Es un milagro que hayamos llegado hasta aquí

Hoy es uno de esos días de No Solo Aytos… Existe una expresión muy recurrente en ciencia, que ha sido trasladada a la cotidianidad, que es la de “el milagro de la vida”. Y lo es, pero quizá lo que muchos no sepan es que nuestra propia existencia es mucho más milagrosa que la de la vida en general, la cual surgió en las etapas iniciales de la vida de La Tierra, demostrando con ello que el mérito es del planeta que reúne las condiciones para la aptitud de la vida, pues una vez estas se dan, la vida tiene muchas probabilidades de surgir. No podemos decir lo mismo de la vida inteligente.

“Estamos tan acostumbrados a la idea de nuestra propia inevitabilidad como especie dominante de la vida que es difícil comprender que estamos aquí sólo debido a oportunos impactos extraterrestres y otras casualidades aleatorias. Lo único que tenemos en común con el resto de los seres vivos es que, durante casi 4.000 millones de años, nuestros antepasados consiguieron colarse a través de una serie de puertas que se cerraban cada vez que necesitábamos que lo hiciesen. Stephen Jay Gould lo expresó sucientamente con palabras bien conocidas: “Los seres humanos estamos hoy aquí porque nuestra línea concreta nunca se rompió (…) ni una sola vez en ninguno de los miles de millones de sucesos que podrían habernos borrado de la historia” (Bryson, B. (2003), Una breve historia de casi todo, Barcelona, RBA Libros).

Con todo esto queremos decir que aunque es cierto -tal y como siempre se ha afirmado- que somos muy especiales, aún es más llamativo el hecho de que somos muy afortunados.

Se suele decir que lo que diferencia al género homo de todos los demás es la inteligencia, pero yo diría más bien que es la imaginación. Es decir, no ya la capacidad de entender lo que se percibe, sino de intuir lo que no se percibe. En mi opinión esto es lo que nos hace realmente especiales, puede que maravillosos. Eso sí, cuanto más se sabe, más se imagina. Hablando de ciencia, es en parte por ello que el método empírico fracasó, y que incluso la persona más racional puede creer en lo que no ve si tiene la (cuasi)certeza de que las cosas son como sabemos que son, más allá de que los experimentos lo demuestren, por lo que en cierto modo la ciencia siempre debe a estar conectada con la filosofía.

Involución
Involución

No hay nada más poderoso que la imaginación. Por ella morimos, pero intuyo –imagino– que por ella acabaremos sobreviviendo. Ha pasado mucho tiempo -en términos planetarios no tanto- desde la aparición del homo sapiens pero les aseguro que la capacidad craneal del ser humano no ha aumentado en los últimos 50.000 años. ¿Qué es pues lo que diferencia al ser humano moderno del antiguo? El conocimiento. Pero ocurre que en la Prehistoria y hasta los albores de la Historia, la Ciencia, o cualquier otra rama del saber, no existían. Es lógico: ninguna raza inteligente puede desarrollar este aspecto en una etapa tan temprana. La caza y otras necesidades derivadas de la supervivencia copaban el talento creativo de los individuos más brillantes. En los escasos momentos de descanso también se desarrolla el Arte, siendo per natura también anterior a la Ciencia; al igual que a nivel organizativo la familia o la manada son igualmente anteriores a los poblados y las ciudades, o las cuevas anteriores a las chozas.

Encarnamos un proceso evolutivo ejemplar de la teoría darwiniana, con extinción, por no decir aniquilación, del coetáneo Neardenthal incluida. Lo cierto es que en un momento dado el homo sapiens se queda solo como único representante del género homo, con sus cuevas, su caza y sus banquetes de carne asada con un fuego descubierto muchos miles de años antes por el homo erectus. Precisamente esta bipedestación se relacionaba tradicionalmente con el aumento del intelecto, y el razonamiento no carecía de lógica pues al quedar las manos libres el nuevo animal podía realizar un sinfín de tareas adicionales, tanto cuantitativa como cualitativamente. Sin embargo hoy día los estudios han concluido que ambos fenómenos no están tan íntimamente vinculados, al menos dentro de una relación causa-efecto, siendo debida la evolución a bípedo muy probablemente por la desertificación de África (hace unos 150.000 años), que fue un mal momento para los “monos de árbol”. Lo que sí parece claro es que el homo erguido, pese a no ser muy rápido ni muy fuerte, podía defenderse de sus enemigos a distancia, lanzando piedras o blandiendo palos o rudimentarias lanzas, y por supuesto utilizando sofisticadas estrategias individuales o más habitualmente de grupo. Ningún otro animal puede combatir de esta manera, la cual supone una notable ventaja. Llámenme cursi, pero otra consecuencia de enderezar la columna fue la de poder mirar al cielo y las estrellas, algo que tampoco puede hacer ninguna otra especie terrestre. Yo creo que esto sí desarrolla la inteligencia.

Hace poco estuve en el Museo de la evolución humana de Burgos, cuya visita recomiendo absolutamente a cualquier persona con inquietudes intelectuales. Se encuentra dedicado, en buena parte, a Atapuerca, la famosa sierra ubicada en la misma provincia que constituye el conjunto de restos humanos más antiguos y numerosos de Europa, si bien los más importantes del mundo se hallan en África. Uno no puede evitar sobrecogerse al ver el cráneo de “Miguelón”, un robusto individuo de la especie Homo heidelbergensis que vivió hace más de medio millón de años. Partes de otros treinta sujetos se hallaron en la misma Sima de los Huesos. Más antiguo aún es el yacimiento de la Gran Dolina, en el mismo complejo, donde se encontraron restos del Homo antecesor, nada menos que la especie homínida más antigua de Europa, provinente de los primeros representantes del género Homo (el ergaster) que emigraron desde África hace más de un millón de años, individuos caníbales que tuvieron que afrontar peligros como el dientes de sable, un felino de 300 kg armado con caninos a modo de cuchillos, y apuesto a que este no era su peor adversario… Cuando uno está allí, frente a los huesos, casi palpando un pasado tan remoto del ser humano, tampoco puede evitar preguntarse dónde estaremos y quienes seremos dentro un millón de años. Viendo a lo que ya hemos sobrevivido pensamos que hay motivos para sentirse optimista. Es cierto que probablemente queda lo peor, pero eso sí, afortunadamente llegará cuando más preparados estemos.

"El Planeta de los Simios" maneja la interesante teoría de que la evolución desplaza a los sapiens en favor de una especie de simios inteligentes... Pero si hay una guerra nuclear créanme si les digo que no se salva ni el Tato. Tan solo, quizá, las cucarachas.
“El Planeta de los Simios” maneja la interesante teoría de que la evolución desplaza a los sapiens en favor de una especie de simios inteligentes… Pero si hay una guerra nuclear créanme si les digo que no se salva ni el Tato. Tan solo, quizá, las cucarachas.

Sin embargo hubo otro enemigo, mucho más terrible que cualquier otro y contra el que las lanzas y las piedras nada podían: el frío. Una de las claves, no solo de los inicios de nuestra especie sino de toda nuestra Historia, es la llamada, quizá impropiamente, Edad de Hielo, que nosotros vamos a relacionar con la última glaciación. Ahora mismo estamos en una insólita prolongación de la etapa interglaciar, que se está alargando al menos 2.000 años más de lo previsto coincidiendo precisamente con los dos milenios clave de nuestra civilización. Se trata de una afortunadísima coincidencia. Los científicos, siempre optimistas –algo que me encanta porque “los de letras” son depresivos (ellos dicen que realistas)- pronostican que para cuando venga la próxima glaciación seremos capaces de controlar el clima, y por ahí nos libraremos, pero qué hubiera ocurrido si se hubieran cumplido los plazos previstos y nos hubiera sorprendido en la Antigüedad, en la Edad Media o incluso en este mismo instante, nunca lo sabremos, si bien los pronósticos no pueden ser muy halagüeños.

Como vemos el homo sapiens prehistórico tenía mucho de qué preocuparse y mucho le debemos por el simple hecho de sobrevivir y no extinguirse, porque de lo contrario sencillamente usted no estaría leyendo estas líneas. Nada pues se le puede objetar por no ser demasiado científico.

…cualquier sueño sobre el futuro debe ser conformado e influido por la sociedad en la que se sueña. No aspiro al mismo futuro al que aspiraban mis ancestros que vivían en las cavernas. Ray Kurzweil comentaba: “Si le preguntara a la gente de hace diez mil años qué resolvería los problemas del mundo, le dirían: “Si encontramos un modo de mover piedras más grandes y ponerlas delante de nuestras cuevas para mantener fuera a los animales y un modo para conservar encendidos los fuegos, sería una utopía y resolveríamos todos nuestros problemas””. Es volver a lo que John Seely Brown y yo habíamos hablado: hasta qué punto el marco da forma al cuadro más de lo que sabemos ver. (Stevenson, M. (2011), Un viaje optimista por el futuro, Barcelona, Galaxia Gutenberg).

De modo que se podría concluir que lo importante no es lo que no sabemos, pues al menos plantear una pregunta es el principio de su resolución, sino lo que no sabemos que no sabemos; esa es la verdadera ignorancia. Pero incluso este rústico ser humano ya era curioso, mucho. Miraban al Sol y los pájaros, y de noche a la Luna y las estrellas. Admiraban la fuerza de los animales más grandes, y la velocidad de los más ágiles. Sufrían el frío y la lluvia, y un sinfín más de inclemencias meteorológicas, pero entendiendo muy poco o nada de estos y otros fenómenos naturales que sin embargo condicionaban su existencia por completo. Había mucho que observar pero poco que explicar. ¿Cómo funcionaba la Naturaleza? No lo sabían, pero se lo inventaban. Es en la Antigüedad cuando se inventan los mitos, las leyendas y las religiones, y aún antes de la Historia, aquellos nómadas neolíticos atribuían los sucesos naturales a distintas supersticiones, e invocaban a arcaicos dioses o espíritus para que les favorecieran en la caza o les protegieran de las grandes bestias y de otros peligros de la Naturaleza.

Compruébenlo. En la actualidad, tanto a nivel individual como colectivo, seguimos funcionando exactamente del mismo modo. Necesitamos saber no solo las cosas, sino el porqué de las cosas. Cuando obtenemos el conocimiento de una buena fuente lo damos automáticamente por bueno; cuando la fuente no es tan fiable, entre una mala explicación y ninguna nos quedamos con la primera; y aún peor: cuando nadie nos lo explica nos lo inventamos. Literalmente. Aún lo hacemos, tras miles de años. La gente inventa datos, informaciones y explicaciones a diario, y no todos los que lo hacen tienen mala fe. Creo que se debe a la necesidad humana de informar y de saber. Llevado al extremo, preferimos creer una mentira que la ignorancia. Hablamos de un fenómeno de rabiosa actualidad con el auge y consolidación de las Redes Sociales.

Pero aunque supersticioso y sin duda errado en muchas de sus creencias, el primitivo ser humano fue lo suficientemente inteligente como para sobrevivir a una era glaciar, trasladándose de Asia a América, 15.000 años antes que Colón, por el entonces congelado estrecho de Bering, lo cual es de un mérito inconmensurable… Y si no lo cree así vaya usted al Ártico, a -50º, cubierto simplemente con una capa de oso y sin ropa interior, comiendo una vez cada cuatro días y durmiendo en una cueva… Pero nuestro antepasado fue tan fuerte como para aguantarlo, y posteriormente tan listo como para sobrevivir e incluso prosperar en un entorno menos frío pero completamente hostil en el que no era ni remotamente el animal con mejores condiciones físicas… Y un poco más tarde tan sabio como para identificar, en su eterno caminar, las mejores zonas –las entonces templadas, hoy calurosas- para instalarse y trabajar esas tierras, de modo que la agricultura y la ganadería fueron completando y sustituyendo a la caza. Este ser inteligente pudo crear hoces, hachas, cestos de esparto y piezas de alfarería que facilitaban estos menesteres y hacían la vida más cómoda. La tecnología crecía de forma geométrica. Después de muchísimos miles de años de evolución, fue cuestión de “solo” unos cincuenta siglos que la Edad de Piedra diera paso a la Cobre, y esta a la de Bronce, y esta a la de Hierro… Cada avance era abrumadoramente superior a las técnicas anteriores, y suponemos que entonces, al igual que hoy, habría firmes defensores de lo obsoleto, precisamente por el mismo temor a lo nuevo y desconocido. Pero hoy estamos aquí porque la ciencia se impuso a la superstición, o dicho de una manera menos políticamente correcta: la inteligencia siempre acaba venciendo a la estupidez. Son partidos que se ganan por muy poco, quizá de penalty en el último minuto o por un triple sobre la bocina. Pero se ganan porque de lo contrario sería el fin. Y es que la evolución siempre se abre camino. El próximo reto de la Humanidad es no utilizar esa ciencia para autoaniquilarse y, superado ese trance, revertir el daño que hemos causado a nuestro propio Planeta. Soy optimista. Lo soy incluso con problemas tales como la guerra, el terrorismo y el hambre rondando nuestras cabezas. Pero es un verdadero milagro que hayamos llegado hasta aquí… ¿Por qué no deberíamos seguir?

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