Política, gobierno y gestión de RRSS

“Ne supra crepidam sutor iudicaret” (Apeles de Colofón)

Se puede hablar de una evolución histórica -quizá involución- de la política en base a su leitmotiv de fondo, así como la forma empleada para defenderlo:

1.- Grecia, Roma > Dialéctica, retórica > Oratoria (ej: Cicerón).

2.- s. XX > Ideología, convicciones > Oratoria, negociación (ej: Churchill, Gandhi).

3.- s. XXI > Intereses > Demagogia, manipulación (muchos ejemplos).

Los objetivos finales eran, a saber:

En el primer caso, doblemente, el Gobierno de la ciudad, el Estado o el Imperio; pero también el prestigio personal.

En el segundo caso la gestión de las grandes crisis y conflictos del s.XX o la defensa de una causa justa. En tiempos de mayor paz la gestión de los asuntos públicos o el interés general.

En el tercer caso los intereses políticos, los personales y los de los lobbies.

Esta tercera tercera etapa, en la que nos encontramos, viene totalmente condicionada por la realidad social del momento, más involucrada en los asuntos públicos que en otras épocas, obviamente en gran parte por el impacto de Internet y las RRSS. El mismo siglo XXI se divide (o dividirá) en tres etapas desde el punto de vista del activismo social:

a) etapa de inmadurez: RRSS “muy sociales”, de uso personal y familiar; y bastante desconexión política. En esta etapa arrancan las webs y perfiles institucionales y políticos. Se practica un I’m the best un tanto infantil, destinado a todos y consumido con indiferencia por algunos. Se peca también de unidireccionalidad, y muy pocas veces se da un verdadero servicio público.

b) etapa de hostilidad (momento actual): problemas como la crisis, el paro y la corrupción provocan una reacción hacia el activismo y la opinión; pero muchas veces cayendo en la trampa de la crispación, perdiendo la perspectiva de conjunto y sin la cautela de contrastar la veracidad de las noticias. Se sobrevaloran los conocimientos propios, predominando los perfiles ultracrepidianos. A nivel institucional se sigue practicando el “soy alto, rubio y con los ojos azules”, aunque la gente empieza a detectar que es ridículo y las cosas no pueden ser tan bonitas. Se incorpora la crítica política hostil, por parte de los propios políticos, algunos medios y algunos influencers. “No hablo de mi, sino de lo malo que eres tú o lo mal que lo haces”. Los partidos políticos parece que necesitan un enemigo para realzar sus valores, pero esto no puede ser en ningún caso trasladable a la institución. La veracidad de las noticias y la objetividad de las opiniones no se consideran relevantes, pues lo importante es el resultado. Se manipula con éxito. Proliferan perfiles como los trolls y los haters, reales o “infiltrados”. Los destinatarios suelen ser los afines (sectarismo), lo cual provoca enfrentamientos.

c) etapa de madurez total (aún no hemos llegado): conciencia total de leyes como la de protección de datos y el propio Código Penal. Madurez emocional para procesar las noticias, las opiniones y hasta las propias emociones. Contraste de la veracidad de las noticias. Discriminación social de las personas que agreden verbalmente. Desde los gobiernos se practica la verdad institucional. Los errores se reconocen y por supuesto se tratan de enmendar.

En la etapa hostil, la presente, no podemos identificar un solo actor culpable, sino más bien un ecosistema que se retroalimenta. Deberíamos preguntarnos a quién benefician los conflictos sociales que actualmente se producen. Deberíamos preguntarnos si son naturales o provocados. Y benefician, sin duda, a algunos políticos y a algunos medios. A los ciudadanos nos nos benefician, evidentemente. Los ciudadanos tenemos el principal pecado de tener la sangre caliente y un sentido particular de lo que es justo e injusto. Pero cuando uno está enfadado pierde mucha objetividad, y por eso se acaba culpando, con vehemencia, a la Ley de Montes de que se produzcan incendios en Galicia, o a la Alcaldesa de Barcelona de que un terrorista baje la Rambla con una furgoneta para atropellar transeúntes, pero es evidente que los culpables y máximos resposables de estos actos atroces son sus propios autores materiales. Sin embargo hay personas que tienen la capacidad, o más bien, que les hemos dado el poder, de manipularnos para que libremos SUS batallas en beneficio de SUS intereses. 

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No caigamos en la trampa de la charlatanería: contrastemos la información y gestionemos nuestras emociones

El problema radica en que hemos pasado de consumir cultura a consumir simplemente información (en realidad deberían ser complementarias), proceso que ha durado décadas, pero lo peor es que hemos pasado demasiado rápido de consumir esa información a recibir opinión; y de ahí a sufrir manipulación. No hemos sido capaces de asimilar este proceso, y por eso nos lo creemos prácticamente todo, especialmente si viene “de los nuestros”.

Incluso los propios contertulios de los debates en los medios, destacan mucho más por su capacidad de llevarse el gato al agua con tres argumentos que por su condición de expertos en el tema que se discute, entre otras cosas porque es imposible ser al mismo tiempo un especialista en Derecho Constitucional hablando de Catalunya, en incendios hablando de Galicia, en economía hablando de la crisis, y en fútbol hablando de lo bien que juega la selección que dirige Lopetegui. Aún así se defienden muy bien en su verborrea, critican bastante (lo cual siempre te hace parecer interesante) y, finalmente, logran convencer a muchos. Bienvenidos a la era de los influencers.

Ante tal aluvión de argumentos fáciles pero emocionales sentimos la necesidad de opinar, y lo hacemos inmediatamete porque ahí están esperando nuestros perfiles en las distintas RRSS. Uno de los grandes logros de la democracia es nuestro preciado derecho fundamental a hablar y a decir lo que queramos (libertad de expresión), pero dicho derecho podría matizarse sin perder un ápice de fuerza, con otros dos:

  • Derecho a ser una persona culta, o al menos a estar mínimamente informada.
  • Derecho a estar calladito (y es que se puede hablar y opinar, pero también se puede, perfectamente, no opinar, al menos públicamente, sobre todo cuando uno opina por encima de sus posibildades).

Difícil lo segundo, habida cuenta de que la mayoría de usuarios de las RRSS presentan el efecto Dunning-Kruger, el cual consiste en opinar de todo sin tener ni la más remota idea de nada, consecuencia de lo cual es que el perfil dominante es el ultracrepidario, sujetos que sobrevaloran sus conocimientos y sienten la necesidad de opinar, e incluso de imponer sus opiniones, exhibiendo su superioridad cultural y a veces moral (recomendamos las muy interesantes entradas de los compañeros de http://www.rinconpsicologia.com). Pero, incluso hablando de expertos (y salvo que sean responsables públicos que deben dar explicaciones), la libertad de expresión es un derecho potencial, que se puede ejercer o no. No tiene menos libertad de expresión quien permanece callado o simplemente la ejerce privadamente.

Pero una mayor madurez social condicionaría sin duda el uso de las RRSS por parte de los responsables públicos. Avanzaríamos más rápidamente a la por otra parte inevitable fase 3, gestionada por profesionales de la comunicación, que deben ser funcionarios cuando lo que gestionan son las Redes Corporativas de una institución (funcionarios de carrera, y no palmeros de confianza). Precisamente los principios de acceso a la función pública, los que caracterizan a los funcionarios de carrera, son igualdad, mérito y capacidad. Bien encajan con la honestidad, la veracidad y la transparencia, principios, por así decirlo, clásicos del periodismo; y aún mejor con lo que debe ser el funcionamiento de la administración: objetivo, igualitario e imparcial.

Simultáneamente, los propios responsables públicos mejorarán en el uso de sus perfiles personales, gestionándolos directamente (no hay nada más Open Government que contestar personalmente con los ciudadanos), y siendo conscientes de que no se puede separar demasiado un perfil personal del perfil institucional, gesionando ambos desde un código ético y un ánimo servicial (nos causa estupor comprobar cómo algunos perfiles públicos bloquean a personas con las que simplemente no están de acuerdo, salvo injurias y calumnias, claro está).

De todo esto y mucho más hablaré en las I Jornadas de Comunicación de las AAPP que se celebrarán en Calviá los próximos días 16 y 17 de noviembre. Como anticipo dejamos esta entrevista realizada con motivo del evento. Os esperamos.

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Epílogo.

Apeles de Colofón fue uno de los pintores más importantes y famosos de la Grecia Antigua. De hecho, Filipo de Macedonia y Alejandro Magno confiaron en su pincel para perpetuar su imagen. Aunque sus obras no han llegado hasta nuestros días, su estilo ha sido descrito con gran detalle.

Y fue Plinio el Viejo quien además recogió una anécdota protagonizada por el artista que dio origen a una famosísima expresión que aún hoy seguimos utilizando.

Apeles solía mostrar sus cuadros en público para saber si a la gente le gustaban y así poder perfeccionar los detalles que no les convencieran. En una de esas exposiciones, un zapatero criticó la forma de las sandalias que lucía uno de los personajes que había pintado.

Apeles aceptó la crítica del experto y decidió modificarlas. Cuando terminó, volvió a exponer el cuadro en la plaza. Cuando el zapatero lo vio, notó que el pintor había prestado atención a sus palabras, así que “se vino arriba” y decidió criticar más elementos del retrato.

Pero Apeles se limitó a decirle: “Ne supra crepidam sutor iudicaret” (el latín es del relato de Plinio), que aproximadamente se traduce como: “No opines más arriba de los zapatos”.

Más tarde se popularizó la expresión “Zapatero, a tus zapatos”, la cual todavía se utiliza para acallar a las personas que intentan inmiscuirse en cuestiones que no son de su competencia. Y este es precisamente el significado de la palabra ultracrepidario.

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