Transparencia (y rendición de cuentas) en las negociaciones para formar gobierno

Confirmado, después de un via crucis de tímidos intentos (televisados) por formar Gobierno, el día 10 de noviembre tenemos, una vez más, Elecciones Generales. Sí, otra vez, y las que haga falta (pensarán algunos), como en el Día de la Marmota. Unos comicios que, si arrojan como es previsible un resultado similar, nos llevarán de nuevo al punto de partida.

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Y todo al amparo de nuestra Constitución, que quizá peca de optimista cuando presupone que nuestros políticos van a cerrar algún tipo de pacto (de legislatura, de investidura…) antes de dos meses: “Si transcurrido el plazo de dos meses, a partir de la primera votación de investidura, ningún candidato hubiere obtenido la confianza del Congreso, el Rey disolverá ambas Cámaras y convocará nuevas elecciones con el refrendo del Presidente del Congreso” (art. 99.5). Pero pongamos los puntos sobre las íes, ya que efectivamente, como decíamos en el citado artículo publicado en el Diario Levante, “la culpa no es del artículo 99 sino de quienes permiten que la situación llegue hasta su referido último párrafo. Y es que este párrafo quinto es, en efecto, muy decepcionante, porque maneja la hipótesis de que se ha agotado el más que generoso margen de dos meses para que algún candidato se presente a la investidura con posibilidades de obtener la confianza del Congreso, generándose situaciones interminables de declaraciones, reproches, estrategias y política de salón. Y vuelta a empezar ante una muy probable nueva campaña electoral. Todo ello suena agotador ya a estas alturas del año y después de los aludidos cinco comicios. ¿Cuándo se van a poner a gestionar? Y es que, mientras tanto, los problemas de la sociedad, tales como el paro, la desigualdad social o la violencia de género, les aseguro que no se toman dos meses de parón ni de descanso alguno. De hecho lo normal es que, sin gestión, vayan a peor”.

Y ahora viene la reflexión sobre la tan cacareada transparencia, un concepto que, como siempre decimos también en referencia a la administración electrónica, es evidente que jamás fue entendido (por interés o por pura ignorancia). Transparencia no consiste en escenificar una situación delante de todos; transparencia no es parecer, eso es apariencia. Los problemas de la ciudadanía se resuelven, o no se resuelven, y luego se explica la solución o, si no se ha conseguido, los obstáculos insalvables que se han presentado, y en este caso presentando, valga la redundancia, también la dimisión (por pura honestidad). La sociedad tiene muchos problemas y en este punto ya no sirve con mostrarse al mundo como el que lo ha intentado. Parafraseando al Maestro Yoda: “¿Gobierno formar? Hazlo, o no lo hagas, pero no lo intentes”.

Pero se televisa el intento… Un tipo de negociaciones como estas, de gran calado, no se deben retransmitir a modo de carrusel deportivo de domingo por la tarde (“minuto y resultado”), sino que se tienen que desarrollar en un ambiente discreto, no de total secretismo ni encerrados en un búnker, pero sí con la suficiente tranquilidad como para que la negociación no se contamine con elementos externos. Otra cosa es, por supuesto, la rendición de cuentas. La explicación a posteriori, con el resultado de la negociación en el bolsillo, de todo el proceso. Lo que necesita la ciudadanía es que le expliquen, de manera comprensible, por qué los gobernantes hacen lo que hacen, y no exactamente qué es lo están haciendo a cada instante, para que las RRSS se incendien y nuestros políticos veleta improvisen estrategias de “bienqueda”, de pura estética; o bien, casi peor, que disfracen con dichos y diretes la estrategia inicial, esa que nunca se puso en duda internamente.

Como indica Marta García Aller en su muy recomendable artículo La negociación más obscena de la democracia: “Que hayamos conocido cada paso del simulacro de negociaciones no ha sido un canto a la transparencia, sino un síntoma del infantilismo que entorpece el normal funcionamiento de nuestra política. Que nos lo cuenten todo no equivale a más verdad, sino a más ruido”.

Otra persona (muy) entendida en materia de transparencia es Daniel Cerdán:

Totalmente de acuerdo. Pero se vende la transparencia, “la transparencia es buena”: 3,2,1… Showtime! Los candidatos exhiben locuacidad, y de repente, más pronto que tarde, llegan los aludidos reproches, y todo ello expuesto en los medios (muchas veces subjetivos) y en las RRSS (siempre subjetivas), por lo que llegar a un acuerdo real deja de ser el objetivo, si es que alguna vez lo ha sido, y se sustituye por el Óscar al mejor actor… Y no digo actriz porque, pese a que también se quiere vender lo contrario, las mujeres siguen ocupando un papel secundario en la escena (nunca mejor dicho) política española.

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Otra vez a votar. Desde luego no nos podemos quejar de que no se respete este derecho constitucional. A cambio no se respeta en absoluto nuestro derecho a que no nos tomen por gilipollas.

No se engañen. Jamás dejamos de estar en campaña electoral. Jamás dejaremos de estarlo, seguramente. ¿Cuándo se van a poner a gestionar? -preguntábamos-. Yo intuyo la respuesta pero mejor no se la digo porque se van a poner de muy mal humor.

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