Cookies que te destrozan la vida

Estas son las reflexiones que no podemos evitar compartir tras leer la carta viral de una mujer que perdió a su bebé, denunciando el daño que hacen Facebook e Instagram al recordárselo constantemente en sus anuncios. Cierto es que muchas veces este acoso es en parte culpa nuestra por dar demasiada información o no saber pararlo a tiempo, pero eso no obsta a denunciar que las empresas, aunque tengan hasta cierto punto el derecho a lucrarse a través de las técnicas de “experiencia de cliente”, sin embargo no tienen el derecho a hacernos sentir mal.

Según la fuente “bebesymas” (ver noticia original), Gillian Brockell, editora de vídeo del Washington Post, es una mujer que perdió a su bebé en las últimas semanas de embarazo y ha decidido escribir una carta abierta a Facebook, Instagram, Twitter y Experian (empresa que recopila información de personas y empresas) para advertir del daño que hacen sus anuncios publicitarios a una persona que ha sufrido una pérdida. Anuncios insensibles que siguen apareciendo y que no hacen más que recordarle una y otra vez su dolor. Ruega que así como la bombardearon con anuncios al conocer que estaba embarazada, dejen de mostrarle artículos para embarazadas y bebés al conocer que había perdido a su hijo, una devastadora noticia que compartió en redes sociales el 30 de noviembre (acceda a otra versión de la noticia en eldiario.es).

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Como vemos en su carta compartida en Twitter, la madre comienza diciendo:

“Estimadas compañías tecnológicas:

Sé que sabían que estaba embarazada. Es mi culpa, simplemente no pude resistirme a esos hashtags de Instagram: #30weekspregnant (30 semanas de embarazo), #babybump (barriga de embarazada). Y, ¡estúpida de mí! Incluso hice clic una o dos veces en los anuncios de ropa de maternidad de Facebook”

Y cuando Gillian hacía esto, desnudando de manera emocionada y quizá algo ingenua, su experiencia de cliente, dichas tecnológicas (y las empresas asociadas) tomaban buena nota. Wikipedia (ver), nos dice que una galleta, galleta informática o cookie es una pequeña información enviada por un sitio web y almacenada en el navegador del usuario, de manera que el sitio web puede consultar la actividad previa del usuario.

Sus principales funciones son:

  • Llevar el control de usuarios: cuando un usuario introduce su nombre de usuario y contraseña, se almacena una galleta para que no tenga que estar introduciéndolas para cada página del servidor. Sin embargo, una galleta no identifica a una persona, sino a una combinación de computadora de la clase de computacion-navegador-usuario.
  • Conseguir información sobre los hábitos de navegación del usuario intentos de spyware (programas espía), por parte de agencias de publicidad y otros. Esto puede causar problemas de privacidad y es una de las razones por la que las cookies tienen sus detractores.

Pues sí, puede causarlos, y podemos sentirnos como en Matrix o vigilados por el Gran Hermano (no nos referimos al programa de televisión, sino al personaje del libro 1984 de George Orwell, quien precisamente murió el 21 de enero de 1950). A veces aún me sorprendo de que, tras ver un vídeo por ejemplo del último Congreso Novagob, Youtube me pregunte si a continuación quiero ver un vídeo de los 10 mejores mates de Michael Jordan. ¿Cómo saben que eso me podría gustar? Por las cookies. ¿Y para qué y para quién puede servir esa información? Son mis “hábitos de consumo”. Las empresas se matan por esa información. Y es que después de ver el vídeo de Jordan, porque lo veo, alguien me va a ofrecer unas maravillosas pero caras zapatillas Nike Air del 47 (sí, saben hasta mi número). Y si mi navegador es testigo de que reservo algunas veces habitación en Madrid, porque voy de congreso, las plataformas tipo Trivago, o los hoteles directamente, me acaban enviando ofertas aunque en ese momento esté consultando los resultados de la lotería, consulta esta última que de alguna manera hace pensar a las plataformas de apuestas on line que soy una especie de ludópata, por lo que me invitan amablemente a apostar unos cuantos miles de euros a cosas tan triviales como absurdas… Todo lo que hago parece que da pistas sobre mi perfil de cliente. ¿Agobiante verdad? Pero aunque acabo de hablar de Youtube, no tengan ninguna duda de que quien más cosas sabe sobre nosotros es el gigante Google. En efecto, como señala la fuente Law&Trends (consultar), “cada búsqueda que realizamos con Google, la utilización de su red social Google+, cada email que mandamos o recibimos desde Gmail, o lo que hacemos desde el sistema operativo Android, permite a este gigante tecnológico recopilar miles de millones de datos sobre nosotros”.

Todo esto explicaría (que no justificaría) ese acoso a una Gillian entonces embarazada por parte de las empresas que comercializan cunas, carritos y ropa de bebé, pero ¿si es tan estrecho ese seguimiento que nos hacen por qué no toman la misma buena nota cuando sus ilusiones de ser mamá se ven trágicamente truncadas? No deben dejar de leer cómo prosigue la carta abierta (a las compañías tecnológicas) de Gillian Brockell:

“Seguramente viste mi sincero agradecimiento a todas las amigas que vinieron a mi baby shower, y a mi cuñada que voló desde Arizona y me etiquetó en su foto. Probablemente hayas visto que googleé “vestido de fiesta de maternidad” y “pintura segura para cuna”.

Y supongo que Amazon incluso sabía su fecha de vencimiento, el 24 de enero de 2019, ya que había creado un registro de regalos.

¿Pero no me viste también googleando “¿son contracciones de Braxton Hicks?” (contracciones falsas) y “el bebé no se mueve”? ¿No viste los tres días de silencio, algo poco usual para un usuario de alta frecuencia como yo? Y luego el anuncio con palabras clave como “con el corazón roto” y “problema” y “nacido muerto” y los 200 emoticonos de lágrimas de mis amigos? ¿No es algo que puedas rastrear?”

Y es que, como bien señala la citada fuente: “¿Acaso las compañías tecnológicas, así como pueden rastrear el embarazo, no pueden registrar la pérdida? Y en ese caso, silenciar los anuncios. Cuando usas el móvil para distraerte de la pérdida de un hijo, lo que menos necesitas son anuncios que te lo recuerden constantemente”. Asombra y asusta semejante deshumanización y falta de empatía. ¿Por qué no se practica un comercio electrónico ético? Algo al respecto dicen, desde hace además muchos años, la Directiva 98/27/CE, del Parlamento Europeo y del Consejo, de 19 de mayo, relativa a las acciones de cesación en materia de protección de los intereses de los consumidores, así como la Ley 34/2002, de 11 de julio, de servicios de la sociedad de la información y de comercio electrónico.

Finalmente Gillian pide mayor sensibilidad por parte de las grandes compañías que manejan nuestros datos. Señala que hay 26.000 muertes fetales en los Estados Unidos cada año “y millones más entre sus usuarios de todo el mundo”. Y encima cuando los usuarios en su situación hacen clic en “No quiero ver este anuncio” y se les pregunta “por qué”, tienen que responder con un cruel pero verdadero “No es relevante para mí”. El algoritmo asume que ha habido un nacimiento feliz, y “te llena de anuncios de sujetadores para amamantar … trucos para que el bebé duerma toda la noche … y los mejores cochecitos para bebé”, señala la madre. Cada anuncio era un recordatorio doloroso de la muerte de su bebé. Por eso la mujer concluye su carta con un ruego:

“Por favor, compañías tecnológicas, le imploro: si usted es lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de que estoy embarazada, que he dado a luz, entonces seguramente será lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de que mi bebé murió, y puede publicitarme según corresponda, o tal vez solo tal vez, no hacerlo”.

Triste. Ante este ataque continuo a la privacidad podría parecer que ha reaccionado mejor Europa que el resto del mundo, pudiendo en nuestro caso ampararnos en la moderna jurisprudencia del TJUE, y por supuesto en el Reglamento General de Protección de Datos (Reglamento (UE) 2016/679 del Parlamento Europeo y del Consejo, de 27 de abril de 2016, relativo a la protección de las personas físicas en lo que respecta al tratamiento de datos personales y a la libre circulación de estos datos y por el que se deroga la Directiva 95/46/CE), en el que se apela a la “privacidad por diseño” para que la protección de datos se tenga en cuenta desde el principio en el diseño mismo de las aplicaciones. Otros contenidos del Reglamento (y en la LOPDGDD), como el famoso “Derecho al olvido“, no parece que se puedan utilizar para combatir esto. Pero el verdadero problema es que dudamos mucho que la normativa europea, bastante proteccionista, sea tenida en cuenta por las empresas y plataformas extracomunitarias. Solo imaginen que cuando descargan Whatsapp aceptan someterse a la normativa sobre protección de datos del Estado de California. Son, por cierto, “condiciones de uso”, pero no “condiciones de privacidad”.

Una opción que tenemos ante esta avalancha es, por tanto, ser más cautelosos en nuestro uso de la Red (en singular) así como de las redes (sociales) y otras Apps. Y otra opción, que no es alternativa sino acumulativa, es inscribirse en la Lista Robinson. Esta “lista” es un servicio gratuito de exclusión publicitaria, a disposición de los consumidores, que tiene como objetivo disminuir la publicidad que éstos reciben. El Servicio de Lista Robinson se enmarca en el ámbito de la publicidad personalizada, es decir, aquella publicidad que recibe un usuario direccionada a su nombre. Para el progreso de la actividad económica, el tratamiento de datos de carácter personal es vital. En particular, los tratamientos de datos con fines publicitarios se reconocen en el Reglamento (UE) 2016/679. El fomento del legítimo ejercicio de dichas actividades debe conciliarse necesariamente con el respeto al derecho a la protección de datos de las personas. Por ello resulta necesaria la búsqueda del equilibrio entre el derecho a la protección de datos y el legítimo tratamiento de los mismos. Esto queda plasmado en la normativa vigente: Ley Orgánica 3/2018, de 5 de diciembre, de Protección de Datos Personales y garantía de los derechos digitales. Su objetivo principal es proteger las libertades públicas de las entidades y los derechos fundamentales de los ciudadanos, estableciendo unas obligaciones para toda entidad que realice tratamientos de datos de carácter personal. Asimismo, en lo que se refiere a las comunicaciones comerciales realizadas a través de llamadas telefónicas, correo electrónico, SMS o equivalentes, es necesario tener en cuenta lo dispuesto en la Ley 32/2003 de 3 de noviembre, General de Telecomunicaciones y la Ley 34/2002 de 11 de julio, de Servicios de la Sociedad de la Información y de Comercio Electrónico (fuente: http://www.listarobinson.es).

Pero insisto en que la mejor protección empieza por la cautela y el sentido común del propio usuario, es decir, de todos nosotros. En efecto, la próxima vez que le pidan todos sus datos para apuntarse a un iniciativa que tiene por objeto evitar que muera un gatito, pues, oiga, que se muera el gatito… Habrá otras maneras de salvarlo, ¿no cree? Y es que todos estos peligros no deberían cogernos tan de sorpresa. Ya en 2014 las Autoridades europeas de protección de datos aprobaron el primer Dictamen conjunto sobre internet de las cosas. El documento, cuya elaboración fue liderada por la Agencia Española de Protección de Datos junto con la Autoridad francesa (CNIL), acoge con satisfacción las perspectivas de beneficios económicos y sociales que puede suponer esta tecnología, pero también identifica y alerta de los riesgos que estos productos y servicios emergentes pueden plantear para la privacidad de las personas, definiendo un marco de responsabilidades.

La conclusión de la entrada es que preocupa, o debería preocuparnos, dejar no solamente nuestros hábitos de consumo sino también nuestros sentimientos en manos de algoritmos. Y preocupa bastante, y con razón, imaginar el grado de control al que estamos sometidos no solo por los buscadores o las Redes Sociales, sino también a través de los wearables. Y es que el Internet de las cosas tiene “sus cosas”. Puede ser muy útil pero como mínimo también es bastante estresante saber que numerosas entidades (ojalá sólo fuera la Administración) poseen prácticamente todos nuestros datos, empezando por quién soy (como consumidor) y acabando por “dónde estoy” porque también me tienen geolocalizado. Muchas han pagado por estos datos y no dudarán en utilizarlos para su propio beneficio. La culpa en parte es nuestra, claro está, por facilitarlos. En esta charla ya tomamos conciencia en voz alta de algunos de estos fenómenos:

Tampoco nos gustaría ahora que se mezclaran churras con merinas. Obviamente, la incorporación de las TIC en el servicio público supone un cúmulo de ventajas, pero no lo visualizo igual desde el punto de vista de su impacto en nuestra vida privada. El mundo va muy deprisa, y veremos grandes maravillas -y desastres- antes de morirnos. Eso si morimos. En fin, son cosas del Internet de las cosas, que si no lo controlamos podría convertirse en el Internet del control (y el Internet del estrés).

In fine, recuerden a Carl Sagan, cuando separa acumulación de información de inteligencia. Siempre decimos que lo que debemos gestionar las administraciones públicas, en la actualidad, no son exactamente datos sino inteligencia; o dicho de otra manera: “la utilización de los datos para una gestión inteligente”.

“Saber mucho no es lo mismo que ser inteligente. La inteligencia no es sólo información, sino también juicio, la manera en que se recoge y maneja la información” (Carl Sagan)

Y lo que deben gestionar las privadas son no solo datos estadísticos, no solo dinero, no solo emociones… Sino también sentimientos, que es la parte más profunda de las emociones, siempre desde la empatía y la ética. Gestionemos pues toda esa información de manera inteligente, como bien dice Sagan, pero también, y no lo olvidemos nunca, de manera humana. De otro modo estamos perdidos.

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