Internet de las cosas y las cosas de Internet: wearables, cookies y algo de estrés

El otro día fui a comprarme un pijama de verano. El señor de la tienda me dijo que los que este año están de moda son unos que, a mis ojos, parecían usados (ya saben, el efecto ese “vaquero desgastado” que tanto se lleva). Le dije que no me gustaban. Los hay más modernos -dijo-: unos que cuando te llaman al móvil te suena la manga para que vayas y lo cojas. Me imaginé la manga sonando a las 2 de la mañana y no me agradó… Este es un post sobre Internet de las cosas… y las cosas de Internet.

Según Wikipedia (ver), un dispositivo que se puede poner, wearable o dispositivo wearable es, dentro del sector tecnológico y más concretamente de la electrónica de consumo, aquel dispositivo que se lleva sobre, debajo o incluido en la ropa y que está siempre encendido, no necesita encenderse y apagarse. Otra de sus características es que permite la multitarea por lo que no requiere dejar de hacer otra cosa para ser usado y puede actuar como extensión del cuerpo o mente del usuario. Pese a que en la actualidad se le conoce a esta categoría de productos como dispositivos wearable, también pueden llamarse dispositivos vestibles, llevables o ponibles e incluso complementos inteligentes. ¿Tienen alguno? En 2015 se produce el lanzamiento del Apple Watch, reloj inteligente, el cual se considera clave en el fuerte crecimiento que experimenta en estos momentos el mercado de los wearables. Esta, y no otra, es la fase actual de Internet, llamada Internet de las cosas, y en el que las precisamente algunas cosas, como la ropa, tienen o contienen dispositivos o sensores más o menos sofisticados que están en red. Esto es bueno, como todo lo tecnológico, en su justa medida, por ejemplo para que una persona mayor o una enferma esté continuamente conectada y comunicada con la ayuda que pueda precisar en cada momento; o simplemente para que el dispositivo que llevo en el coche haga conexión con la barrera de la autopista y la abra sin tener que parar el coche (Vía T). Pagas pagas igual, por cierto, ya que te lo cargan en la cuenta, claro.

El caso es que la gente -alguna gente- ha pasado de no tener ordenador a tenerlo, y de tener uno a tener dos -quizá uno más portátil-, y de tener un portátil a tener, también, móvil. Y luego móviles, y tablets, y ahora, y seguro que no es lo último, todo tipo de dispositivos con sensores, conectados a Internet, como los wearables y todos los electrodomésticos modernos, incluidas por supuesto las Smart TV.

La conclusión por adelantado es que las aplicaciones prácticas de esta tecnología, por ejemplo de cara a los proyectos de Smart City, son inmensas. Pero otra conclusión, por encima incluso de la anterior, es que estamos muy controlados, yo diría que hasta estresados. Y lo peor es que somos adictos a esta especie de estrés, como lo demuestra el hecho de que haya personas que compren y utilicen pijamas cuyas mangas pueden pitar en cualquier momento de la noche. Ya hace bastante daño el despertador con menos tecnología.

Otra prueba del control increíble al que nos hallamos sometidos son las cookies. Nuevamente Wikipedia (ver), nos dice que una galleta, galleta informática o cookie es una pequeña información enviada por un sitio web y almacenada en el navegador del usuario, de manera que el sitio web puede consultar la actividad previa del usuario.

Mi admirado Asimov se lo pasaría bomba si estuviera viviendo este momento de la Historia
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Sus principales funciones son:

  • Llevar el control de usuarios: cuando un usuario introduce su nombre de usuario y contraseña, se almacena una galleta para que no tenga que estar introduciéndolas para cada página del servidor. Sin embargo, una galleta no identifica a una persona, sino a una combinación de computadora de la clase de computacion-navegador-usuario.
  • Conseguir información sobre los hábitos de navegación del usuario intentos de spyware (programas espía), por parte de agencias de publicidad y otros. Esto puede causar problemas de privacidad y es una de las razones por la que las cookies tienen sus detractores.

Pues sí, puede causarlos, y podemos sentirnos como en Matrix. A veces aún me sorprendo de que, tras ver un vídeo por ejemplo del Congreso Nacional de Contratación Electrónica, Youtube me pregunte si a continuación quiero ver un vídeo de los 10 mejores mates de Michael Jordan. ¿Cómo saben que eso me podría gustar? Por las cookies. ¿Y para qué y para quién puede servir esa información? Son mis hábitos “de consumo”. Las empresas se matan por esa información. Si mi ordenador es testigo de que reservo muchas veces habitación en Madrid, los hoteles me acaban enviando ofertas aunque esté consultando los resultados de la lotería… Consulta que por cierto también da pistas sobre mi perfil de cliente. Pero aunque acabo de hablar de Youtube, no tengan ninguna duda de que quien más cosas sabe sobre nosotros es el gigante Google. En efecto, como señala la fuente Law&Trends (consultar), “cada búsqueda que realizamos con Google, la utilización de su red social Google+, cada email que mandamos o recibimos desde Gmail, o lo que hacemos desde el sistema operativo Android, permite a este gigante tecnológico recopilar miles de millones de datos sobre nosotros”.

Ante este ataque continuo a la privacidad parece que ha reaccionado el legislador europeo cuando, aplicando la moderna jurisprudencia del TJUE, lo tiene en cuenta en el nuevo Reglamento General de Protección de Datos (Reglamento (UE) 2016/679 del Parlamento Europeo y del Consejo, de 27 de abril de 2016, relativo a la protección de las personas físicas en lo que respecta al tratamiento de datos personales y a la libre circulación de estos datos y por el que se deroga la Directiva 95/46/CE, publicado en el DOUE del 4 de mayo), en el que se apela a la “privacidad por diseño”, para que la protección de datos se tenga en cuenta desde el principio en el diseño mismo de las aplicaciones. Otros contenidos del Reglamento, como el famoso “Derecho al olvido“, sigo sin “verlos”. En todo caso dudo mucho que este Reglamento sea tenido en cuenta por las empresas extracomunitarias. Imaginen que cuando descargan Whatsapp aceptan someterse a la normativa sobre protección de datos del Estado de California. Son, por cierto, “condiciones de uso”, pero no “condiciones de privacidad”.

En todo caso, ya en 2014, las Autoridades europeas de protección de datos aprobaron el primer Dictamen conjunto sobre internet de las cosas. El documento, cuya elaboración fue liderada por la Agencia Española de Protección de Datos junto con la Autoridad francesa (CNIL), acoge con satisfacción las perspectivas de beneficios económicos y sociales que puede suponer esta tecnología, pero también identifica y alerta de los riesgos que estos productos y servicios emergentes pueden plantear para la privacidad de las personas, definiendo un marco de responsabilidades.

Todo esto es importante, aunque que la manga de un pijama no me deje dormir no es tanto privacidad como intimidad, o bien, ya saliendo de la terminología jurídica: tranquilidad. El Internet de las cosas, o “fase 4.0” es muy útil pero bastante pesado. En esta charla ya tomamos conciencia en voz alta de todos estos fenómenos:

Obviamente, la incorporación de las TIC en el servicio público supone un cúmulo de ventajas, pero no lo visualizo igual desde el punto de vista de su impacto en nuestra vida privada. El mundo va muy deprisa, y veremos grandes maravillas -y desastres- antes de morirnos. Eso si morimos. En fin, son cosas del Internet de las cosas, que si no lo controlamos podría convertirse en el Internet del control (y el Internet del estrés).

Anexo. “10 predicciones sobre el futuro de Internet de las cosas (vía www.bbvaopenmind.com)

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