Restricciones normativas versus responsabilidad individual

Ante una crisis sanitaria y económica como la que asola nuestro planeta, cada país reacciona con lo que tiene, con sus puntos fuertes por así decirlo. Algunos desarrollando I+D, otros demostrando solidaridad social y responsabilidad individual, y otros, como España, aumentando el frenesí político y multiplicando el número de normas. Pero donde hay valores no hacen falta tantas normas, o bien, desde una óptica estrictamente jurídica, el Derecho Natural es mucho más eficaz que el Derecho positivo.

Y es que ante las normas, por muy duras o restrictivas que sean, quienes las vamos a cumplir ya las cumplíamos incluso antes de que existiesen: yo ya sé que no es buen momento para reuniones sociales, o para viajar, y por eso no lo hago. Sin embargo, quien no tiene intención de cumplirlas no lo va a hacer solo porque se publiquen en el BOE, y, posteriormente, se repitan o se endurezcan. Quizá más bien al contrario, tanta coacción puede generar rebeldía, sobre todo por parte de los más jóvenes. Ojalá estos se controlasen ellos solos a través de un autocontrol basado en la lógica y la solidaridad con sus mayores, pero, no siendo así, no estoy seguro de que la mejor solución sea imponerles normas que igualmente no van a cumplir y enfrentarlos directamente a la policía y los jueces.

Mejor nos iría desarrollando los valores colectivos e individuales. Y mucho mejor si a esto añadimos la capacidad de pensar por nosotros mismos. Algunos se sienten tristemente cómodos cediendo las riendas de sus vidas (y de su libertad) a los políticos. La verdadera comodidad de esto no es tanto el no tener que pensar como el no tener que asumir la responsabilidad por los actos propios. Personalmente no me gusta que decidan por mí los políticos, pero tampoco creo que sea justo cargar sobre sus espaldas la responsabilidad o la culpa de todo lo que está ocurriendo, porque cada persona que yerra en su comportamiento cívico por acción o por omisión contribuye en este momento, al menos un poco (o “un mucho”) a la propagación del virus.

Y ya el colmo es endosarle esa responsabilidad al propio virus, ni siquiera a otras personas. Y es que, aunque parezca de locos, parece que debe ser el virus el que distinga si una reunión de personas es legal (en el trabajo y por el día) o ilegal (familiar, social y cualquiera que se haga por la noche). Pero a pesar de todas esas normas el virus seguirá contagiando, tanto a los que las incumplen con determinación como a los que nos las incumplen pero acaban siendo víctimas de los primeros, o de la simple mala suerte (ya que actuar con total precaución ni siquiera reduce el riesgo a cero). Y así se cierran los locales, destrozando las economías familiares de las muchas personas que viven de la restauración y la hostelería, para acabar sucumbiendo ante la evidencia que por las noches, y “dentro de casa” (o de “una casa”), muchas más de seis personas se reúnen para celebrar actos lúdicos como comilonas, botellones, todo tipo de fiestas (incluidas las llamadas “fiestas blancas”) e incluso orgías. Y no, no llevan mascarilla cuando lo hacen.

Acabo la reflexión reivindicando el Derecho natural. Es individual, intrínseco, voluntario… Al contrario que la ley, no cuesta nada de cumplir, porque se imbrica en los valores más arraigados de la persona. Implica una especie devoción similar a la religión, pero no genera el rechazo que esta produce en los paganos o los fieles de otras doctrinas. De la religión tampoco nos hace mucha gracia aquello de “a Dios rogando y con el mazo dando”, no crean… De alguna manera unas normas tan estrictas fomentan la doble moral, precisamente porque son prácticamente imposibles de cumplir.

Por otra parte, el Derecho natural es especialmente compatible con la libertad y el pensamiento individual, y es precisamente a través de ese pensamiento (y de la experiencia) como se aprende a discernir lo que está bien de lo que está mal, y esto último se descarta automáticamente sin tener en cuenta si recae o no una prohibición legal contra ello. Al contrario que la ley, no triunfa por el temor a la sanción, porque quien evita la ilegalidad por miedo al castigo no la evita si piensa que las posibilidades de ser castigado son muy reducidas, o, posibles pero “asumibles”.

No le demos a este bichito un poder ni una responsabilidad que no tiene. Podemos acabar con él entre todos, especialmente los científicos con su investigación y la sociedad civil con su comportamiento maduro y responsable. No los políticos con sus normas y discursos paternalistas

Esto entronca, cómo no, con el problema de la corrupción en lo público. Dicha corrupción, tipificada por medio de varios delitos, está sancionada por el Derecho penal, pero ¿esta punibilidad es realmente eficaz? Pensamos que no, que lo más eficaz es tener, predicar y demostrar una serie de valores éticos, a fin de que el resto de personas los interioricen. Porque del mismo modo que ocurre con al aficionado al botellón, el corrupto no teme las dureza de las normas. El corrupto tiene otra escala de valores (o ninguna), y se puede reír cuando alguien le habla de las Leyes de transparencia y buen gobierno, e incluso se puede reír del mismísimo Código Penal. Y lo hace del mismo modo que otros se ríen del estado de alarma y sus restricciones.

Todos ellos ríen, otros llorarán.

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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Sublime reflexión 👏🏻👏🏻👏🏻

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