telemáticas tienden a ser más eficientes que las presenciales. La sensación de que se debe ir “al grano” es mucho mayor, y como es probable que en media hora tengamos otra reunión adoptamos enfoques más resolutivos. Por último, es cierto que no nos vemos la caras “en persona”, pero ¿cuando estamos en la oficina esto es muy distinto? No seamos hipócritas. Hay algún defensor de la “humanización” de la Administración que no sabe ni como se llama su compañero de la mesa de al lado (ni le importa).

  • “No podemos. No está implantada la administración electrónica”.

– La gente no está teletrabajando pq no tenemos administración electrónica. Deben volver inmediatamente

– Claro… Le gusta el fútbol?

– Sí, pero qué tiene que ver?

– Imagine q su equipo queda el último de la liga y luego alegan q no han entrenado

– Sería para matarlos!

– Exacto

  • “Cuando se teletrabaja se trabaja mucho menos, porque nadie te controla”.

Mentira y de las gordas. Se trabaja más. Repito: en casa se trabaja más. Y lo hemos visto estos meses es lo que algunos ya sabíamos: si uno no dice “basta” puede acabar totalmente agotado. Un buen profesional no trabaja porque le vean. Ni para que le vean. Quien se hace responsable de su trabajo no necesita un jefe desconfiado que le respire en la nuca y, en el extremo contrario, un teletrabajador que no produce no es más que un trabajador que hace el vago en otro formato. Pero lo que yo he vivido, y lo que he visto en otros compañeros, es que la dedicación es mucho mayor, y el no tener horario (olvídense de que se controle o no, porque eso es lo de menos), hace que uno trabaje más horas. La conclusión es que el gran peligro del teletrabajo no es trabajar poco sino trabajar demasiado. Por eso está muy bien traído el derecho de desconexión que incorpora la LOPDGDD en 2018.

  • “En casa estáis demasiado bien”.

Hay gente que allá por junio denunciaba acaloradamente: «ahora ya se puede ir a la segunda residencia, por lo que se podría dar el caso de que un trabajador trabajara desde la playa». Claro, porque esto sería indignante. Es mucho mejor chafardear en la oficina, donde además en verano no solo se produce cero sino que además se gasta aire acondicionado. ¡Pero chico! Tú vas y te ven. En todo caso la indignación viene porque los empleados estén “demasiado bien” teletrabajando, algo por cierto discutible. Porque claro, bien pensado, ¿cómo pueden consentir algunos que estemos bien pudiendo estar mal? Y es que, desde este razonamiento, cobramos la incomodidad, no el rendimiento.

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Anexo. 30 ventajas enormes (e inapelables) del teletrabajo.

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