8 momentos históricos en los que la Administración puede (o va a) desaparecer

Avisamos con tiempo precisamente para tratar de evitarlo. Y el que avisa, por cierto, no es traidor. Ofrecemos el orden cronológico de los peligros en sentido inverso.

 “Nada acaba hasta que ha terminado” (Yogi Berra)

Fuente principal de la entrada: Michio Kaku, “Hiperespacio”, Ed. Booket (2012)

8. El final de los tiempos.

“Si lloras por haber perdido el Sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas” (Rabindranath Tagore)

Hagamos lo que hagamos con los expedientes, igualmente llegará el día en el que la Naturaleza, con la que habremos competido creyéndonos provisionalmente vencedores, cerrará el juego con un gran golpe final. En una escala de tiempo de varios millones de años debemos enfrentarnos al hecho de que no solo el sistema solar, sino que también la mismísima Vía Láctea, nuestra galaxia, morirá. Y lo hará porque chocará con su galaxia más cercana, la gigantesca Andrómeda, hecho que ocurrirá a más tardar en unos 10.000 millones de años. Habida cuenta del tamaño de Andrómeda, más que un choque será una absorción; la Vía Láctea será deglutida por la inconmensurable atracción gravitatoria de la galaxia de mayor tamaño. No hay entidad pública que sobreviva a eso, y mucho menos ser humano alguno, ni siquiera los correosos letrados con más de diez trienios que basan sus informes en la Ley de procedimiento del 58.

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Ni el bullicioso tráfico ni la axila de un hipster en el metro… Esto es lo que yo veo los lunes por la mañana cuando voy a trabajar. Amo mi planeta, no quiero que desaparezca.

Finalmente, en una escala de tiempo imprecisa pero de unos miles de millones de años, el propio Universo, continente de todo lo conocido y lo desconocido, también morirá. Esto supondrá con toda seguridad la muerte de toda especie con atisbo de vida, inteligente o no, que haya llegado tan increíblemente lejos como para observar impotente el fin de todo lo que fue… ¿O no? Se preguntaba Asimov si se puede revertir la entropía. Es probable que el Universo, en expansión desde el Big Bang, se siga expandiendo para siempre hasta temperaturas que se aproximen gradualmente al cero absoluto (no confundir por supuesto con “cero grados”; el cero absoluto es nada de calor). También existe una probabilidad de que el Universo no sea abierto, sino cerrado, en cuyo caso la expansión se invertirá y el Universo morirá en un violentísimo Big Crunch, una explosión de dimensiones inconcebibles que dejaría insignificante, por ejemplo, el aludido choque de galaxias en el que explotarían miles de millones de estrellas. Ninguna civilización, incluso con administración electrónica, Smart City, blockchain y por adelantada que estuviese, podría enfrentarse a algo así y sobrevivir… ¿O sí? El gran Michio Kaku sostiene que el dominio del hiperespacio puede salvar a la raza humana (¿?) de su catástrofe final… Será realmente complicado superar esta dificultad, pero antes deberíamos haber afrontado, y superado, otro reto:

7. El final del Sol (la estrella, no la parada de metro).

“El Sol no se ha puesto aún por última vez” (Tito Livio)

Pero un día lo hará, se pondrá por última vez y no volverá a brillar… Antes brillará más que nunca, con una fuerza abrasadora sin precedentes. Cuando ocurra esto, sin ninguna posibilidad de error, aniquilará la Tierra y con ella todos los documentos numerados, foliados y compulsados. Nuestro Sol tiene unos 5.000 millones de años y probablemente pueda funcionar como la “estrella amarilla” que es durante otros 5.000 más. Es mucho tiempo. Pero un día agotará todo su suministro de hidrógeno, quemará helio, se hinchará, y pasará de “amarilla” a “gigante rojo”. Su atmósfera se expandirá y calcinará hasta la desaparición todo lo que esté más cerca que Marte, incluyendo a este. Este es el final más probable de todos los que vamos a analizar, porque el acontecimiento de este hecho, un planeta tierra consumido en segundos por temperaturas tan altas que no podemos concebir, tiene una probabilidad del 100%. Ningún expediente, ningún burócrata convencido, ni siquiera un concejal de urbanismo, pueden sobrevivir a algo como eso. Quizá haya que aceptar que este será, inevitablemente, nuestro fin… ¡O no! Seamos optimistas y esperemos que este absolutamente seguro final de la Tierra no suponga el final de la especie Humana, la cual, si milagrosamente ha prolongado su existencia hasta el mismo final del sistema solar, dentro de esta improbabilidad es extremadamente probable que dicho final le resulte anecdótico, o quizá que ni siquiera llegue a conocerlo nunca, porque muchos millones de años antes, en la era de las anteriores amenazas, y para evitarlas, habríamos emigrado muy lejos, más allá de la última nube de “la nube”. Será realmente complicado superar esta dificultad, pero antes deberíamos haber afrontado, y superado, otro reto:

6. El final del planeta a manos de la diosa Némesis.

“Así es el ser humano, ese gran y verdadero anfibio cuya naturaleza puede vivir en mundos heterogéneos y separados” (Thomas Browne).

Una de las características sorprendentes de la vida sobre la Tierra es que la extinción de los dinosaurios sólo es una más de las varias extinciones en masa bien documentadas. La aludida extinción de los grandes saurios cerró el periodo Cretácico hace 65 millones de años. Mucho peor aún fue la extinción en masa que cerró el periodo Pérmico, que destruyó completamente el 96% de toda la vida animal y vegetal del planeta hace unos 250 millones de años, llevándose por delante a los trilobites, que hasta ese momento parecían indestructibles. Lo cierto es que se han producido 5 extinciones en masa que manifiestan una inquietante pauta: cada 26 millones de años aproximadamente, independientemente de la causa, se produce una gran extinción de este tipo. ¿Por qué ocurre esto? Pues no lo sabemos. La teoría que más suena es que nuestro Sol forma en realidad parte de un sistema de estrellas dobles, y que nuestra estrella hermana (llamada Némesis o Estrella de la Muerte) es en realidad la culpable de todo. La conjetura es que nuestro Sol tiene una compañera masiva e invisible que completa una órbita cada 26 millones de años. Cada vez que atraviesa la nube de Oort (una nube de cometas que supuestamente existen más allá de la órbita de Plutón), Némesis arrastra consigo una indeseable avalancha de cometas, algunos de los cuales chocan con la Tierra, dando lugar a tal cantidad de residuos que estos impiden que nos llegue la luz del Sol, entre otros desastres. En definitiva, la próxima vez que se acerque Némesis destrozará la Tierra con toda su burocracia. Y a nosotros, como especie, también nos destrozará… ¡O no! Seamos optimistas porque hay razones más que fundadas para pensar que, para cuando esto vuelva a ocurrir (aún faltan unos cuantos millones de años para que se complete el próximo ciclo orbital de la gemela maliciosa), nuestra civilización estará tan adelantada que habremos conquistado las estrellas, el viaje espacial y, por qué no, el viaje espacio-temporal. Será realmente complicado superar esta dificultad, pero antes deberíamos haber afrontado, y superado, otro reto:

5. El final del planeta a manos de los asteroides.

“Toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia” (Arthur C. Clarke)

Mucho antes de todo lo anterior, deberíamos preocuparnos, y no poco, por las más que probables colisiones de asteroides y por las supernovas cercanas. En el caso de los asteroides, muchos han sido ya los que han rozado o impactado con la Tierra, causando daños más o menos devastadores. Un comité de la NASA estimó en 1991 que existen entre 1.000 y 4.000 asteroides que cruzan la órbita de nuestro planeta y tienen más de medio km de diámetro, suficiente para plantear una amenaza a la civilización humana. Cualquier asteroide mediano que cayera encima de un Ayuntamiento lo reduciría a cenizas, incluyendo por supuesto todos los expedientes sitos en el edificio consistorial o sus alrededores. Aún peor podría ser el estallido de una supernova. Esta libera enormes cantidades de energía, mayores que el producto de cientos de miles de millones de estrellas, hasta que eventualmente brilla más que toda la galaxia. Crea una ráfaga de rayos X que sería suficiente para provocar perturbaciones graves en cualquier sistema solar próximo. Esta ráfaga podría incidir sobre nuestra atmósfera, expulsando los electrones de los átomos. Los electrones describirían entonces trayectorias espirales en el campo magnético de la Tierra, creando campos eléctricos enormes. Estos campos serían suficientes para neutralizar todos los dispositivos electrónicos y poner en peligro incluso la administración electrónica, eliminando además todo tipo de comunicación humana a distancia, incluyendo la notificación por comparecencia, creando con ello confusión y pánico… Según el gran Carl Sagan fue una supernova y no un asteroide la que acabó con los dinosaurios. Sus rayos cósmicos habrían quemado el nitrógeno atmosférico, eliminando la capa de ozono, incrementando la radiación ultravioleta, quemando a los animales más grandes, y mutando a los más pequeños… Es lógico pensar que lo mismo que ocurrió con los dinosaurios les pueda ocurrir a los funciosaurios. Y a las personas. Este es un desastre que ya sucedió y puede volver a acontecer en cualquier momento… ¡O no! Seamos optimistas porque, si hemos superado todo lo anterior ¿por qué no esperar que seamos capaces de vencer a este terrible adversario natural? Será realmente complicado superar esta dificultad, pero antes deberíamos haber afrontado, y superado, otro reto:

4. El final del verano (canción del Dúo Dinámico).

“Lo lógico era que el frío alejase a los idiotas” – Walt Kowalski (Clint Eastwood en Gran Torino)

A los idiotas y a todos los demás…

“A la hora avanzada en que escribo, el viento sopla todavía muy frío. Temo que nos sea imposible proseguir la ruta esta noche… ¡19° bajo cero! Una temperatura tan baja y en tiempo de ventisca no me dice nada bueno” Robert Falcon Scott (Diario del Polo Sur)

No sería la primera vez que sobreviene una era glaciar. De hecho se producen de forma periódica. Se espera la siguiente en unos cuantos miles de años y curiosamente toda nuestra civilización se ha desarrollado en apenas 2 ó 3 mil, durante la etapa final de uno de esos periodos que se denominan “interglaciares”. El interglaciar actual recibe el nombre de Holoceno. Según Wikipedia, los cambios debidos a la variación orbital de la Tierra sugieren que la próxima glaciación empezará de aquí a cincuenta mil años, y seguramente ocurra pese al calentamiento global provocado por el ser humano. Aun así, los cambios provocados por los gases de efecto invernadero deberán compensar la variación orbital si se continúan usando combustibles fósiles. En todo caso se avecina, no sabemos exactamente cuando, una era glaciar. Todos los expedientes quedarán congelados y la Administración más paralizada que nunca. Se pasarán todos los plazos y desplegará sus efectos el silencio administrativo. Aplicado a nuestra especie, sería una fatal paradoja que nos pasemos la vida temiendo al calor (desde luego con buenas razones) para luego morir de frío… ¡O no! Seamos optimistas porque si la Humanidad realmente se enfrenta a esta terrible ola de frío en unos 50.000 años, es porque ha sobrevivido a la locura de las guerras y a la contaminación, por lo que existen fundados motivos para pensar que, todos unidos en pos de un avance científico hoy impensable, podamos dominar totalmente el clima del planeta o, por qué no… ¡Abandonarlo! Será realmente complicado superar esta dificultad, pero antes deberíamos haber afrontado, y superado, otro reto:

3. El final del medio ambiente.

“Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla mientras el género humano no escucha” (Victor Hugo)

Suponiendo que durante este siglo seamos capaces de dominar el uranio sin destruirnos en una guerra nuclear, la próxima barrera infranqueable de la Administración será, con altísima probabilidad, el colapso ecológico. Actualmente no solo somos muchas Entidades públicas sino también muchos habitantes y el planeta sigue siendo el mismo. La elevada población de la Tierra, unida a la falta de conciencia en el uso de sus recursos, exacerba los problemas de contaminación al tiempo que poco a poco va agotando dichos recursos. El exceso de papel contribuye desde luego, y no poco, al deterioro del planeta. Mucho perjudica también el urbanismo costero y otras construcciones en suelo no urbanizable sujeto a especial protección. Este es un proceso mucho más grave de lo que algunos creen, hasta el punto de que si no lo frenamos podría provocar nuestra total extinción, empezando por los políticos y los juristas de desconocido prestigio, y lo que es peor: nos llevaremos por delante a muchas otras especies, especialmente las marinas… Un peligro muy real, además de la evidente contaminación del mar, es el envenenamiento de la atmósfera, en forma de dióxido de carbono, que atrapa los rayos del Sol y eleva la temperatura media del planeta, provocando un efecto invernadero incontrolado en el que, quizá, las Smart Cities que hayan puesto el acento en el medio ambiente aguantarán un poco más. Pero tarde o temprano, ante tal escenario, pereceremos… ¡O no! Seamos optimistas y esperemos que se conciban, y sobre todo, cumplan, políticas públicas a nivel planetario que impongan el respeto al medio ambiente y los recursos naturales como la absoluta prioridad de todas las Entidades Públicas. Será realmente complicado superar esta dificultad, pero antes deberíamos haber afrontado, y superado, otro reto:

2. El final de la especie humana a causa de las guerras.

“Cuando me preguntaron sobre algún arma capaz de contrarrestar el poder de la bomba atómica yo sugerí la mejor de todas: La paz” (Albert Einstein)

En este momento, mientras usted lee esto, la Humanidad ya ha alcanzado la posibilidad de aniquilarse totalmente, y poco debemos fiarnos, somos así de claros, de algunas reuniones estéticamente correctas mientras sigan existiendo no menos de 50.000 armas nucleares disparables por no menos de 10 dirigentes mundiales, alguno de ellos tan “estable” como Kim Jong-un. Un dedo mal puesto en un botón puede sobradamente acabar con toda la vida sobre el Planeta. A veces hablamos de Alcaldes o Concejales poco centrados (los menos, que conste), pero qué duda cabe que más peligroso es el mal gobernante  cuanto más poder tiene. Pero lo peor no es el dedo. Lo peor es que aún en el caso de que los misiles no destruyan a todas las personas en los lanzamientos iniciales de una guerra nuclear, debemos prevenir la muerte agonizante causada por el terrible invierno nuclear, durante el cual el hollín y las cenizas de las ciudades incendiadas bloquearán lentamente la luz solar que nos da la vida. Las tormentas de fuego oscurecerán la atmósfera. Descenderán las temperaturas, se perderán las cosechas, se helarán las ciudades, incluyendo el edificio consistorial y todo el mobiliario urbano… Desaparecerán todos los dictámenes de la Junta Consultiva de contratación del Estado, y poco a poco los vestigios de la civilización se extinguirán como una vela… ¡O no! Seamos optimistas y pensemos que en el mejor de los casos la razón y la compasión prevalecerán y no nos extinguiremos por este motivo. pero antes deberíamos haber afrontado, y superado, otro reto:

1. El final de la Administración por no saber adaptarse a los tiempos.

2018, la Administración ya se enfrenta, hoy mismo, a una enorme crisis de identidad. En un escenario de numerosos cambios legales no debemos olvidar que lo importante es el servicio público, poniendo en el centro a la persona. Por todo ello, yo no utilizaría la expresión recurrente de decir, como hemos escuchado mil veces, que 2018 es el año en el que entra en vigor la administración electrónica, sino que más bien es el año en el que la Administración entra en el s. XXI (con casi dos décadas de retraso). Y si no entra… Está muerta: blockchain (sobre todo), AI (inteligencia artificial) y robótica, fehaciencia electrónica, IoT, machine learning (aprendizaje automático), cloud (nube), big data, lobbies, “empresas sociales”… Habrá competencia, concurrencia, como en otros sectores, y la Administración no parece muy competitiva, la verdad, para el caso de que tenga que competir. Y en todo caso vaticinamos que en el medio plazo, y aún haciéndolo todo bien, morirá… Desaparecerá por lo menos en cuanto a su faceta burocrática de emisión de permisos, certificados y registros. No se trata de una privatización, sino de una evolución. También de una europeización. En este sentido parece claro que el modelo anglosajón (o abierto) de administración pública encaja mejor en la modernidad y en el Derecho europeo que el continental (o burocrático), probablemente con la importante excepción de los servicios asistenciales. Ójala la Administración sea capaz de implantar toda esa normativa que ahora mismo se supone que se esfuerza en implantar; la que según algunos entra en vigor este octubre y no antes (Ley de Procedimiento), y también la que de verdad entra o ha entrado en vigor en 2018 (Ley de Contratos, Ley Orgánica de Protección de Datos), sin perjuicio de que la mayoría de las nuevas normas (pro)vienen en realidad de Directivas europeas que son anteriores. Y si es capaz… Pues si no hace esto ahora ni nos planteamos dar el paso siguiente: integrarnos con las inteligencias artificiales y con la fehaciencia electrónica de los bloques, para así redefinir el papel y el sentido mismo de la Administración, que en mi opinión no es otro que prestar, o asegurar que se presten, los servicios públicos esenciales en condiciones de calidad, justicia social, y sostenibilidad (económica y ambiental).

Puede que esta le haya parecido una entrada extraña y compleja. Quizá lo sea, porque encierra muchas lecturas diferentes de una forma entremezclada. Pero sobre todo lanza un mensaje ecológico. La Tierra es un lugar maravilloso, y lo es pese a la locura de algunos de sus habitantes. Protejamos nuestro planeta. Hagamos de él un lugar aún mejor, cada uno desde su parcela, desde su pequeña (o gran) responsabilidad. Dicho queda hoy, 19 de junio, en pleno inicio del verano. Son días largos y bonitos pero a mi, y pueden llamarme raro, siempre me ha gustado más el final del verano…

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