Reflexiones en materia de horario y desempeño

El trabajo más productivo es el que sale de las manos de una persona contenta. (Victor Pauchet)

Para hablar con propiedad sobre el horario debemos acotar el concepto de horario…. Hace poco reflexionábamos precisamente sobre la cuestión: “Si preguntamos a una persona normal, alguien de la calle, qué es horario de trabajo (ojo, no “horario de atención al público”, que es otro concepto), es probable que conteste que es el tiempo en el que un trabajador se encuentra en su centro de trabajo. Sin duda también escucharíamos respuestas del tipo “es el tiempo en el que un trabajador se encuentra trabajando”, lo cual consideramos mucho más preciso desde luego. Pero en ambos casos nos planteamos las mismas reflexiones: ¿por qué esa obsesión por el tiempo? ¿Es tan importante el tiempo? ¿No lo es más el resultado? ¿Debemos computar las horas de los que están pero no trabajan? ¿Cómo computan las horas de los que no están y trabajan? ¿Trabajamos por objetivos? ¿Todo el mundo debe cobrar lo mismo haga lo que haga? ¿Y si eliminamos las horas extraordinarias y nos olvidamos de los problemas que causan? ¿Se imagina no tener que rechazar esa gran oferta de trabajo procedente de otra ciudad porque le permiten mantener su residencia (o simplemente le exigen desplazarse 2 ó 3 días a la semana)? Y una que personalmente me gusta mucho: ¿renunciaría usted a parte de su nómina a cambio de una mayor calidad de vida?” (extraído de “El teletrabajo: una realidad (in)cómoda” – Víctor Almonacid – Diario Siglo XXI).

Lo cierto es que la mayoría de las personas, tanto de fuera como de dentro de las instituciones, siguen pensando que el horario es ese lapso de tiempo que transcurre entre el fichaje de entrada y el fichaje de salida. E insistimos: siempre el horario se identifica con una fracción de tiempo computada “a reloj corrido”, mientras que la expresión “de trabajo” se relaciona con el lugar donde se trabaja, cuando lo cierto (y lo más exacto) no es afirmar que uno trabaja en una institución, por ejemplo en un Ayuntamiento, sino para un Ayuntamiento. El trabajo no es un lugar. El trabajo es una actividad, un desempeño.

Time Clock
Empleado fichando (caricatura). Fuente: https://bloglaboral.garrigues.com

No todo el mundo conoce, por cierto, la horrorosa etimología de la palabra trabajo (proviene del latín popular tripalliare, que significa atormentar, torturar con el tripallium, que era un cepo con tres puntas). Bromas a parte (aunque la referencia cultural es exacta), lo realmente importante es la etimología de horario, que evidentemente viene de hora (en latín igualmente hora, y en griego antiguo ὥρα), y en este sentido hasta para los puristas de la temporalidad sería más correcto definir horario de trabajo como las horas que efectivamente se trabajan, con independencia de dónde se encuentre el trabajador, o de si determinada tarea este la realiza un domingo por la noche y no un martes “de 8 a 15h”.

Debo confesar que lo de “de 8 a 15h” siempre me ha hecho gracia. Las siguientes líneas no tienen por qué corresponderse necesariamente con hechos del presente, ni de mi actual Administración, ni siquiera de una Administración en la que yo haya trabajado. Después de 20 años y con tanta gente y tantas organizaciones como uno conoce, el anecdotario es brutal. El caso es que hay que reconocer que el día a día es bastante abrumador y precisamente de 8 a 15h muchos tenemos la jornada tan cargada que no siempre nos resulta posible salir a almorzar, y cuando sí es posible, no siempre te puedes escapar a la misma hora ni regresar a la media hora exacta (sino antes o incluso después). Otras veces toca trabajar por la tarde (por ejemplo los Secretarios tenemos el Pleno  y otras reuniones “a deshoras”) y entonces salimos un poco antes por la mañana para comer pronto y volver por la tarde con las pilas más o menos cargadas. Todo esto ocurre, por así decirlo, a distintas horas… ¿Alguna vez os ha pasado que, salgas a la hora que salgas, pises la calle cuando la pises, siempre te encuentras a los mismos compañeros? Quizá sea una coincidencia, o quizá, sólo quizá, es que caen poco por su lugar físico de trabajo. Una vez me contaron, y no es broma porque posteriormente pude dar fe de ello, que una empleada llegaba por la mañana y montaba un espantapájaros bastante convincente con su chaqueta y su silla, además de que su bolso siempre estaba encima de la mesa, por lo que, aunque no colara lo del espantapájaros al menos se suponía que, estando allí su bolso, su persona no podía estar muy alejada. Bien. Conste que no decimos todo esto como crítica o denuncia de un mal desempeño (aunque quizá deberíamos hacerlo, porque ya estamos hartos el 95% de empleados públicos de que la sociedad tenga una opinión errónea sobre nuestra implicación profesional sólo porque efectivamente hay un 5% que responde al perfil de los chistes de Forges), sino como argumento de que dichos compañeros, suponiendo que, después de todo, sí cumplen con su cometido (vamos a ser extremadamente bien pensados), lo cierto es que no se hallan físicamente en su puesto de trabajo durante buena parte de su hipotético horario de trabajo. Y como diría doña Blasa, esto es así “como que hay Dios”, porque uno sale y los ve. Esto es innegable, hablamos de datos, no de opiniones, pero cuando se dicen estas cosas luego algunos se enfadan. Ya sabemos quienes. Mas estos enfadados no se dan cuenta de que más podrían enfadarse otros, por ejemplo los ciudadanos, que no son tontos, y también los mandos, que de momento pecamos de blandos (y me incluyo) pero que a lo mejor pronto empezamos a medir. Pero que nadie se alarme, porque mediremos el rendimiento, o mejor: el cumplimiento de los objetivos (lo cual evidentemente requiere una adecuada fijación de los mismos), pero en ningún caso el cumplimiento del horario. Porque “cumplir el horario” no es sinónimo de cumplir. Porque se puede estar presente y no ser en absoluto eficiente. Y porque nadie cumple mejor el horario que quien en realidad no trabaja (y sólo se preocupa de fichar a la entrada y a la salida). Y quien sí trabaja, nada tiene que temer. Eso sí, hay que dar buena imagen y ni el mejor trabajador del mundo se puede pasar la mañana en El Corte Inglés “entre fichaje y fichaje”. De hecho, con el aludido sistema de medición lo lógico sería que desapareciera el fichaje, pero aunque algún día desaparezca el horario de trabajo esto no significa que no se deba pisar el centro de trabajo, y sobre todo, mientras que sí haya horario y se cobre por horas, no se pueden cobrar esas horas. La ética es un complemento imprescindible del desempeño. De hecho son primos hermanos. Un buen desempeño no sólo es eficiente, también es ético. 

Esta reflexión está conectada con otra: la de las horas o servicios extraordinarios en la Administración. Como bien señala mi admirado Fernando Castro Abella en el blog de Espublico: “En el ámbito municipal es sabido que los funcionarios no cobran ‘horas extraordinarias'”, al menos como tales. Y añade que “En el caso de los funcionarios la retribución que puede tener un concepto parecido son las gratificaciones extraordinarias”, y recuerda que el artículo 24 del TREBEP establece que «la cuantía y estructura de las retribuciones complementarias de los funcionarios se establecerán por las correspondientes leyes de cada Administración Pública atendiendo, entre otros, a los siguientes factores:… d) Los servicios extraordinarios prestados fuera de la jornada normal de trabajo».

Fernando concluye no obstante su artículo con una reflexión con la que respetuosamente discrepamos, la cual insertamos íntegramente para que no pierda ni un ápice de su sentido: “Finalmente, cabe que el funcionario asuma una carga extraordinaria de trabajo, como pudiera ser la preparación de un Pleno extraordinario de especial complejidad o la puesta al día de una contabilidad atrasada, pero que lo haga sin dedicar tiempo fuera de su jornada normal. Suele ser muy corriente que algún empelado público asuma estas cargas extraordinarias, pero por motivos de conciliación familiar o conveniencia personal o el motivo que sea lo deba hacer no con más horas, sino con mayor intensidad. Para estos casos la compensación económica, que parece justa, se debe hacer mediante el complemento de productividad. Dicho concepto, según el Real Decreto 861/1986, comprende la retribución del especial rendimiento, la actividad extraordinaria y el interés e iniciativa con que el funcionario desempeña su trabajo. La apreciación de la productividad deberá realizarse en función de circunstancias objetivas relacionadas directamente con el desempeño del puesto de trabajo y objetivos asignados al mismo, y su liquidación no podrá ser fija en su cuantía ni periódica en su vencimiento, sino que lo correcto es justificar en la nómina de cada mes la productividad de cada puesto”.

Sin cuestionar ni mucho menos el razonamiento, que es impecable, ni la justicia de una necesaria compensación por las tareas que en verdad excedan de las que de forma ordinaria y/o natural correspondan al trabajador/a, la discrepancia viene por la esencia de la frase “lo deba hacer no con más horas, sino con mayor intensidad”. Entendemos que una tarea extraordinaria exija mayor dedicación (y por eso se compensas mediante gratificaciones por servicios extraordinarios), e incluso mayor intensidad, pero resulta difícil concebir que exista una labor extraordinaria, es decir, que excede claramente de las ordinarias (algo más que “un día duro”), y que en un sistema en el que como hemos visto el horario es casi una religión, dicha labor curiosamente no requiera de un segundo de dedicación extra horaria. Si seguimos jugando con las reglas del horario, en mi opinión una tarea extra ordinaria equivale a una tarea extra horaria. Y es que si la misma se puede encajar sin demasiadas dificultades en el horario habitual, cabría preguntarse (y aquí suponemos que volverán a sentirse heridos los susceptibles) si el trabajador tenía trabajo suficiente para “rellenar” su horario ordinario. Insisto, todo ello si seguimos jugando con las reglas del horario, del presentismo, y no del rendimiento, la eficiencia o los objetivos.

En cuanto a la productividad, en todo caso recomendamos la lectura del artículo de Jose Cano Larrotcha (a quien seguimos en este punto), publicado en ACAL: “La productividad de los empleados públicos y su reconsideracion: algunos criterios jurisprudenciales“.

Ya por último, para redondear, cabría asimismo preguntarse si para la realización de esas tareas extraordinarias resulta posible acudir a una “externalización”, por lo que procede traer a colación el importante pero muchas veces olvidado art. 28.1 de la Ley de Contratos del Sector Público: “Las entidades del sector público no podrán celebrar otros contratos que aquellos que sean necesarios para el cumplimiento y realización de sus fines institucionales. A tal efecto, la naturaleza y extensión de las necesidades que pretenden cubrirse mediante el contrato proyectado, así como la idoneidad de su objeto y contenido para satisfacerlas, cuando se adjudique por un procedimiento abierto, restringido o negociado sin publicidad, deben ser determinadas con precisión, dejando constancia de ello en la documentación preparatoria, antes de iniciar el procedimiento encaminado a su adjudicación”. Este precepto significa, entre otras cosas, que si la entidad dispone de medios propios (esencialmente empleados públicos con determinadas tareas asignadas) no se justifica la contratación externa de un servicio pre asignado a dichos medios propios. Todo ello sin perjuicio de lo dispuesto en los arts. 30 y 32 de la misma Ley sobre encargos a medios propios personificados y no personificados.

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