Reflexiones en torno al odio a los funcionarios

En tiempos de haters, cuya traducción literal, “odiadores”, suena horriblemente mal… En tiempos de tensión, de pieles muy finas, de desinformación y de reacciones mucho más emocionales que racionales, parece que se ha reactivado, y lo digo con profunda tristeza, el odio a los funcionarios.

“Ira”. Fuente: Película Del revés (Inside Out). Pixar (2015)

Insisto en la idea de que este odio no es racional. Para empezar habría que identificar lo que la sociedad entiende por “funcionario”. Existe un concepto mucho menos utilizado, pero que yo creo que es el que centra uno de los debates de esta mala fama, que es el de “sueldo público”. Pues ya les digo yo que hay muchos más sueldos públicos que funcionarios, y de hecho, no tengo ninguna duda de que, en tiempos de crisis, tiene mucho más sentido reducir el número de personas que cobran una nómina de lo público sin ser funcionarios (asesores, políticos, personal de confianza…), que reducir el sueldo a los funcionarios, empleados públicos de carrera, trabajadores por cuenta ajena que están prestando un servicio profesional y, por tanto, retribuido. Pueden incluir en este grupo de empleados públicos profesionales al personal funcionario interino y al personal laboral, especialmente el fijo, pero no a los que no han realizado si quiera un mísero proceso selectivo. A esos no les bajen el sueldo, échenlos directamente. Esto supondría un importante ahorro, junto con la implantación de la administración electrónica, la desaparición de la micro corrupción, el fraude fiscal, los sobrecostes de obras públicas y la aplicación de modelos eficientes en la gestión, entre otras medidas.

En cualquier caso, con lo de “bajar el sueldo a los funcionarios”, cliché repetitivo donde los haya en tiempos de crisis, se da una curiosa paradoja social: recortes en los servicios públicos, no; pero recortes en los sueldos de los empleados públicos, sí. Este pensamiento no se sostiene de ninguna de las maneras. A mayor abundamiento, no podemos esperar que unos empleados peor retribuidos trabajen más y mejor que nunca (que es lo que exige la coyuntura): “if you pay peanuts, you get monkeys”. Otro de los reproches que recibimos últimamente es que hemos teletrabajado. Pues sí, lo hemos hecho y a pleno rendimiento (salvo excepciones, me consta). Los que somos “personal de oficina” (no policías, no médicos, no asistentes sociales) podemos hacerlo. De hecho cuando vamos a la oficina también teletrabajamos, pero desde la oficina. Es demencial lo mucho que cuesta entender esto. Deseo firmemente que el teletrabajo se implante de una vez, de una forma racional y organizada (y vinculada a objetivos), con pandemia o sin pandemia. He aquí otro gran ahorro, entre otras ventajas del teletrabajo que algunos no ven y otros no quieren ver.

En estos momentos tan aciagos debemos reforzar uno de los puntos fuertes de la Administración, los servicios públicos asistenciales. Reforzar, evidentemente, no es reducir, ni siquiera “congelar”. Lo único que debemos reducir es la burocracia, un cliché, todavía mayor, en este caso nuestro y que llevamos dos décadas repitiendo y, en nuestras organizaciones, implantando. El papel es lo único que sobra en la Administración.

Si hay un rasgo profesional que nos ha caracterizado a lo largo de todos estos años, es la lucha contra la burocracia. La imagen pertenece a esta entrevista concedida en marzo del año 2017.

En cuanto a nosotros los “funcionarios”, decir que prestamos un juramento o promesa cuando ingresamos en la Administración. Ser conscientes de lo que supone esa promesa, el significado profundo de esas palabras, supone interiorizar y defender unos valores que aparecen en la Constitución y en las normas, y supone cumplir con nuestro deber de ayudar a los demás, incluso aunque los demás no lo agradezcan. ¿Dónde quedaron o para qué sirvieron los aplausos a los sanitarios? ¿Qué pasa por la cabeza de una persona cuando insulta a un policía solo porque le indica que lleve puesta la mascarilla?

Pero no importa ser impopular. Ojalá no fuera así, pero se puede vivir con ello a la espera de que, reflexiones como la presente, calen en la sociedad. Como empleado público, manifiesto públicamente que estoy muy orgulloso de serlo, por lo que jamás sentiré nada parecido a un sentimiento de culpabilidad por tener un puesto de trabajo asegurado (aunque esto en la vida nunca se sabe). En ocasiones nuestros haters dicen que vivimos en una burbuja, que somos privilegiados que no empatizamos con la realidad. Pero ni somos tan privilegiados (¿acaso ser funcionario es un derecho de nacimiento?; no, todas las personas pueden acceder al empleo público en condiciones de igualdad), ni nos falta empatía. Al contrario, somos conscuentes de que la sociedad nos necesita y hacemos lo que podemos con lo que tenemos. Hablo al menos de la inmensa mayoría, y aunque efectivamente existe una minoría, como en todos los sectores, de improductivos, no es justo que se empaquete en el mismo saco de las críticas a todo un colectivo por la mala actitud de unos pocos. Porque son unos pocos, lo digo desde dentro, desde lo que veo y lo que sé. Por eso nunca aceptaré ese engañoso corporativismo que consiste en defender a todos los funcionarios por igual. La palabra “compañero” no la empleo con cualquiera que se dedique a lo mismo que yo, sino con quienes demuestran estar a la altura (insisto, la mayoría, pero no todos). No es justa esa equiparación entre desiguales, ni cuando se predica internamente sobre todo a nivel sindical, ni cuando se estigmatiza socialmente a todos los funcionarios por culpa de cuatro vagos indignos. Es cierto que es nuestra responsablidad identificarlos y aplicar las consecuencias que están previstas en la norma, y lo haremos, pero esa equiparación sigue siendo injusta; lo es para nosotros los funcionarios y también para los ciudadanos que pagan sus impuestos a cambio de, en ocasiones, una mala atención. Impuestos que, por cierto, no van tanto destinados a pagarnos el sueldo (como siempre se reprocha), como a sufragar los numerosos servicios públicos que presta la Administración. Por eso me agradan más otras expresiones más propias que podríamos emplear en lugar de “funcionario”, como “empleado público” y, sobre todo, “servidor público”. Servidor público es aquel que sirve al público. Y el que no sirva, no sirve.

Por eso acabo repitiendo algo en lo que creo firmemente y que quizá también sea un argumento para enamorar o al menos atraer al empleado público del mañana, que espero que sea vocacional y un ejemplo de actitud y aptitud: para mí es un honor ser un servidor público, y me consta que así lo sentimos la mayoría de los empleados públicos. Si usted también es “funcionario”, no olvide nunca lo que esto significa, y si lo siente de otra manera puede que usted se haya equivocado con su vocación en la vida.

«El que no vive para servir, no sirve para vivir» (Madre Teresa de Calcuta)

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