Implantación de la cultura del conocimiento, y de la sabiduría, en la Administración

Podríamos concebir como tres fases, sucesivas, de una misma evolución, las etapas “sociedad de la información”, “sociedad del conocimiento” y “sociedad de la sabiduría”. Información parece que tenemos, y mucha. A veces comento con personas de mi generación (y anteriores) que los más jóvenes no parecen valorar la verdadera dimensión de Internet. Pero esta información normalmente se consume, se usa y se tira, ni se aprende ni se recicla. La cultura del fast food considera una pérdida de tiempo leer un libro, pues si en este se contiene información, es mucho más rápido acceder directamente a esta sin dedicar varias horas de tu vida a estudiar varios cientos de páginas. Y ese es el problema, que no se estudia. O si quieren, que no se hace una lectura de calidad, con antecedentes, contextualizada. La curiosidad existe, pero se satisface de una manera momentánea y resultadista. Tampoco hay base para integrar los nuevos datos en un buen poso de cultura general. Muchas personas buscan varias veces el mismo dato, y esto es porque no lo aprenden ni son capaces de encajar la pieza en el puzzle del saber acumulado. Y si no hay saber, no se sabe. Y esto es malo porque la sabiduría, y no los datos, es la que va a resolver todos los problemas de la Humanidad. La sabiduría, por cierto, proviene en gran parte de la experiencia, pero también del contraste entre esta y un estudio razonado de las cosas. La mezcla perfecta entre teoría y práctica. El conocimiento es la inteligencia de los datos, y la sabiduría, la fase siguiente, es el conocimiento práctico. En todo caso para saber hay que querer saber. Ser sabio, o intentarlo, requiere de una actitud activa, incluso sacrificada; mientras que la ignorancia es tremendamente cómoda.

La Administración, por su parte, siempre ha tenido la suerte de disponer de esa información a la que solo desde hace poco accede el gran público, por lo que se encuentra mucho más consolidada que la sociedad en esta “fase 1.0”. Y se halla en pleno tránsito hacia la segunda. En efecto, en este momento parece que los responsables públicos se han dado cuenta de que el servicio público mejora mucho si se comparte, y no si se retiene, dicha información, y es por ello que por fin se han decidido a aperturar los datos, pero muy poco a poco y con mucha heterogeneidad. Sin embargo la Administración, por mucho que hablemos de Ciudades Inteligentes, no ha demostrado nunca demasiada inteligencia, y mucho menos sabiduría.

Y sabiduría no es saberse la Ley al dedillo, como buen burócrata, y aplicarla con toda la contundencia del párrafo tercero del artículo 40.bis de un recóndito Real Decreto. Yo soy jurista, no me hablen de Derecho. El sentido común es fuente del Derecho. La moderna gestión pública es muchas cosas: desde luego es modernización, transparencia, eficiencia, planificación, evaluación, gestión de RRHH… Pero sobre todo es sentido común, innovación, reflejos, consenso, equilibrio, ponderación…

¿Cuál es el espejo, pues, de sabiduría, en el que debemos mirarnos?

Platón. "La República"
Platón. “La República”

Pocas civilizaciones en la Historia resultan tan fascinantes e influyentes a largo plazo como la griega, y aunque los motivos son múltiples –grandes aportaciones a la arquitectura y la escultura; a la política moderna (polis, democracia; Platón – La República); a la religión (politeísmo); a la literatura (Homero, la propia mitología); a las matemáticas (Pitágoras); a la medicina (Hipócrates); al deporte (Juegos Olímpicos); al teatro; a las lenguas modernas (la etimología de nuestro vocabulario procede esencialmente del griego y del latín); al ámbito castrense…-, es probable que lo más importante de todo cuanto nos dejó la antigua Grecia es la filosofía de los clásicos: esencialmente Sócrates, Platón y Aristóteles, verdaderos revolucionarios del pensamiento humano y padres de una nueva forma de enfocar la realidad. Esa fue, en nuestra opinión, su gran contribución, sin la cual ni los filósofos posteriores ni ningún otro pensador de cualesquiera rama del saber podrían haber dimensionado adecuadamente sus descubrimientos. Este nuevo enfoque no era otro que el de preguntarse el porqué y el para qué de las cosas. Si estas preguntas no subyacen en cualquier proyecto, y lo inspiran, este realmente carece de sentido.

Para Sócrates «sólo hay un bien, que es la sabiduría, y sólo hay un mal, que es la ignorancia». Pero esta sabiduría no consiste en la simple acumulación de conocimientos, sino en revisar los conocimientos que se tienen y a partir de ahí construir conocimientos más sólidos. Requiere de un trabajo interno, de una cierta reflexión.

Mas ser sabio no es saberlo todo, sino dimensionar adecuadamente el conocimiento, saber que no se sabe nada, como dice el propio Sócrates, o mejor, saber lo que no se sabe. “El sabio sabe que ignora” postula Confucio, y lo hace incluso antes en el tiempo y muy alejado en el espacio con respecto a Sócrates. Es decir, que lo importante es saber lo que se sabe y lo que se ignora, clasificarlo y no confundirlo. Los pasos más firmes, obviamente, se deberían dar pisando por terreno conocido, mientras se estudia simultánea y coordinadamente lo que aún no se domina.

Apliquemos, pues, la sabiduría, para la resolución de los grandes problemas actuales. Podríamos comparar, y sería tan interesante como cómico, los problemas o dilemas de la Prehistoria que hipotéticamente preocuparon a los cavernícolas (según vimos en esta ocasión), las grandes cuestiones que deberían resolver los Gobiernos en el actual XXI, y las que se planteará el supersapiens de un futuro situado más allá de los 1.000 años contados a partir del día de hoy, un futuro en el que quizá ni siquiera vivamos en el mismo planeta. Pero qué duda cabe de que antes de abandonar la Tierra tendríamos que solucionar la crisis, el paro, y la corrupción y, a mayor escala, las guerras, el terrorismo, el hambre, la injusticia o la desigualdad. Pero para esto hay que tener sabiduría y también voluntad de querer hacerlo, por cierto.

En definitiva, ahora la Administración empieza a compartir los datos, y también la información (que no es lo mismo). Para compartir el conocimiento aún le queda mucho, porque ni siquiera es legible –¿entienden ustedes un informe jurídico?, ¿entienden un informe médico?-. Pero de lo que más lejos estamos es de que se comparta la sabiduría, porque para eso antes alguien debe tenerla.

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EPÍLOGO.

Se cuenta que en una reunión social Albert Einstein coincidió con el actor Charles Chaplin. En el transcurso de la conversación, Einstein le dijo a Chaplin:

‘Lo que he admirado siempre de usted es que su arte es universal; todo el mundo le comprende y le admira’.

A lo que Chaplin respondió:

‘Lo suyo es mucho más digno de respeto: todo el mundo le admira y prácticamente nadie le comprende’.

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