¿Quién va a ganar las elecciones locales?

“Dicen que el poder corrompe, pero hay que ver siempre quien es el que llega al poder, a tener poder. Quizá no es que lo corrompió el poder. Sino que siempre estuvo corrompido”. (Luca Prodan)

Por supuesto no sabemos quién o quiénes van a ganar en mayo las próximas elecciones locales (y autonómicas, y europeas, y…), por lo que si esperaba una respuesta directa a la pregunta que hace de título, puede usted dejar de leer sin ningún problema. Y es que no adivinamos el futuro, pero sí estamos en condiciones de analizar los distintos escenarios…

Ante todo, y seguro que no estamos diciendo nada que no sepan, queda claro que no es lo mismo “ganar” que “gobernar”. En efecto, en muchas Corporaciones Locales, y casi con toda seguridad en todas las de cierto tamaño (incluyendo Diputaciones, Consejos y Cabildos), se van a producir resultados que distarán de la mayoría absoluta, por lo que los pactos de legislatura y de investidura (que como saben no son la misma cosa) entrarán en juego una vez más.

Bien. Se puede gestionar un Ayuntamiento “en minoría”. Y también con un tripartito, o cuatripartito (hasta septapartito hemos visto), pero qué duda cabe de que añade una gran complejidad adicional a la ya de por sí difícil tarea de gobernar.

El problema (y sobre todo el peligro) principal del reparto de concejalías posterior a los pactos, no es tanto la necesidad de reunirse casi constantemente para la toma de decisiones más o menos consensuadas, lo cual puede tener un cierto efecto ralentizador pero al mismo tiempo democrático, como la posible desaparición de facto de los empleados públicos con perfiles directivos. Por un lado porque entre los aspectos “a repartir”, está el cupo de eventuales, y malo era cuando estaban los que únicamente defendían los intereses del Alcalde por encima de los del Ayuntamiento, pero es aún peor cuando cada uno defiende los de “su concejal”, haciendo prácticamente la guerra por su cuenta. En este tipo de planteamientos el interés general queda cada vez más lejos. El sistema se pervierte. Los intereses en juego se multiplican, y también los interlocutores que representan o dicen representar al gobierno municipal, ya que cada uno opina o le interesa opinar una cosa. Al final este escenario ofrece pocos elementos positivos: muchos concejales con poder de decisión (y de veto), eventuales empoderados hasta límines inconstitucionales, departamentos intencionadamente separados (se hacen “bandos” y no precisamente los del Alcalde), inanición de los proyectos, priorización de lo urgente muy por encima de lo importante, pérdida de la visión estratégica de conjunto, departamentos de comunicación totalmente politizados, clientelismo externo e interno, productividades inexplicables, sindicatos cómplices, desviación de poder… Y muy poca cabida para otros gallos en semejante gallinero. Se crea una especie de ejército con demasiados generales, algunos incluso ilegítimos y todos ellos descoordinados, por lo que la tendencia es fomentar una función pública repleta de soldados con pocas motivaciones distintas a cobrar la nómina a fin de mes. Conste que no ponemos en entredicho la legitimidad democrática, ni muchísimo menos, ni la surgida de las elecciones de 2015 ni la que surgirá de las de 2019. Eso jamás. Sin embargo tampoco podemos defender una gestión pública exclusivamente política, segmentada o interesada… Esa legitimidad democrática no es todopoderosa, se deslegitima si se cree por encima de otros altos principios, como la legalidad, la imparcialidad o el interés general. No se trata de que los directivos públicos “manden” por encima de los políticos, sino de implantar modelos de gestión en los que se aprovechen sus capacidades, como en general las que atesoran las personas talentosas y grandes profesionales que trabajan al servicio de lo público, que son muchas. La continuidad, el “saber hacer”, la vocación de servicio, el talento y la experiencia de los empleados públicos sirven infinitamente mejor al interés general que los personalismos cortoplacistas.

Es posible este otro modelo. Uno que acabe con esos escenarios donde los concejales toman absolutamente todas las decisiones (invadiendo en no pocas ocasiones el terreno de lo técnico) y los empleados públicos las ejecutan sin pensar. Ser leal (a una persona, no a una institución) se valora muy por encima de ser profesional. Esto no puede ser. Nuestro modelo está muy alejado de esta tendencia. Se trata de un modelo donde la complejidad de los tiempos, la necesidad de tranformar lo público, la necesaria redefinición organizativa y funcional de las estructuras, los procesos y los servicios públicos, quedan en manos, desde el punto de vista intelectual, de los propios responsables de los procedimentos, especialmente de los directivos públicos. Unos directivos que, al igual que el resto de empleados públicos, piensan y sienten. Insistimos en que esto no significa ni mucho menos una especie de “asalto al poder”, ni la voluntad de ocupar un rol que solo correponde a quien ha sido elegido democráticamente, sino la firme convicción de que debemos gestionar desde el conocimiento. Desde la legalidad y la objetividad más absolutas. Desde la estrategia y la coordinación. Desde los valores. Estamos en un momento clave de la Historia en el que la Administración debe entrar con la cabeza bien alta, renunciando a las vergüenzas del pasado. Hablamos de un modelo que tiene en cuenta a todos los ciudadanos y a todos los empleados públicos; a todas las personas, y no solo a algunas. Que tiende a la innovación, a la coordinación, a la eficiencia y a la eficacia. Alguna vez hemos hablado de eficracia.

Pensamos que sería una muy mala cosa que se reprodujeran algunos errores del pasado. Mala cosa al menos para los que defendemos una Administración mejor apoyada en una dirección pública profesional potente. Valga pues el aviso para que no repitamos modelos de gestión interesados, anticuados y en algunos casos corruptos. Una corrupción, por cierto, que ya no basta con evitar, no debiendo constituir mérito alguno el no estar investigado o procesado, y sí debiendo los responsables públicos demostrar un nivel superior de ética, compromiso y excelencia.

En resumen, los gobiernos en coalición no deben caer en el error de separar los departamentos o concejalías reasignados como si fueran 5 ó 6 Ayuntamientos más pequeños (y lo peor: independientes), en el que cada concejal delegado hace y deshace pensando en lo que va a ser su gestión, o más bien sus intereses, y en el peor de los casos pensando exclusivamente en las próximas elecciones desde el minuto uno, llegando incluso a boicotear el resto de servicios. La experiencia es un grado. La vocación de servicio público, dos. La ética, tres.

Platón-La-República
Platón. “La República”

Como dijimos en ¿Quién debería gobernar?, “ética, sabiduría, capacidad de decisión y vocación de servicio público son condiciones más que deseables en un (buen) gobernante”, y citando a Platón (La República. Libro III in fine), destacábamos las siguientes frases:

  • Habrá, pues, que elegir entre todos los guardianes a los hombres (en la actualidad se entienden incluidas las “mujeres” evidentemente) que, examinada su conducta a lo largo de toda su vida, nos parezcan más inclinados a ocuparse con todo celo en lo que juzguen útil para la ciudad y que se nieguen en absoluto a realizar aquello que no lo sea”.
  • “…es menester vigilarles en todas las edades de su vida para comprobar si se mantienen siempre en esta convicción y no hay seducción ni violencia capaz de hacerles olvidar y echar por la borda su idea de que es necesario hacer lo que más conveniente resulte para la ciudad”.

Añadimos la siguiente reflexión del filósofo griego, prácticamente inapelable:

-¿Los mejores labradores no son los mejor dotados para la agricultura?

-Sí.

-Entonces, puesto que los jefes han de ser los mejores de entre los guardianes, ¿no deberán ser también los más aptos para guardar una ciudad?

-Sí.

-¿No se requerirán, pues, para esta misión personas sensatas, influyentes y que se preocupen además por la comunidad?

-Así es.

Platón defiende por tanto que debemos elegir a los mejores de entre nosotros. Y los mejores son los que han demostrado serlo, las personas que, llegadas a cierta edad, han actuado siempre de manera modélica, tanto en el ejercicio de sus capacidades como en en el de sus valores. La ética es tan importante como la sabiduría. El problema, claro está, es que quizá esas personas no se presenten a las elecciones. También admitimos que es difícil trasladar literalmente a la actualidad el discurso de un (gran) pensador que vivió hace 2.400 años, pero no se puede negar su lógica e inteligencia, así como su profundo conocimiento de la naturaleza humana. De cara a las próximas municipales se puede tener perfectamente en cuenta lo que dijo Platón porque en la política local conocemos bastante a las personas (incluso más allá de la contaminación mediática), y por tanto su historial de coherencia, honradez, vocación pública y capacidad ya demostradas.

Por mi parte no espero que los nuevos gobernantes (sean los anteriores revalidando u otros completamente nuevos, o una combinación de ambas) se acuerden demasiado de Platón. Tan solo me conformo con que no nos den plantón.

Por lo demás les dejo la información del curso “El proceso electoral local y la constitución de los nuevos ayuntamientos” que organiza COSITAL Valencia y tengo el placer de coordinar. Allí no diremos quién va a ganar y mucho menos quien debe ganar las elecciones, pero sí cómo gestionar los procesos electorales y el cambio de Corporación para que todo transcurra dentro de la máxima normalidad/legalidad.

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